#tbt Nana

A Ljubitza le faltaban todos los dientes frontales. Los de arriba y los de abajo. Cuando la conocimos, nosotros, acostumbrados a bocas más pobladas, nos sentimos hasta avergonzados de las ausencias en sus encías. Mi memoria falla, después de más de cuarenta años, pero la imagen de su boca no la olvidaré nunca. Y el olor. Su ropa tenía el aspecto y el aroma de la suciedad.

Aún con todas esas cosas en contra, a mi hermano y a mí nos resultaba muy curiosa la aparición de Ljubitza en nuestras aburridas vidas de niños que no podían salir del apartamento mientras mamá trabajaba; «porque es muy peligroso, porque cerca está el barrio de los gitanos y porque no sabemos andar por Belgrado». Ella fue nuestra niñera. No hablaba ni una palabra de español. Tenía las manos grandes. Era alta. Tendría 28 o 30 años, el pelo oscuro y la tez muy blanca. A pesar de su sonrisa desdentada siempre sonreía, por timidez quizás. Mi madre le indicó la habitación que ocuparía, justo la que quedaba en medio entre la de ella y la nuestra. La única habitación con ventana en esa caja de zapatos que teníamos por casa. Se instaló con sus pocas cosas; apenas una maleta mediana que terminó de desempacar un mes después de su llegada.

Comenzó así nuestra convivencia con alguien que no era miembro de la familia, que encima tenía la responsabilidad de cuidarnos, alimentarnos y estar presente para lo que una niña de siete años y un nene de cinco necesitaran. En primer lugar, había que comunicarse. La evangelización de Ljubitza comenzó por la enseñanza del idioma. Para nuestra sorpresa fue una iniciativa mutua; nuestra, pero también de ella. Y el intercambio se inició sin dudar. Mientras ella se animaba a pronunciar nuestros nombres y decir con un brutal acento eslavo «Mi nombre es Ljubitza», nosotros empezamos a incorporar palabras serbias y croatas.

Luego de varias semanas Ljubitza pasó a ser Liubi, por esa costumbre que tenemos de achicar la manera en que llamamos a la gente cercana. Recuerdo tardes enteras de aprender a cocinar blinitz, poner a hacer crema agria fermentando la leche y ser cómplices del escondite de la primera botella de vodka que vi en mi vida.

Con ella estuvimos casi dos años. Durante ese tiempo llegamos a conocer muy bien a Liubi. Y la verdad es que la pasábamos bien. Nos reíamos mucho, jugábamos y para nosotros era imposible pensar en el regreso de la escuela sin la espera cariñosa de esa figura flacucha y desgarbada en la escalera de entrada al edificio. Cada tanto, ella visitaba a su único familiar; una tía que vivía en Zagreb. Esas raras veces que no estaba cerca, se hacía larga su ausencia.

Cuando llegó el día de irnos, Liubi que ya había adoptado la costumbre de bañarse todos los días y lavarse el pelo por lo menos una vez a la semana, que me hizo probar el alcohol por primera vez, que adoraba a mi hermano hasta el dolor, que nos protegió de un robo en la casa, cantando unas tonadas cansinas y lastimeras, lo único que pidió fue irse con nosotros. Tampoco me olvido de las lágrimas, bajando por su cara sin control, en el aeropuerto, cuando nos despedimos. Nunca supe más nada de ella. Hasta hoy.

#tbt Alquimia

Son imprevisibles los ingredientes que usa el alquimista. Nadie imagina qué va recolectando, para luego mezclar las porciones en partes, no siempre iguales, no siempre en el mismo orden. Con letra irregular, el proceso queda registrado en pequeñas hojas de un papel dudosamente blanco.
A veces los ingredientes tienen un origen poco común. La magia puede venir aún de las más adversas circunstancias; un viaje de muchas y largas horas, un verano incierto y lleno de dudas, lágrimas y también risas.
Yo miro el resultado, tan ecléctico y desmesurado, que aún no puedo creer que hayan salido de sus manos semanas que empiezan los viernes por la tardecita, martes convertidos en comienzos de fin de semana y cuidadores de perros a domicilio.
Yo miro desde mi ventana privilegiada, cómo se cocinan las pócimas en la pequeña habitación, cerca de la bahía, mientras los flamboyanes explotan y manchan sin escrúpulos el cielo de todos los días.

