Las causas justas

Sebastián Corbat entró a nuestro equipo en el 2000, creo. Trabajábamos en un mismo proyecto y él era parte del team que desarrollaba en Lotus Notes. Fue un gran proyecto ese, mucha gente. Diría más, mucha gente buena. Por eso nos quedamos conectados cuando el proyecto terminó o cuando algunos nos fuimos a otros lados.
Así fue que asistimos a bodas, nacimientos, bautismos, fiestas varias de reencuentro, con el único pretexto de vernos de nuevo, bajo el ala maravillosa y bendita de la buena amistad.
Sebastián, en un momento, se fue a trabajar a Chile. De allí volvió con Angélica para no soltarle la mano nunca más. Recuerdo que cuando conocimos a Angélica, nosotros, los que habíamos sido parte de ese proyecto de trabajo y que ya éramos una familia elegida de amigos, aprobamos tácitamente la elección de Sebas. Ella nos conquistó también con su sonrisa y su mirada, que parece estar siempre húmeda. Luego la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Florencia, el primer bebé de Sebas y Angélica llegó unos años después de que en Chile se encontraran. Y de nuevo nos convocó el evento para agasajar el aumento de la familia. También, llegó Vicente, el hermano de Florencia. Y la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Ahora, desde hace algunos meses, la vida se ha detenido un poco. Sebas está enfermo y necesita ayuda para mejorar. Necesita ayuda para que la mirada de Angélica se mantenga sólo húmeda y no se convierta en un río de lágrimas.
Sebas, nuestro amigo, necesita ayuda. Es una muy buena razón, para nuevamente, reunirnos bajo el ala maravillosa y sanadora de la amistad.

Legs of NYC

Un hombre mira las piernas de las mujeres que se cruzan delante de sus ojos. Un hombre que tiene suerte con el instante preciso y el obturador. Frente a la mirada tuya, la mía y la de ese otro.
New York son sus piernas, también. Por ellas pasan las estaciones; el frío, el calor, la lluvia, las hojas. Piernas de subway y de esquinas que esperan el cambio de la luz del semáforo. Las mismas que corren entaconadas a la oficina o al teatro.
Piernas de New York, en botas, en chatitas y en sandalias.
Piernas detenidas y moviéndose.
Esas piernas que Frank Guiller retrata en el Lowest Manhattan y que no sólo a mi, dicen lo que él ve.
Yo no puedo despegar mis ojos de estas fotos. Las veo pasar en el slide show, una y otra vez; quiero descubrir lo que él ve. Quiero poner mi dedo en el obturador.

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Elogio nostálgico de la plancha

Óleo sobre lienzo por José Armendáriz

En mi casa no se almidonaba. Mi abuela juraba, en ese gallego inentendible, que el almidón hacía daño a la piel. Aunque no era por eso. Ésa era una excusa; un pretexto para no reconocer que la almidonadera no le gustaba. A mi abuelo tampoco. Así, en mi casa de la infancia, el almidón alcanzó la categoría de estigma.
Sin embargo se planchaba. ¡Y cómo! Mi madre es una frenética de la plancha. Le gusta; siempre le ha gustado. Los domingos por la tarde, un olor caliente ocupaba la sala de mi casa, mientras mi madre hacía lo suyo esperando la transmisión por CMBF del concierto de las 5, en el Amadeo Roldán. A ese concierto asistíamos, con mi padre, cada domingo. ¡Cuántas cosas odiosas para un mismo día! La hora de planchar y la de ir al Amadeo. Será por eso que el domingo no es mi fuerte.
Un día llegó el polyester. Recuerdo cómo mi madre decía que esas ropas eran «wash and wear». Era muy graciosa la manera en que se hacía la fina, pronunciando las palabras en inglés. Las horas de plancha, los domingos, disminuyeron notablemente. También, el Amadeo dejó de ser sala de conciertos para convertirse en un montón de ruinas, luego de ese fatídico incendio.
Yo no plancho. La plancha es un objeto que ni siquiera tengo en mi casa.
Y cuando los domingos se ponen bien densos, con esa densidad que sólo los domingos saben hacer, siento al aroma caliente y también dulce de las tardes de plancha, sin almidón, de mi casa de la infancia. Oigo a Mozart sonando en la radio de mi madre, a esa hora de los conciertos del domingo en el Amadeo.

El caballo rojo

En el tíovivo de la mentira
El caballo rojo de tu sonrisa
Gira
Y yo estoy ahí plantado
Con la triste fusta de la realidad
Y no tengo nada que decir
Tu sonrisa es tan verdadera
Como mis cuatro verdades

Por Jacques Prevert

Siempre que escucho de Robert Doisneau no pienso en esas tremendas, pero tan manidas fotos de París. Siempre que escucho de Robert Doisneau, pienso en Prevert. Y esas dos tremendas fotos, por suerte, no tan manidas, que le tomó al poeta en los cincuentas, del siglo pasado. Siempre que pienso en Prevert, regresa este poema, una y otra vez, como un tíovivo que da vueltas y vueltas. Hoy a todo el mundo se le ha dado por hablar de Doisneau.

Hey Marty!

«Te estoy hablando de una ópera, Marty. Las peleas serán como las arias. Sólo tú puedes convertir esta historia en una ópera del Bronx.»
— Robert De Niro. A propósito de Raging Bull.

Muchos de esos pichones de italianos dieron gente de cine. Nombres hay, hasta para hacer dulce. En eso pensaba, durante el insomnio de las cuatro de la mañana. Y porque anoche vimos Hugo, de Martin Scorsese.
Siempre atento a eso de las raíces, del arraigo y de donde venimos, sus películas van desde la ficción, pasando por Raging Bull que es mi favorita, para luego llegar a esos excelentes documentales sobre la historia de la música norteamericana y sus ascendentes. Regreso una y otra vez a cualquiera de las siete películas de ese proyecto, con el mismo placer con que las descubrí, hace más de un año.
Pero no quiero perderme en la digresión, quiero volver a la frase de hace un rato, retomarla; anoche vimos Hugo.
Desde niña sentí mucha curiosidad por los aparatos. Me enmiendo: por el interior de los aparatos. Esa curiosidad que me agarraba fuerte y metía mis ojos y mis manos adentro de cuanta cosa llamaba su atención. También fueron pasto de ella algunas ranas y lagartijas, confieso.
Entonces, este señor, sí, ese, Scorsese, hace esta película a partir de un libro, en la que reune varias de mis pasiones. A ver, hagamos recuento.

1.- Pasión por desarmar y armar aparatos, incluidas algunas ranas y lagartijas.
2.- Pasión por el cine y su primera manera de hacerlo.
3.- Pasión por una noche compartida con mi hermano en el cine La Rampa, viendo Viaje a la luna.
4.- Pasión por los libros de Julio Verne, más o menos en la misma época en que ocurría el punto 1.
5.- Pasión por París.
6.- Pasión por los trenes.
7.- Pasión por los relojes.

Anoche vimos Hugo. Y yo andaba como niña con juguete nuevo. La inocencia de esos años de la infancia se instaló un ratico cerca de nosotros. La historia simple, bien contada, de George Méliès y su importancia en ese primer cine, el de muy al principio, nos llenó el pecho de un lindo calorcito con sonrisa instalada y todo.
No se por qué, tengo la seguridad de que Martin Scorsese no merodea por aquí. No me importa. Le doy las gracias porque anoche vimos Hugo.