Primera impresión

Hay quien afirma que la comida entra por los ojos o que la primera impresión que recibes es la que te marca para siempre.

Y aunque no estoy tan segura de que esa idea puede aplicarse a todo con lo que nos encontramos por primera vez, el párrafo que da inicio a la novela Amor perdurable de Ian McEwan es algo así como una primera impresión perfecta.

En esas pocas líneas se origina la curiosidad, la perturbación que te obligará a seguir leyendo. Es solo cuando terminaste de leer ese párrafo que te das cuenta que no dejarás de hacerlo hasta que la novela termine.

Te digo más: hazlo antes de ver la película. Porque no hay relato visual que logre transmitir la inquietud que este párrafo provoca; el preámbulo de un viaje que vas a emprender a partir de ahí, un viaje movilizante, una historia bien escrita.

Días de radio

Salíamos de casa una de esas mañanas del invierno habanero en las que se puede estar sólo con un abrigo ligero. Por la calle Humboldt subía el viento fresco de un especial aroma a mar. La nariz disfrutaba destapada, sin alergias y picazones. Casi por costumbre nos agarramos las manos ni bien llegamos a la esquina y empezamos a elegir qué canción nos acompañaría en el deambular de ese día. Los cordones desatados de sus zapatos, como siempre, lo obligaron a agacharse. Ahí lo vió.
Primero giró la cabeza a un lado y al otro por si era una broma. Fue todo muy rápido, pero mi posición de observador era privilegiada. Sin desesperarse ató el cordón en el pie derecho y luego adelantó un paso para hacer lo mismo en el izquierdo. De esa manera también quedaba más cerca de él. Con toda la tranquilidad continuó con el procedimiento, como si el tiempo y su paso no importaran. Ya libre de su tarea, la mano derecha se estiró hasta que lo tocó. Otra vez, miró a un lado y al otro, mientras los dedos reconocían, comprobaban la textura, los relieves, el tamaño. Era bueno, pensó cuando su cuerpo se incorporaba y su mano izquierda volvía a tener la mía. – Vamos. Esto hay que usarlo pronto – me dijo reiniciando la marcha. A su lado, no hice ningún comentario, aún sin saber a dónde iríamos y qué tenía en mente. Unos metros más allá, cuando ya estábamos caminando por la avenida, se paró en el medio de la acera e hizo que yo también me detuviera. – Con estos veinte pesos que me acabo de encontrar, haremos lo siguiente. Almorzamos en El Conejito y luego nos vamos a ver la nueva película de Woody Allen en El Riviera. ¿Estás de acuerdo? No dije nada, sólo le sonreí con los ojos y la boca, asintiendo. Mi hermano y yo no precisamos de muchas palabras para coincidir.

María Larsson y el don de ver

“No llegué a la fotografía en busca de magia, sino como una manera de hablar de mi dolor.”
Jan Phillips

Con Everlasting moments, el director de cine sueco Jan Troell, ha logrado una extraordinaria película sobre un ama de casa, que mantiene viva su alma y ya de paso, a su numerosa familia, con una cámara fotográfica.
Contada por Maja, la hija mayor de María y Sigfrid, su relato va de la admiración al cuestionamiento, del amor al odio, de la frustración a la duda. En una época en la que las mujeres poco podían hacer para ser escuchadas, Maja cuenta aun sin entenderlo del todo, cómo su madre rompió ciertos esquemas de esa sociedad tan patriarcal y mantuvo, a veces a su pesar, la unión de la familia.
María no ama a su marido, pero lo cuida; María lucha por tener un espacio para que su imaginación vuele, mientras aprende a conocer un aparato que cayó en sus manos, por casualidad. Y además cocina, cose, lava, juega con sus hijos y soporta la violencia de Sigfrid. Sufre cuando alguna vez su creatividad la aleja de esos deberes, cuando su corazón osa soñar con otra vida, con otro hombre.
Una pelicula sin estridencias pero profunda en su decir, es lo que Jan Troell nos ofrece, con actuaciones excelentes, donde destaca María Heiskanen, como María y Jesper Christensen, como Sebastián, mentor y confidente de Mrs. Larsson. El ambiente sórdido y chato de un pueblo de campo, la vida de todos los días, sólidamente retratada y la angustia de estas personas que viven en una sociedad dura e intolerante, es también parte del acierto con el que Jan Troell tejió su propia historia.
Desde el primer momento en el que María se detiene a disfrutar la belleza de un carámbano, quedamos asombrados por la atención que presta esta simple mujer a los detalles de la vida.
“No todo el mundo está dotado con el don de ver”, Sebastián le dice a María. Y lo que vio Jan Troell es el primer don de cada fotograma de esta gran película.


Everlasting moments. Jan Troell, 2008.

Pasando páginas

Todo eso que encierra la palabra venganza es lo primero que vemos en la película La tourneuse de pages de Denis Dercourt. Pero si miramos mejor, hay otras aristas, muy jugosas, que el director, las dos actrices principales y en especial, el fotógrafo Jérôme Peyrebrune nos ofrecen, en una pieza chiquita y al mismo tiempo elegante e inteligente.
El cine francés, en general, apuesta por lo que no se dice. Permite, a los que asistimos a sus entregas, un vuelo imaginativo notable, sin esos golpes bajos de manipulación que inmediatamente llevan las sensaciones por caminos más trillados. Sin embargo, en esta película, la cámara dice, es tendenciosa, es la que pone la densidad de las secuencias, la que marca lo enrarecido y perturbador que envuelve a esta historia; bien contada con muy pocos recursos y excelentes actuaciones. Y no nos empuja a los mismos trillos, por cierto.
Subyace, más allá de lo evidente, un retrato social que en primer plano dibuja a la envidia, a la intolerancia, a la diferencia de clases y a esa pose pública que algunas gentes sostienen para esconder sus propias miserias.
Una película recomendable. No para los grandes y aclamados festivales, ni premios de la Academia. Sólo para una velada, en casa, después de cenar y antes de la medianoche. Porque después, ya sabemos, nos convertimos en calabazas.

La tourneuse de pages de Denis Dercourt. 2006.