#tbt Paisaje

A través del vidrio, sentada en la cafetería, miro la lluvia que cae y que forma esos dibujos, como pequeños círculos en la superficie de los charcos. Un hombre se tapa la cabeza con un cartucho, las gotas resbalan por el papel hasta empaparlo. El agua le moja los hombros. Corre con la cabeza agachada, esquiva los charcos, se cruza en el camino de otras personas con torpeza. Sigo con mis ojos su carrera, hasta que desaparece dentro de la estación de tren.
Paso los dedos por la cámara, intentando descubrir alguna gota de agua; en el visor, en el lente. Acaricio la tapa de los libros sobre la mesa. Leo historias de hombres solos, de vidas grises que brillan sólo por un segundo antes de volver a su sombra. Pienso en el poema de Elizabeth Bishop sobre el arte de perder. Cierro los ojos y hago un repaso de lo que he perdido hoy. No mucho. Unos pocos recuerdos, aromas, sueños, esperas; las palabras pensadas bajo la lluvia, que nunca escribiré, las notas que he borrado y que hablaban del mar y de la sonrisa de Ana, de las manos del poeta imitando la curva de un río, de una casa rodeada de plantas o la autofoto junto a los pingüinos.
Levanto la mirada del libro, vuelvo a la calle a través del vidrio. Trato de sentir el aire que el hombre levantó en su carrera bajo la lluvia.

#tbt Touch

Parallel Lives No. 2. Una foto de Ingeborg Portales.

La estación llena. En cuanto pisé el último escalón supe que sería una mañana difícil para viajar. Como siempre, busqué la tarjeta, la apoyé en el lector, casi al mismo tiempo que empujaba el molinete. La caminata hasta la cabecera del andén fue interrumpida montones de veces por muchas solicitudes de permiso para pasar. Mientras localizaba en mi mochila el iPod, levanté la cabeza para no tropezar con el señor que llevaba a un bebé en brazos y ví, por primera vez, que me miraba.
Ojos azules. Celestes no, azules. El pelo claro sin llegar a ser rubio y una media sonrisa de resignación ante el futuro inmediato en un vagón repleto. Nos cruzamos con las miradas, otra vez y amplió la sonrisa para mí.
Sin darle importancia al gesto seguí hasta el espejo. Con total vanidad acomodé mi pelo, el abrigo. A esa altura sonaba la música que de paso me aislaba del resto, convertido en multitud.
De alguna manera quedamos uno al lado del otro y así subimos al tren. El poco espacio y el vaivén de los cuerpos nos hizo permanecer enfrentados y casi tocándonos. Yo sostenía la mochila a la altura de las ingles y en un instante en que arreciaron los empujones, con las suyas rozó los dedos engarrotados de mis manos. Quise que fuera eterno ese contacto.
Una estación antes de bajarnos dijo algo parecido a «ya llegamos», a lo que respondí con un asentimiento nervioso y esquivo.
En Carlos Pelegrini lo perdí.

Otra luz

La luz del verano fue así, como la foto. Se podía escuchar la luz del verano. Las amarras golpeando los mástiles; todas al mismo tiempo, movidas por la brisa, hacen una música, casi, de tambores.
Ya se fue la luz del verano y su hora de artificio.
Penumbra. Con suerte, hasta marzo que regrese el primer rayo de un nuevo calor.
Yo miro desde mi trago mentiroso, trago sin alcohol, cómo se apaga la luz.
Sola, la luz del verano.