Otra luz

La luz del verano fue así, como la foto. Se podía escuchar la luz del verano. Las amarras golpeando los mástiles; todas al mismo tiempo, movidas por la brisa, hacen una música, casi, de tambores.
Ya se fue la luz del verano y su hora de artificio.
Penumbra. Con suerte, hasta marzo que regrese el primer rayo de un nuevo calor.
Yo miro desde mi trago mentiroso, trago sin alcohol, cómo se apaga la luz.
Sola, la luz del verano.

A diez años de la muerte de DFW

El tipo de libertad más importante involucra atención, consciencia, disciplina, esfuerzo, y ser capaces de preocuparse realmente por las demás personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, realizando miles de pequeños, y nada sexys, actos, día tras día. Esa es la verdadera libertad.

Por David Foster Wallace.
Fragmento de “Esto es agua”, conferencia impartida en el Kenyon College, en 2005.

Callar puede ser una música

Callar puede ser una música,
una melodía diferente,
que se borda con hilos de ausencia
sobre el revés de un extraño tejido.
La imaginación es la verdadera historia del mundo.
La luz presiona hacia abajo.
La vida se derrama de pronto por un hilo suelto.
Callar puede ser una música
o también el vacío
ya que hablar es taparlo.
O callar puede ser tal vez
la música del vacío.

Por Roberto Juarroz

 

La puerta cerrada

a León

 

Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador, el cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridores discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el bolero favorito de papá. “Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo, yo sé que mi cariño te hace falta, porque quieras o no yo soy tu dueño”. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella y, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella, la consolé diciéndole que no se preocupara, que yo estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.
María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.
Éste es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.
Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.

Por Edmundo Paz Soldán

Días de radio

Salíamos de casa una de esas mañanas del invierno habanero en las que se puede estar sólo con un abrigo ligero. Por la calle Humboldt subía el viento fresco de un especial aroma a mar. La nariz disfrutaba destapada, sin alergias y picazones. Casi por costumbre nos agarramos las manos ni bien llegamos a la esquina y empezamos a elegir qué canción nos acompañaría en el deambular de ese día. Los cordones desatados de sus zapatos, como siempre, lo obligaron a agacharse. Ahí lo vió.
Primero giró la cabeza a un lado y al otro por si era una broma. Fue todo muy rápido, pero mi posición de observador era privilegiada. Sin desesperarse ató el cordón en el pie derecho y luego adelantó un paso para hacer lo mismo en el izquierdo. De esa manera también quedaba más cerca de él. Con toda la tranquilidad continuó con el procedimiento, como si el tiempo y su paso no importaran. Ya libre de su tarea, la mano derecha se estiró hasta que lo tocó. Otra vez, miró a un lado y al otro, mientras los dedos reconocían, comprobaban la textura, los relieves, el tamaño. Era bueno, pensó cuando su cuerpo se incorporaba y su mano izquierda volvía a tener la mía. – Vamos. Esto hay que usarlo pronto – me dijo reiniciando la marcha. A su lado, no hice ningún comentario, aún sin saber a dónde iríamos y qué tenía en mente. Unos metros más allá, cuando ya estábamos caminando por la avenida, se paró en el medio de la acera e hizo que yo también me detuviera. – Con estos veinte pesos que me acabo de encontrar, haremos lo siguiente. Almorzamos en El Conejito y luego nos vamos a ver la nueva película de Woody Allen en El Riviera. ¿Estás de acuerdo? No dije nada, sólo le sonreí con los ojos y la boca, asintiendo. Mi hermano y yo no precisamos de muchas palabras para coincidir.

Puerta

Una cosa sí sabía con seguridad. Yo vivía en una puerta. Eso fue antes, hace mucho. Cuando los días no tenían relojes y el tiempo se medía de acuerdo a las comidas.
Antes de almorzar, la mañana y después de almuerzo, la tarde. La noche la marcaban los cocuyos del laurel, en el jardín y luego venían las horas de dormir que nadie contaba. Salvo si aparecía el asma. El letargo de la siesta nos aplastaba contra el piso, en esos días en que parecíamos derretidos por el calor tremendo del verano. Ahí venía el señor del carrito y el caballo. Yo lo veía doblar por María Auxiliadora, mientras apretaba en la mano la moneda de cinco centavos que pagaba el paseo. Reynaldo, con exactitud de máquina, detenía el paso siempre en el mismo lugar para que yo subiera. Todos los martes, jueves y viernes repetía el mismo recorrido.
Subíamos siempre en el mismo orden; yo era la tercera. Las gemelas Margarita y Caridad lo hacían primero. La tarde que Reynaldo murió ninguno de los que estábamos con él lo supimos. De pronto el caballo dejó de andar y la señora que vendía los huevos en la bodega de la vuelta, nos hizo bajar explicando que “ese animal, pobre, no puede andar así sin tomar agua y sin comer, con este calor”, mirando de reojo que Reynaldo no se cayera delante de nosotros. Las manos del cochero seguían aferradas a la rienda, quieto como una foto. Todos los niños sabían qué rumbo tomar de regreso a su casa, pero yo no. Parada en la acera, buscaba la referencia, la señal que enseñara el camino hasta mi casa. No la encontré. Por eso vi cuando se lo llevaron a Reynaldo y miré con atención los ojos del caballo que se quedaron fijos en un punto, también sin referencia. Creo que pasaron horas, largo rato sin que supiera dónde estaba y por qué había tanta gente alrededor de Reynaldo y su coche. Cuando ya no quedó nadie y la moneda en mi mano empezaba a picar, el llanto apareció como un chorro. No me moví de ahí sin parar de llorar, sola. La señora que vendía los huevos volvió y se acercó a mi con cara de “pero, ¿qué pasa mi niña?” – Me perdí, le dije, no se dónde estoy. Quiero ir a mi casa. – ¿Dónde tú vives? – En una puerta – dije con voz convulsa de lágrimas. Una amiga de mi abuela que reconoció mis ojos, cogió mi mano, la otra, la que no tenía la moneda y sin hablar me llevó al lugar donde yo esperaba el coche tres veces a la semana. A mi espalda, a muy pocos pasos, la puerta de casa.