Red light

Legs of NYC

Un hombre mira las piernas de las mujeres que se cruzan delante de sus ojos. Un hombre que tiene suerte con el instante preciso y el obturador. Frente a la mirada tuya, la mía y la de ese otro.
New York son sus piernas, también. Por ellas pasan las estaciones; el frío, el calor, la lluvia, las hojas. Piernas de subway y de esquinas que esperan el cambio de la luz del semáforo. Las mismas que corren entaconadas a la oficina o al teatro.
Piernas de New York, en botas, en chatitas y en sandalias.
Piernas detenidas y moviéndose.
Esas piernas que Frank Guiller retrata en el Lowest Manhattan y que no sólo a mi, dicen lo que él ve.
Yo no puedo despegar mis ojos de estas fotos. Las veo pasar en el slide show, una y otra vez; quiero descubrir lo que él ve. Quiero poner mi dedo en el obturador.

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Julio de todos los cuentos

JC_por_Rep

JC por Rep

En otro lado dije que Rayuela, la eterna novela de Julio Cortázar, está sobrevalorada. Es una opinión personalísima y no intento con ello generar una polémica. Para gustos, los colores, diría mi abuela, con su acento gallego de los tres mil demonios.
A mí lo que me gusta de Cortázar son sus cuentos. He leído casi todos, desde que Circe, que después supe formaba parte de Bestiario, llegó a mis manos en una hoja mimeografiada con notas de los lectores anteriores en los bordes. Esa historia pasó por mis manos a las de otro lector en la isla que nos parió, sin embargo, me dejó un insomnio perenne y el temor absoluto por las cucarachas.
A partir de la ópera prima que Cortázar presentó para mis escasos años, allá por 1984, cuando ya él había muerto (maravillas de la letra impresa), busqué sus cuentos como el oro del Potosí. Y ninguna de sus novelas, ni todas esas citas que inundan hoy el ciberespacio, que bien o mal se le adjudican, pudo cambiar mi gusto por sus cuentos. Cuentos perfectos.
Sólo su libro de reflexiones sobre el arte, la literatura y la música, que fue La vuelta al día en ochenta mundos, se une a los cuentos. Cortázar fue la primera persona que puso el jazz delante de mis oídos, así que ya voy juntando varias cosas que le debo.
Hoy Julio Cortázar cumple 100 años. Y no digo cumpliría, porque mi insomnio persiste.
Mi marido esperó todo el día porque yo escribiera este post. Y yo le cumplo. A Julio también.
¡Feliz cumpleaños!

Marisa Monte e Carlinhos Brown

Ellos son música

Soy de una isla donde la música es parte del aire.
En particular, la casa en la que crecí, un pedacito de esa isla, era una mezcla de gallegos y extremeños y así fue también lo que allí escuchábamos.
Sin embargo, hay un lugar en el mundo en el que la música es un modo de ver y entender nuestro paso por él.
Brasil y su portugués, Brasil y la herencia de los negros y el fado, Brasil y el sonido del tambor, el birimbao o el cavaquinho.
Brasil es el país de la música. Como esta que hacen, simplemente, Marisa Monte y Carlinhos Brown.

Vide Gal de Carlinhos Brown.

I love you

Una canción de cuna

Eras tan chiquita, que podía apoyar tu espalda sobre mis muslos y verte completa. Me gustaba tenerte en mis brazos, tu mejilla apoyada en mi hombro mientras yo cantaba o tarareaba alguna fuga de Bach.
Mi voz, desafinada siempre, no te molestaba, creo. No como ahora, que me dices, “calláte má!” con tu acento porteño.
Recuerdo muchas canciones de esa época, de ese invierno del 2003.
Especialmente una, que ahora vuelvo a cantarte, al oído, bajito, para que sólo la escuches tú, Ana.
Dale play y presta atención, hija.


You can close your eyes de James Taylor.
Por Eddie Vedder y Natalie Maines.

