Opa Locka

Rain-Opa Locka

En Opa Locka siempre llueve, decía, cuando el viaje parecía malograrse por el palo de agua que caía en la expressway.
Llegué tomada de su brazo, como si fuera el baile del pueblo. La lluvia insistía con persistencia de niño majadero. No había ni un árbol, ni un techito para guarecerse. Las gotas empezaron a hurgar mi cuello, mi espalda, la cintura; esos surcos tan personales.
En la casa ya todos daban cuenta del whisky comprado en el Liquor de la 27 y la 16. Tienen buenos precios allí, me dijo quedito, como para que nadie se enterara. Alguien sacó una guitarra y otro, por allá, trajo las tumbas y un bongó. El primo se acercó con una olla de chilindrón, prometiendo traer también arroz blanco y tostones, menú de carta cerrada en restaurante de lujo.
La música viva, en vivo, vivida por los músicos en sus vidas anteriores, inundó la tarde, el patio.
Su brazo seguía ayudando mi mano, ahora con más complicidad, en íntima y discreta caricia, siguiendo la música, las voces, el coro del que formábamos parte.
Ella fumaba sentada cerca de mí, mientras celebraba mis zapatos de cuero y cordones, con unas palabras dichas graciosamente al oído. Nosotros mirábamos sus casi 90 años con asombro. Mi tristeza sonreía al ver su acicalado vestuario, sus aretes de fantasía y la mirada aun joven.
Por un rato fui feliz en Opa Locka.

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An a

Domingo

La noche antes su madre se comía todo. El boliche uruguayo al que fue a cenar, estaba lleno de gente y como siempre, la comida exquisita. La nariz pequeña, casi no se veía por lo hinchado de los pómulos. Los ojos achicados, los labios agrandados. Caminaba con dificultad y cuando se acostó, a la medianoche, la acidez no dejaba lugar a otra sensación.
Cerca de las ocho de la mañana, puntual, cada diez minutos, el vientre se contraía. No había más dudas; rápidamente a la clínica, revisión, llamada al obstetra, quirófano.
En medio de los ravioles del domingo llegó, arrugadita, menuda, con la boca abierta y gritando con toda la fuerza de unos pulmones maduros y recién estrenados.
Ana nació un día como hoy, hace once años, una hora y quince minutos después del mediodía.

Del otoño

Majagua

Sigo con los ojos el baile de una hoja en el suelo. La luz ocre de la tarde dibuja líneas en su superficie. Es pequeña y frágil, apenas cabe dentro de mi mano, también pequeña.
Ahora, parece sostenerse sobre una punta. Este viento se la llevaría lejos, muy lejos, si quisiera. Pero hay muchas más hojas alrededor y raíces, piedras, flores marchitas.
Los últimos rayos de sol dejan ver pequeñas marcas en la hoja. Acerco mi mano al rayo de sol; miro esas mismas marcas en la palma de mi mano, bajo la luz rojiza.
Por un segundo mis manos son hojas. Hojas en el suelo.

Caminando

Boxes

“Hay dulzura infantil
en la mañana quieta”
Federico García Lorca

Cuatro o cinco cuadras. Aún no las conté bien, porque me entretengo en el trayecto.
Camino y atiendo, despacio, a lo que aparece bajo el sol de la mañana.
La música en mis oídos roba el sonido que hay afuera, pero lo prefiero así. Es como ponerle una banda sonora diferente a estas callecitas, de cortas aceras y de vegetación desatada. Árboles grandes, pequeños; arbustos y hierbazales, en explosión tremenda que llena de hojas y colores mis ojos.
Camino y reparo en cada detalle: el señor que arregla el jardín ajeno, la muchacha en sus finos tacones casi arrastrada por el perro, los corredores a buen paso por el medio de la calle, la casa amarilla de madera con su lindo portalito en la esquina de Shipping Avenue y Mary Street.
Camino y ya mi mano buscó la cámara. Porque ayer recorrí este mismo lugar con la vista y registré. Y hoy quiero llevar conmigo la imagen.
Ahí están, alineados y desiguales. Tan correcticos hasta que el clavo se partió y no pudo sostener el peso.
Ahí están, aguardando esas cartas. A pesar de la social media y la virtualidad.
Los buzones son el aviso de que aún, a veces llegan cartas.

