…y la Tierra tiene un tono azul

Fragmento de la frase dicha por Gagarin.

Blue Earth

Llegué a casa y Ana me grita con orgullo:
– ¡Mamá, hoy es el día de la Tierra!
– Sí y ¿sabes por qué?
– No. ¿Me lo contás?
– En el año 1961, un 22 de abril, Yuri Gagarin fue el primer hombre que vió a la Tierra desde el espacio.
Ana me escuchó con atención, aunque los ojitos le brillaron más cuando supo que Gagarin dijo que se veía azul desde allá afuera.
Pero no. Me equivoqué. La Tierra fue vista por el astronauta soviético el 12 de abril de 1961 y hoy es el Día de la Tierra porque se le ocurrió a un senador en Estados Unidos.
Mmm, estos días que he charlado tanto de las dos polaridades en las que ya NO se divide el mundo, políticamente hablando, tenían que terminar con un acto fallido.
O es sólo falta de información y de memoria.

Del 2013

La Street photography tiene muchos nombres de grandes fotógrafos. Los dedos de las manos no me alcanzarían para enumerarlos. Todos han hecho su propia interpretación de las escenas ordinarias que nos rodean y sólo ellos han sabido mirarlas de forma muy particular.
Pero la Street photography tiene un color y es el de las fotos de Saúl Leiter.
El año que recién termina, nos deja huérfanos de este fotógrafo de perfil bajo, que muchos han comparado con Edward Hopper, por la similitud del resultado artístico.
Leiter fue un pionero en el uso del color en las fotos que tomaba por puro placer. Hasta adquiría película y papel vencidos para experimentar con los sepias y los sobretonos; jugar con lo que su oficio de fotógrafo de moda no le permitía. Fue un pintor frustrado y descubrió que la cámara le obedecía mucho más que el pincel y el lienzo.
No se limitó a probar con el color, también usó las técnicas de exposición y composición que involucran a los reflejos, el recoveco de una calle, el gesto ingenuo de un transeúnte, la abstracción del desenfoque. La mirada que busca, descubre y crea esas joyas escondidas que el ojo del pintor seguramente ya había esbozado en una página en blanco.
La producción más conocida de Saúl Leiter, esa que se exhibe en museos y edificios ilustres, es en su mayoría, del final de la década del 40 e inicio de la década del 50, del siglo XX. ¡Y quién duda de la modernidad de esas tomas! Mucho menos de su belleza, que nada tenía de convencional y que hacía brillar, sobretodo, a la ciudad de Nueva York, de una manera única y contemporánea.
Saúl Leiter murió el 26 de noviembre de 2013, a los 89 años.

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Espejo

Reflejo en blanco y negro

Encuentro sus anteojos sobre la mesa. Los tengo unos segundos en mis manos y cambio los míos por los suyos.
Salgo de casa y me paro quietecita en la acera, con la espalda pegada a la pared de la fachada. Intento adivinar la vida a través de esa mirada.
Veo a mi alrededor la calle, la muchacha con la media rota y los tacones altos, el semáforo, el papel que planea sólo con un poco de viento sobre el asfalto, el pelo atado con la horquilla, el paragüas soportando tantas gotas.
Sonrío. Todo está desenfocado.
Tal vez el truco no sea intercambiar los anteojos para saber cómo mira, quizás lo que importa es encontrar el reflejo en sus ojos.

Paisaje

Glass

A través del vidrio, sentada en la cafetería, miro la lluvia que cae y que forma esos dibujos, como pequeños círculos en la superficie de los charcos. Un hombre se tapa la cabeza con un cartucho, las gotas resbalan por el papel hasta empaparlo. El agua le moja los hombros. Corre con la cabeza agachada, esquiva los charcos, se cruza en el camino de otras personas con torpeza. Sigo con mis ojos su carrera, hasta que desaparece dentro de la estación de tren.
Paso los dedos por la cámara, intentando descubrir alguna gota de agua; en el visor, en el lente. Acaricio la tapa de los libros sobre la mesa. Leo historias de hombres solos, de vidas grises que brillan sólo por un segundo antes de volver a su sombra. Pienso en el poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. Cierro los ojos y hago un repaso de lo que he perdido hoy. No mucho. Unos pocos recuerdos, aromas, sueños, esperas; las palabras pensadas bajo la lluvia, que nunca escribiré, las notas que he borrado y que hablaban del mar y de la sonrisa de Ana, de las manos del poeta imitando la curva de un río, de una casa rodeada de plantas o la autofoto junto a los pingüinos.
Levanto la mirada del libro, vuelvo a la calle a través del vidrio. Trato de sentir el aire que el hombre levantó en su carrera bajo la lluvia.

