Paisaje

Glass

A través del vidrio, sentada en la cafetería, miro la lluvia que cae y que forma esos dibujos, como pequeños círculos en la superficie de los charcos. Un hombre se tapa la cabeza con un cartucho, las gotas resbalan por el papel hasta empaparlo. El agua le moja los hombros. Corre con la cabeza agachada, esquiva los charcos, se cruza en el camino de otras personas con torpeza. Sigo con mis ojos su carrera, hasta que desaparece dentro de la estación de tren.
Paso los dedos por la cámara, intentando descubrir alguna gota de agua; en el visor, en el lente. Acaricio la tapa de los libros sobre la mesa. Leo historias de hombres solos, de vidas grises que brillan sólo por un segundo antes de volver a su sombra. Pienso en el poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. Cierro los ojos y hago un repaso de lo que he perdido hoy. No mucho. Unos pocos recuerdos, aromas, sueños, esperas; las palabras pensadas bajo la lluvia, que nunca escribiré, las notas que he borrado y que hablaban del mar y de la sonrisa de Ana, de las manos del poeta imitando la curva de un río, de una casa rodeada de plantas o la autofoto junto a los pingüinos.
Levanto la mirada del libro, vuelvo a la calle a través del vidrio. Trato de sentir el aire que el hombre levantó en su carrera bajo la lluvia.

Sunset Pier

009 Sunset

Se encendían las lamparitas y el Sol todavía no iniciaba su caída. La caída diaria, observada por todos esos turistas en primera fila, en segunda y hasta en tercera, levantando los brazos, mientras la cámara a esa altura, intentaba el registro, ciego casi, del evento repetido.
El Sol le ofrece un show a Key West y no le cobra. Se deja mirar y acariciar ese naranja, con las velas de los barcos, también llenos de turistas.
Nada empaña el espectáculo que además tiene música en la voz de un negro que camina, cada día, desde el barrio de los negros hasta Duval Street y baja, cansado, hasta el muelle. Él canta esas canciones que nos gustan, las mismas que nos han enamorado y pertenecen a nuestra historia. Al Green, Marvin Gaye, James Brown, son recreados en la maravillosa voz de este hombre anónimo de Key West.
La tarde avanza, el Sol se esmera, puntual, en una performance brillante, mejorada, enorme.
Yo lo vi cerca de mí, lo ví tocar mi mano, lo respiré.
Y le tomé un par de fotos, ya que estaba.

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Pide un deseo

Dennis Hopper: Photographs 1961-1967

Admiro a Dennis Hopper, desde la primera película en que lo ví. Admiro también al cronista que registraba desde siempre, los sets, los actores, la gente, su mundo. ¡Quiero este libro!

Un fotógrafo personal

When you have forever to take pictures, you don’t worry about the little moments. You don’t rush for the camera to get a photo of someone drinking coffee, because you see him drinking coffee every day.

Bob Gruen. John Lennon: The New York Years. 2005.

Imagino una escena así.
John Lennon y su mujer se acaban de levantar. Sus ojos aún conservan esa cortina somnolienta y lagañosa. Sus pelos desordenados rodean las cabezas que todavía no se desperezaron de la cama.
Yoko, con una taza de te verde en la mano, mientras se ojea con detenimiento en el espejo del baño, le dice a John: “Estoy para la foto. Llamemos a Bob.” Él la escucha y asiente, como casi siempre, porque al fin y al cabo son un matrimonio como otro cualquiera. Agarra la escoba y comienza a golpear en el techo; en un preciso lugar del techo del apartamento, una especie de clave morse. En el piso de arriba Bob Gruen escucha el llamado del deber. A los diez minutos suena el timbre en casa de los Lennons y la cámara con permiso, del fotógrafo del rock’n roll, registra y registra. Fotos en primer plano de la pareja, fotos íntimas y muy cercanas a la vida diaria de esas dos personas, tan públicas, tan famosas.
Luego del café y unos waffles, salen los tres a caminar por Manhattan. El cantante, la artista y el fotógrafo, en una habitual rutina, que no es más que una sesión de fotos entre amigos.
Creo entender que John y Yoko aprobaban esa exposición, que era parte de su filosofía abierta y no siempre respaldada por el resto del mundo.
Y después que Diciembre de 1980 pasó, más precisamente, el 8 de ese mes y ese año, todas las fotos de Bob Gruen adquirieron el valor y el peso que sólo la muerte, le da a las cosas cotidianas.
Ayer, tuve en mis manos el libro que recoge el testimonio de muchas de esas mañanas y tardecitas de paseos. Ahora está aquí, sobre la mesa que sostiene la Mac y la copa de Pinot Noir de California. Yo me meto en esas fotos, elijo, degusto, desecho.
Suena la voz de John, quedita, para no despertar la siesta de Sean.

