Días de radio

Salíamos de casa una de esas mañanas del invierno habanero en las que se puede
estar sólo con un abrigo ligero. Por la calle Humboldt subía el viento fresco de un
especial aroma a mar. La nariz disfrutaba destapada, sin alergias y picazones. Casi
por costumbre nos agarramos las manos ni bien llegamos a la esquina y empezamos
a elegir qué canción nos acompañaría en el deambular de ese día. Los cordones
desatados de sus zapatos, como siempre, lo obligaron a agacharse. Ahí lo vió.
Primero giró la cabeza a un lado y al otro por si era una broma. Fue todo muy
rápido, pero mi posición de observador era privilegiada. Sin desesperarse ató el
cordón en el pie derecho y luego adelantó un paso para hacer lo mismo en el
izquierdo. De esa manera también quedaba más cerca de él. Con toda la tranquilidad
continuó con el procedimiento, como si el tiempo y su paso no importaran. Ya libre
de su tarea, la mano derecha se estiró hasta que lo tocó. Otra vez, miró a un lado y
al otro, mientras los dedos reconocían, comprobaban la textura, los relieves, el
tamaño. Era bueno, pensó cuando su cuerpo se incorporaba y su mano izquierda
volvía a tener la mía. – Vamos. Esto hay que usarlo pronto – me dijo reiniciando la
marcha. A su lado, no hice ningún comentario, aún sin saber a dónde iríamos y qué
tenía en mente. Unos metros más allá, cuando ya estábamos caminando por la
avenida, se paró en el medio de la acera e hizo que yo también me detuviera. – Con
estos veinte pesos que me acabo de encontrar, haremos lo siguiente. Almorzamos en
El Conejito y luego nos vamos a ver la nueva película de Woody Allen en El Riviera.
¿Estás de acuerdo? No dije nada, sólo le sonreí con los ojos y la boca, asintiendo. Mi
hermano y yo no precisamos de muchas palabras para coincidir.

Puerta

Una cosa sí sabía con seguridad. Yo vivía en una puerta. Eso fue antes, hace mucho.
Cuando los días no tenían relojes y el tiempo se medía de acuerdo a las comidas.
Antes de almorzar, la mañana y después de almuerzo, la tarde. La noche la
marcaban los cocuyos del laurel, en el jardín y luego venían las horas de dormir que
nadie contaba. Salvo si aparecía el asma. El letargo de la siesta nos aplastaba contra
el piso, en esos días en que parecíamos derretidos por el calor tremendo del verano.
Ahí venía el señor del carrito y el caballo. Yo lo veía doblar por María Auxiliadora,
mientras apretaba en la mano la moneda de cinco centavos que pagaba el paseo.
Reynaldo, con exactitud de máquina, detenía el paso siempre en el mismo lugar para
que yo subiera. Todos los martes, jueves y viernes repetía el mismo recorrido.
Subíamos siempre en el mismo orden; yo era la tercera. Las gemelas Margarita y
Caridad lo hacían primero. La tarde que Reynaldo murió ninguno de los que
estábamos con él lo supimos. De pronto el caballo dejó de andar y la señora que
vendía los huevos en la bodega de la vuelta, nos hizo bajar explicando que “ese
animal, pobre, no puede andar así sin tomar agua y sin comer, con este calor”,
mirando de reojo que Reynaldo no se cayera delante de nosotros. Las manos del
cochero seguían aferradas a la rienda, quieto como una foto. Todos los niños sabían
qué rumbo tomar de regreso a su casa, pero yo no. Parada en la acera, buscaba la
referencia, la señal que enseñara el camino hasta mi casa. No la encontré. Por eso vi
cuando se lo llevaron a Reynaldo y miré con atención los ojos del caballo que se
quedaron fijos en un punto, también sin referencia. Creo que pasaron horas, largo
rato sin que supiera dónde estaba y por qué había tanta gente alrededor de
Reynaldo y su coche. Cuando ya no quedó nadie y la moneda en mi mano empezaba
a picar, el llanto apareció como un chorro. No me moví de ahí sin parar de llorar,
sola. La señora que vendía los huevos volvió y se acercó a mi con cara de “pero,
¿qué pasa mi niña?” – Me perdí, le dije, no se dónde estoy. Quiero ir a mi casa. –
¿Dónde tú vives? – En una puerta – dije con voz convulsa de lágrimas. Una amiga de
mi abuela que reconoció mis ojos, cogió mi mano, la otra, la que no tenía la moneda
y sin hablar me llevó al lugar donde yo esperaba el coche tres veces a la semana. A
mi espalda, a muy pocos pasos, la puerta de casa.