Sunset Pier

009 Sunset

Se encendían las lamparitas y el Sol todavía no iniciaba su caída. La caída diaria, observada por todos esos turistas en primera fila, en segunda y hasta en tercera, levantando los brazos, mientras la cámara a esa altura, intentaba el registro, ciego casi, del evento repetido.
El Sol le ofrece un show a Key West y no le cobra. Se deja mirar y acariciar ese naranja, con las velas de los barcos, también llenos de turistas.
Nada empaña el espectáculo que además tiene música en la voz de un negro que camina, cada día, desde el barrio de los negros hasta Duval Street y baja, cansado, hasta el muelle. Él canta esas canciones que nos gustan, las mismas que nos han enamorado y pertenecen a nuestra historia. Al Green, Marvin Gaye, James Brown, son recreados en la maravillosa voz de este hombre anónimo de Key West.
La tarde avanza, el Sol se esmera, puntual, en una performance brillante, mejorada, enorme.
Yo lo vi cerca de mí, lo ví tocar mi mano, lo respiré.
Y le tomé un par de fotos, ya que estaba.

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Pide un deseo

Dennis Hopper: Photographs 1961-1967

Admiro a Dennis Hopper, desde la primera película en que lo ví. Admiro también al cronista que registraba desde siempre, los sets, los actores, la gente, su mundo. ¡Quiero este libro!

Un fotógrafo personal

When you have forever to take pictures, you don’t worry about the little moments. You don’t rush for the camera to get a photo of someone drinking coffee, because you see him drinking coffee every day.

Bob Gruen. John Lennon: The New York Years. 2005.

Imagino una escena así.
John Lennon y su mujer se acaban de levantar. Sus ojos aún conservan esa cortina somnolienta y lagañosa. Sus pelos desordenados rodean las cabezas que todavía no se desperezaron de la cama.
Yoko, con una taza de te verde en la mano, mientras se ojea con detenimiento en el espejo del baño, le dice a John: “Estoy para la foto. Llamemos a Bob.” Él la escucha y asiente, como casi siempre, porque al fin y al cabo son un matrimonio como otro cualquiera. Agarra la escoba y comienza a golpear en el techo; en un preciso lugar del techo del apartamento, una especie de clave morse. En el piso de arriba Bob Gruen escucha el llamado del deber. A los diez minutos suena el timbre en casa de los Lennons y la cámara con permiso, del fotógrafo del rock’n roll, registra y registra. Fotos en primer plano de la pareja, fotos íntimas y muy cercanas a la vida diaria de esas dos personas, tan públicas, tan famosas.
Luego del café y unos waffles, salen los tres a caminar por Manhattan. El cantante, la artista y el fotógrafo, en una habitual rutina, que no es más que una sesión de fotos entre amigos.
Creo entender que John y Yoko aprobaban esa exposición, que era parte de su filosofía abierta y no siempre respaldada por el resto del mundo.
Y después que Diciembre de 1980 pasó, más precisamente, el 8 de ese mes y ese año, todas las fotos de Bob Gruen adquirieron el valor y el peso que sólo la muerte, le da a las cosas cotidianas.
Ayer, tuve en mis manos el libro que recoge el testimonio de muchas de esas mañanas y tardecitas de paseos. Ahora está aquí, sobre la mesa que sostiene la Mac y la copa de Pinot Noir de California. Yo me meto en esas fotos, elijo, degusto, desecho.
Suena la voz de John, quedita, para no despertar la siesta de Sean.

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