La segunda línea

Treme es el tipo de serie que yo vería una y otra vez. Dada mi poca propensión a ver estos programas, es un hallazgo (hermosa palabra) la aseveración.
Pero Treme también es un barrio de New Orleans, quizás el de mayor tradición musical en la ciudad, donde vivieron los padres del jazz y desde donde salieron los sonidos que luego fueron moda en New York, Chicago y Los Angeles.
La presencia de los negros, de los indios, de los franceses, todo mezclado en partes iguales, son los ingredientes de cada episodio servido en platos de buena música y de dolor. El dolor que persiste por el desastre aún reciente del huracán Katrina.
Cualquier cosa que diga como reseña de la serie es más de lo mismo.
Sin embargo debo decir que anoche mirando el entierro de Daymo, me di cuenta que lo que más me gusta de todo esto es la segunda línea. Esa especie de desfile transgresor, en el que la gente baila y llora, mientras van detrás de los músicos, en una fiesta que no termina.

Final capítulo 10, primera temporada. Treme, 2010.

Escrito hace tres años

En Off The Map, lejos del predecible mundo que conocemos, Los Groden hallaron un lugar en el árido desierto de Nuevo México. Allí concibieron una forma de vida lejos de los bancos, el consumo, los aparatos electrónicos y las vías de enseñanza institucional. Criaron una hija libre, con una humildad absoluta frente a la naturaleza y a los otros. Levantaron un monumento a la amistad y al amor, sin condiciones y también sin proteccionismo.
Un padre deprimido por seis meses, un amigo a toda prueba, una mujer pérdidamente enamorada de su marido y una niña de once años que coquetea con la gran ciudad, son los personajes que nos presenta Campbell Scott, en su película del año 2003, filmada en escenarios originales y con un guión basado en la obra de teatro de Joan Ackermann. A ellos se une William Gibbs, un cobrador de impuestos que deviene en pintor de la curvatura del planeta y cae rendido ante los encantos perturbadores del desierto, no sin antes reencontrarse a sí mismo desde la simpleza de las relaciones que establece con esta singular familia.
Las imágenes y los hechos van transcurriendo casi sin que nos demos cuenta. Los puntos de ruptura del argumento se manejan de forma natural sin golpes bajos ni efectismos que manipulen nuestra sensibilidad, mientras que el sentido del humor es la clave principal de los diálogos.
Anduve googleando para ver las críticas y comentarios de esta película y encontré de todo. Gente que dice que es un plomazo porque “no pasa nada”, otros que explican que los personajes son endebles y su sicología no está bien resuelta, algunos que opinan que es lo mismo de siempre: la redención del aislamiento como salvación del ser humano ante la agresividad y la colectivización de la vida moderna.
Tranquila, sin estridencias, con una fotografía que hace honor a lo generoso de la geografía, es una película recomendable.

Para AF que aún no la vio.

I’m calling you

En el taller al que voy cada martes, mi profe dice que a veces en los cuentos lo más importante es lo que no se dice.
Lo mismo pasa en algunas películas. Construidas finamente y trabajadas como verdaderas obras de orfebrería, cuando terminan, lo que no viste es lo más relevante que queda dando vueltas en el aire como la mariposa soñolienta aún de crisálida.
No sé cuantas veces he visto Bagdad Café. Tampoco recuerdo cuando la vi por primera vez. Sí tengo certeza de su protagonismo en la lista de películas que llevaría conmigo al lugar que sueño para vivir.
La sensibilidad con que están delineados los personajes, la propia historia: simple, profunda, humana, sin dejar afuera casi ninguna de nuestras miserias y virtudes.
Actuaciones impecables, un escenario rudo, la fotografía que capta el viento del desierto, la aspereza de rostros y almas y una canción que se repite en la maravillosa voz de Jevetta Steele, como una letanía. Percy Adlon tejió la telaraña (¿te dije que me gustan mucho las arañas, esas chiquiticas que andan en el jardín y en los rincones de la casa?) de un guión que nos agarra de la mano y nos va llevando como niños, en un viaje de poco más de una hora.
La amistad y el amor presentados en su más pura esencia, sin embarres, arman la trama en la que una mujer abandonada llega a un abandonado lugar, habitado por gente abandonada. Y el misterio se va desvelando mientras transcurren los fotogramas y en el medio del desierto de Mohave crece la flor que un hombre le ofrece a la mujer que ama, casi al mismo tiempo en que dos mujeres tristes se hacen amigas y ríen bajo la luz colorada del teatro de variedades.

Bagdad Cafe. De Percy Adlon. 1987.

Ojalá seas tú

Él viene desde un lugar cercano al mío. Barrios aledaños. Tengo un recuerdo lejano de su respiración en mi pelo y un temblor ansioso que salía de mi estómago. ¿Cuánto hace? Muchos años, tantos que hoy somos los mismos. Y bailábamos con otros la canción de Tootsie, que ahora ya no es lo que era antes, pero que la nostalgia mantiene “intacta en su paisaje”.

It might be you por Stephen Bishop. OST Tootsie, 1982.