El enigma

…porque tal vez nuestros cerebros ni siquiera son capaces de comprender verdaderamente el concepto de que la Mona Lisa no es solo una pintura de una mujer sino una interpretación pictórica de la forma en que Da Vinci vio el mundo, todo de una vez, y esa noción simple es la que nos derrota desde el inicio. Tal vez eso es lo que la hace genial.

Chris Knight. El Retrato dramático.

Ventanas

Para Ana, mi hija

Vivo con cinco ventanas. Todas ellas con persianas transparentes. La luz se mete a chorros y cae como puede. También el viento. Ahora mismo atardece, cuando ellas dejan pasar sólo la luz que pone las cosas en contraste. Siluetas. No enciendo la luz de la lámpara a propósito. Esta es la hora de los agudos picos del claro oscuro. Esta es mi hora. Me pongo quieta, con las piernas recogidas y los pies sin zapatos. Escucho. El ruido de los aparatos de aire acondicionado viene bien con la penumbra. Un pájaro compite por el silencio. Quiero que pase rápido esta hora. Hay demasiada bondad, cuando ellas dejan pasar sólo el contraste, los agudos picos del claro oscuro. Y es que extraño tu voz y un calor lindo que solía pasar de tu mano a la mía, cuando vivíamos con tres ventanas.

…y la Tierra tiene un tono azul

Fragmento de la frase dicha por Gagarin.

Blue Earth

Llegué a casa y Ana me grita con orgullo:
– ¡Mamá, hoy es el día de la Tierra!
– Sí y ¿sabes por qué?
– No. ¿Me lo contás?
– En el año 1961, un 22 de abril, Yuri Gagarin fue el primer hombre que vió a la Tierra desde el espacio.
Ana me escuchó con atención, aunque los ojitos le brillaron más cuando supo que Gagarin dijo que se veía azul desde allá afuera.
Pero no. Me equivoqué. La Tierra fue vista por el astronauta soviético el 12 de abril de 1961 y hoy es el Día de la Tierra porque se le ocurrió a un senador en Estados Unidos.
Mmm, estos días que he charlado tanto de las dos polaridades en las que ya NO se divide el mundo, políticamente hablando, tenían que terminar con un acto fallido.
O es sólo falta de información y de memoria.

Del 2013

La Street photography tiene muchos nombres de grandes fotógrafos. Los dedos de las manos no me alcanzarían para enumerarlos. Todos han hecho su propia interpretación de las escenas ordinarias que nos rodean y sólo ellos han sabido mirarlas de forma muy particular.
Pero la Street photography tiene un color y es el de las fotos de Saúl Leiter.
El año que recién termina, nos deja huérfanos de este fotógrafo de perfil bajo, que muchos han comparado con Edward Hopper, por la similitud del resultado artístico.
Leiter fue un pionero en el uso del color en las fotos que tomaba por puro placer. Hasta adquiría película y papel vencidos para experimentar con los sepias y los sobretonos; jugar con lo que su oficio de fotógrafo de moda no le permitía. Fue un pintor frustrado y descubrió que la cámara le obedecía mucho más que el pincel y el lienzo.
No se limitó a probar con el color, también usó las técnicas de exposición y composición que involucran a los reflejos, el recoveco de una calle, el gesto ingenuo de un transeúnte, la abstracción del desenfoque. La mirada que busca, descubre y crea esas joyas escondidas que el ojo del pintor seguramente ya había esbozado en una página en blanco.
La producción más conocida de Saúl Leiter, esa que se exhibe en museos y edificios ilustres, es en su mayoría, del final de la década del 40 e inicio de la década del 50, del siglo XX. ¡Y quién duda de la modernidad de esas tomas! Mucho menos de su belleza, que nada tenía de convencional y que hacía brillar, sobretodo, a la ciudad de Nueva York, de una manera única y contemporánea.
Saúl Leiter murió el 26 de noviembre de 2013, a los 89 años.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Espejo

Reflejo en blanco y negro

Encuentro sus anteojos sobre la mesa. Los tengo unos segundos en mis manos y cambio los míos por los suyos.
Salgo de casa y me paro quietecita en la acera, con la espalda pegada a la pared de la fachada. Intento adivinar la vida a través de esa mirada.
Veo a mi alrededor la calle, la muchacha con la media rota y los tacones altos, el semáforo, el papel que planea sólo con un poco de viento sobre el asfalto, el pelo atado con la horquilla, el paragüas soportando tantas gotas.
Sonrío. Todo está desenfocado.
Tal vez el truco no sea intercambiar los anteojos para saber cómo mira, quizás lo que importa es encontrar el reflejo en sus ojos.