Opa Locka

Rain-Opa Locka

En Opa Locka siempre llueve, decía, cuando el viaje parecía malograrse por el palo de agua que caía en la expressway.
Llegué tomada de su brazo, como si fuera el baile del pueblo. La lluvia insistía con persistencia de niño majadero. No había ni un árbol, ni un techito para guarecerse. Las gotas empezaron a hurgar mi cuello, mi espalda, la cintura; esos surcos tan personales.
En la casa ya todos daban cuenta del whisky comprado en el Liquor de la 27 y la 16. Tienen buenos precios allí, me dijo quedito, como para que nadie se enterara. Alguien sacó una guitarra y otro, por allá, trajo las tumbas y un bongó. El primo se acercó con una olla de chilindrón, prometiendo traer también arroz blanco y tostones, menú de carta cerrada en restaurante de lujo.
La música viva, en vivo, vivida por los músicos en sus vidas anteriores, inundó la tarde, el patio.
Su brazo seguía ayudando mi mano, ahora con más complicidad, en íntima y discreta caricia, siguiendo la música, las voces, el coro del que formábamos parte.
Ella fumaba sentada cerca de mí, mientras celebraba mis zapatos de cuero y cordones, con unas palabras dichas graciosamente al oído. Nosotros mirábamos sus casi 90 años con asombro. Mi tristeza sonreía al ver su acicalado vestuario, sus aretes de fantasía y la mirada aun joven.
Por un rato fui feliz en Opa Locka.

An a

Domingo

La noche antes su madre se comía todo. El boliche uruguayo al que fue a cenar, estaba lleno de gente y como siempre, la comida exquisita. La nariz pequeña, casi no se veía por lo hinchado de los pómulos. Los ojos achicados, los labios agrandados. Caminaba con dificultad y cuando se acostó, a la medianoche, la acidez no dejaba lugar a otra sensación.
Cerca de las ocho de la mañana, puntual, cada diez minutos, el vientre se contraía. No había más dudas; rápidamente a la clínica, revisión, llamada al obstetra, quirófano.
En medio de los ravioles del domingo llegó, arrugadita, menuda, con la boca abierta y gritando con toda la fuerza de unos pulmones maduros y recién estrenados.
Ana nació un día como hoy, hace once años, una hora y quince minutos después del mediodía.

…y la Tierra tiene un tono azul

Fragmento de la frase dicha por Gagarin.

Blue Earth

Llegué a casa y Ana me grita con orgullo:
– ¡Mamá, hoy es el día de la Tierra!
– Sí y ¿sabes por qué?
– No. ¿Me lo contás?
– En el año 1961, un 22 de abril, Yuri Gagarin fue el primer hombre que vió a la Tierra desde el espacio.
Ana me escuchó con atención, aunque los ojitos le brillaron más cuando supo que Gagarin dijo que se veía azul desde allá afuera.
Pero no. Me equivoqué. La Tierra fue vista por el astronauta soviético el 12 de abril de 1961 y hoy es el Día de la Tierra porque se le ocurrió a un senador en Estados Unidos.
Mmm, estos días que he charlado tanto de las dos polaridades en las que ya NO se divide el mundo, políticamente hablando, tenían que terminar con un acto fallido.
O es sólo falta de información y de memoria.

Hastío

Hastio

Todos, todos tenemos una hora cobarde,
una hora de hastío cuando muere la tarde.

Cuando se va el amigo que nos trae calor,
el amigo de oro, el Mago Gestador.

Cuando se juntan todas las impresiones malas
y el alma es un tejido de finísimas alas.

Cuando puede decirse: lo que fué no será;
lo que no hice hoy no lo haré nunca ya.

Es entonces, cobarde, que me acosa el deseo
de no ser y ni pienso, ni trabajo, ni creo.

Es una nulidad completa de mí misma
que me asusta y me hiere, me subyuga y abisma.

Es entonces que yo quisiera ser así
como una cosa nimia, futil, baladí.

Un chiche que se lleva guardado en el bolsillo.
una prenda cualquiera, un reloj, un anillo…

Ser una cosa muerta que la llevan cargada
y que no sabe nada y que no piensa nada.

Todos, todos tenemos una hora cobarde,
una hora de hastío cuando muere la tarde.

Alfonsina Storni
“La inquietud del rosal”
1916