Primera impresión

Hay quien afirma que la comida entra por los ojos o que la primera impresión que recibes es la que te marca para siempre.

Y aunque no estoy tan segura de que esa idea puede aplicarse a todo con lo que nos encontramos por primera vez, el párrafo que da inicio a la novela Amor perdurable de Ian McEwan es algo así como una primera impresión perfecta.

En esas pocas líneas se origina la curiosidad, la perturbación que te obligará a seguir leyendo. Es solo cuando terminaste de leer ese párrafo que te das cuenta que no dejarás de hacerlo hasta que la novela termine.

Te digo más: hazlo antes de ver la película. Porque no hay relato visual que logre transmitir la inquietud que este párrafo provoca; el preámbulo de un viaje que vas a emprender a partir de ahí, un viaje movilizante, una historia bien escrita.

La puerta cerrada

a León

 

Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador, el cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridores discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el bolero favorito de papá. “Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo, yo sé que mi cariño te hace falta, porque quieras o no yo soy tu dueño”. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella y, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella, la consolé diciéndole que no se preocupara, que yo estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.
María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.
Éste es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.
Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.

Por Edmundo Paz Soldán

El plan

Cuando Ema nació George y Marian ya tenían un plan. Una vez que la nena alcanzó el metro de estatura, pusieron sus libros y su música en una maleta y en otra lo necesario para cubrirse los tres del frío, del sol y de la lluvia. Todo el dinero que habían acumulado en una lata de galletas, quedó repartido alrededor de las cinturas de ambos.
Se fueron de la isla un mediodía, en avión, hacia el continente viejo. Marian trabajaba durante seis meses armando circuitos impresos por encargo. Recibía de una fábrica japonesa las placas y componentes, junto con los planos que debía armar, rigurosamente explicados. George hacía traducciones, durante las noches frías de la ciudad enorme. La mesa que sostenía soldadores y residuos de estaño, cuando el sol desaparecía detrás de la rambla, servía de apoyo a la Underwood que funcionaba como una maquinaria perfecta. Casi todos los días, a eso de las siete de la tarde, comían por única vez, los tres, riendo y descubriendo el mundo para Ema. La otra mitad del año, hacían las dos maletas y recorrían el mundo, en unas vacaciones que dejaban de serlo en cuanto escaseaban los billetes en el cinturón de doble forro. Viajaron a los lugares más increíbles. Ema creció, en el mientras tanto, aprendiendo a leer y escribir con su padre y las matemáticas con su madre. No tuvo una instrucción formal, aunque sabía muchas más cosas que los niños de su edad. A los ocho años cocinaba como una experta y la precariedad en la que a veces vivían le valió para hacer magia a la hora de preparar la comida para ella y sus padres. También aprendió a coser ropa con agujas improvisadas e hilos sacados de las prendas más viejas. Sus pequeñas manos eran como arañas, hormigas; obreros creativos e incansables. De vuelta a la ciudad, al mismo cuarto, George y Marian retomaban sus oficios, asistidos por su hija durante otros seis meses.
Así pasó mucho tiempo. El día del cumpleaños dieciséis de Ema su regalo fue una entrada para la función de teatro de la compañía más importante de Barcelona. Salió sola, con su mejor vestido, y no regresó a su casa hasta pasados tres días. George y Marian, desesperados, ya no sabían dónde buscarla cuando la vieron subir las escaleras con un brillo en la mirada, nuevo y desconocido para ellos. Ema se quedó ese año, con un poco de dinero que sus padres le dejaron, superando en una carrera desenfrenada todos los años de estudio que no había hecho en escuelas tradicionales. Su único propósito era ingresar a la escuela de arte para ser actriz. George y Marian volvieron antes de lo previsto, el viaje no era lo mismo sin ella y al otro año ya no se fueron, ni al otro, ni al otro.
Hace unos meses fui a visitarlos. George habla en diez idiomas, pero no es capaz de traducir ni una cuartilla. Marian no reconoció mis ojos. Hace mucho que no se tocan ni se hablan. Sólo cuando los visita Ema parece tener algún sentido el cuarto y la ventana por donde se pone el sol detrás de la rambla. Cuando me despedí de ellos, George me susurró al oído, “nuestro plan era otro”. Y me permitió besarlo en la frente como hice la última vez que vi a mi abuelo.

En la mesa de luz

El hombre que amaba a los perros

Traje de La Habana el libro de Leonardo Padura, porque el primer ejemplar que tuve en mis manos, lo regalé.
Llevo noches en vela, pegada a su trama y a su palabra.
No es culpa de esa historia mi insomnio. Si lo dijera mentiría. Tengo un insomnio malsano y perenne. Y lo merezco.
Con tristeza, en la forzosa vigilia, me trago este cuento apócrifo, tan irreal que cualquier semejanza con la coincidencia es pura realidad.
Y tengo millones de preguntas, de lágrimas, de gritos ahogados que no salen por esa manía miedosa de no decir. No decir por pudor, por ignorancia, por inmovilidad.
Yo no voy a cambiar nada, ni siquiera el puto insomnio. Pero cómo me gustaría. Sólo porque tengo ganas de dormir. Dormir una noche entera.

Un aniversario

Si tiene un nombre la angustia, ese nombre es Alejandra. No cualquiera. Es Alejandra Pizarnik.
Nació en Buenos Aires. En la misma ciudad, donde hace cuarenta y un años, se fue por su mano y nos dejó instalada para siempre la angustia.
Su prosa y su poesía bordean, como también lo hacía su propia cabeza, a la muerte y al dolor. No hubo reposo en sus escasos 36 años, no hubo sosiego y amor. Sólo el triste paseo de una mujer sola.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Tuvo la lucidez de inventarse unas alas, con un frasco de pastillas para dormir.