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Cuando llueve

Está bueno salir, paraguas en mano y caminar despacito, aún cuando hay muchos riesgos.

A saber.
– Los autos que siguen rodando rápido y salpican el agua de los charcos; dudosa agua de pavimento.
– Los que se empeñan en caminar debajo de los aleros, buscando una protección más, pero molestando a los que no la tienen; las puntas de sus sombrillas terminan encajadas en los ojos de los otros.
– Los dedos de los pies se enchumban y resbala la sandalia, obligando a caminar con extremo cuidado; caerse no es buena opción en estos casos.
– Las manos llevan la cámara. Es el mayor riesgo; si se moja no anda más y eso puede ser un gran problema. Por eso la mirada busca un lugar para resguardar el aparatico y ya de paso el cuerpo mismo.

Los bares, de ventanales amplios, con el vidrio a la calle, suelen ser el mejor sitio si uno está lejos de casa.
Pero el fotógrafo no puede quedarse quieto ante el espectáculo maravilloso de la lluvia. Y ahí vuelve a disponer el ojo tras el lente, el dedo listo encima del obturador. Una foto, otra, alguna más.
La lluvia cesa y la ciudad recupera su aspecto de siempre.

Ya en casa, se revela la magia de la fotografía, las capturas hechas a través del vidrio o debajo de los aleros goteantes.
Voilà!
El aroma del sahumerio invade el momento justo en que se descubre cada imagen, antes del segundo obturador: Photoshop, filtros, ajustes, layers, efectos.
Salen las fotos calientes del horno. El fotógrafo mira, distanciado, el resultado de su inconsciente.
El fotógrafo, que trabaja de otra cosa, sonríe, mientras se ve a sí mismo, allí, bajo la lluvia persistente del domingo por la tarde.

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Legs of NYC

Un hombre mira las piernas de las mujeres que se cruzan delante de sus ojos. Un hombre que tiene suerte con el instante preciso y el obturador. Frente a la mirada tuya, la mía y la de ese otro.
New York son sus piernas, también. Por ellas pasan las estaciones; el frío, el calor, la lluvia, las hojas. Piernas de subway y de esquinas que esperan el cambio de la luz del semáforo. Las mismas que corren entaconadas a la oficina o al teatro.
Piernas de New York, en botas, en chatitas y en sandalias.
Piernas detenidas y moviéndose.
Esas piernas que Frank Guiller retrata en el Lowest Manhattan y que no sólo a mi, dicen lo que él ve.
Yo no puedo despegar mis ojos de estas fotos. Las veo pasar en el slide show, una y otra vez; quiero descubrir lo que él ve. Quiero poner mi dedo en el obturador.

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El caballo rojo

En el tíovivo de la mentira
El caballo rojo de tu sonrisa
Gira
Y yo estoy ahí plantado
Con la triste fusta de la realidad
Y no tengo nada que decir
Tu sonrisa es tan verdadera
Como mis cuatro verdades

Por Jacques Prevert

Siempre que escucho de Robert Doisneau no pienso en esas tremendas, pero tan manidas fotos de París. Siempre que escucho de Robert Doisneau, pienso en Prevert. Y esas dos tremendas fotos, por suerte, no tan manidas, que le tomó al poeta en los cincuentas, del siglo pasado. Siempre que pienso en Prevert, regresa este poema, una y otra vez, como un tíovivo que da vueltas y vueltas. Hoy a todo el mundo se le ha dado por hablar de Doisneau.