Cacería

Cuaderno

Está sentada en un banco de la estación. Escribe en una pequeña libreta sobre sus piernas cruzadas, las uñas cortas sin color, el pelo suelto pero puesto así, detrás de las orejas; la mirada atenta. Levanta la vista, se detiene en una pareja de músicos, un hombre negro que arrastra una maleta, un vagabundo con las manos dentro de una papelera y escribe sobre ellos (el movimiento del bolígrafo azul sobre la hoja, las palabras que salen sin interrupción, los ojos inquietos). Observo su mirada que pasa de sus palabras a la estación, a la gente, al tren que llega.

Hojas y hojas escritas sin descanso, como vomitando palabras que caza del aire, de la síncopa de la tarde, de su propia cabeza que no para, no para nunca.

Palabras duras, azules palabras.

El último libro del año pasado

Libros de Paul Auster

El invierno a Paul Auster lo sorprendió escribiendo. Y todos nos pusimos felices. Cuando digo todos, me refiero a los que como yo, hace 15 años, seguimos cada libro que este señor publica, casi siempre en Anagrama, para el público hispanoparlante.

El invierno, sin embargo, nos devolvió un cuaderno egocéntrico y pueril. Al menos, es mi percepción de su Diario de invierno, que desde el fin de año pasado descansa junto al velador.  Aun cuando lo pedí en febrero.

¿Qué puede motivar a un escritor tan lleno de historias a escribir sobre sí mismo? ¿El dinero? ¿El síndrome de la página en blanco? ¿Las exigencias editoriales por cumplir el plan del año? Si conociera personalmente a Auster, es probable que no estuviera especulando. Lo cierto es que me sorprendió mal esto nuevo, que en el 2012, salió de las mismas manos que escribieron El Palacio de la luna o Mr. Vértigo, dos de sus libros que más me gustan.

Esas, como la mayoría de sus novelas, tienen una gran carga autobiográfica. ¿Qué escritor no usa vivencias propias, palabras suyas, anécdotas personales, en los personajes que crea? Me atrevo a asegurar que muy pocos. Sin embargo las recreaciones cercanas a un alter ego, no dejan de ser parte de las nuevas historias que van tomando forma, como ficción y que en el caso de Auster, siempre tuvieron como fin, componer escenarios con un estilo muy bien identificado. Me encantan las historias que se inventa y si bien siempre he renegado de sus finales, he disfrutado mucho de todas ellas.

No es el caso de Diario de invierno, porque es una especie de reality show donde el único protagonista es el propio Auster, que no tiene el más mínimo reparo en repasar su vida del pe al pa, con un tinte, a veces, muy parecido a la autocompasión. Entonces la lectura fluye, pero morbosa, como se lee una nota de esas revistas de chismes que tan lindamente editadas, se muestran en las vidrieras de librerías y puestos de periódicos.

Son tiempos estos de mucha exposición, los famosos y los que no lo somos, también asistimos a la debacle de la privacidad. Pero yo esperaba otra cosa de Auster. Será que he idealizado al escritor que no es más que cualquier otro ser humano, que envejece y se lo quiere contar al mundo.

Elogio nostálgico de la plancha

Óleo sobre lienzo por José Armendáriz

En mi casa no se almidonaba. Mi abuela juraba, en ese gallego inentendible, que el almidón hacía daño a la piel. Aunque no era por eso. Ésa era una excusa; un pretexto para no reconocer que la almidonadera no le gustaba. A mi abuelo tampoco. Así, en mi casa de la infancia, el almidón alcanzó la categoría de estigma.
Sin embargo se planchaba. ¡Y cómo! Mi madre es una frenética de la plancha. Le gusta; siempre le ha gustado. Los domingos por la tarde, un olor caliente ocupaba la sala de mi casa, mientras mi madre hacía lo suyo esperando la transmisión por CMBF del concierto de las 5, en el Amadeo Roldán. A ese concierto asistíamos, con mi padre, cada domingo. ¡Cuántas cosas odiosas para un mismo día! La hora de planchar y la de ir al Amadeo. Será por eso que el domingo no es mi fuerte.
Un día llegó el polyester. Recuerdo cómo mi madre decía que esas ropas eran “wash and wear”. Era muy graciosa la manera en que se hacía la fina, pronunciando las palabras en inglés. Las horas de plancha, los domingos, disminuyeron notablemente. También, el Amadeo dejó de ser sala de conciertos para convertirse en un montón de ruinas, luego de ese fatídico incendio.
Yo no plancho. La plancha es un objeto que ni siquiera tengo en mi casa.
Y cuando los domingos se ponen bien densos, con esa densidad que sólo los domingos saben hacer, siento al aroma caliente y también dulce de las tardes de plancha, sin almidón, de mi casa de la infancia. Oigo a Mozart sonando en la radio de mi madre, a esa hora de los conciertos del domingo en el Amadeo.