Nacido en 1941

Mi padre cumpliría ochenta y cinco años, como él. Él y mi padre. No puedo decir que andan en el mismo escalón de la escalera de recuerdos, porque mentiría. Pero también mentiría si dijera que no me importa que hoy cumple la misma edad que mi padre cumpliría.
Dylan me acompaña hace tanto que ya perdí la cuenta. Me veo escuchando cassettes recontra grabados con los discos que se podían conseguir, en los años luminosos y tristes del preuniversitario. Me veo (¿claramente?) hurgando en bateas de casas de discos, buscando la música que revoloteaba en esos CD’s. Los de Dylan.
Aquí está; con sus flamantes años, anciano; aún está.
Y la verdad es que me da gusto. El mismo que me daría si pudiera, en el próximo agosto decirle a mi padre, «felicidades».

If not for you por Dylan & Harrison

Mantén tu corazón abierto

¿Cuánto sabemos de la vida personal de los escritores y artistas del siglo XVI? Hoy, que muchas historias privadas se exhiben públicamente, aunque sea un oximoron, caes en la cuenta de que lo que ha trascendido de las celebridades de ese siglo es, justamente, lo que importa: su obra.

Pero detrás de tanta obra, en el devenir cotidiano de la vida doméstica, hay parejas, hijos, hermanos, padres, amigos, hogares, horas y horas de desgarro, de sufrimientos, de pérdidas y también de alegrías.

Anoche, acompañada de mucha publicidad y buenas críticas, nos tocó el turno de ver Hamnet.

Chloé Zhao, directora de la película, viene muy bien recomendada por lo que, antes, ha salido de sus manos. Recuerdo Nomadland, especialmente, en la que tejió la historia de muchas personas de clase media en Estados Unidos que han visto hundirse sus vidas, entre otras cosas, por el abandono que el modelo neo liberal ha estado imponiendo por mucho tiempo. En aquella película, la actuación de Frances McDormand descolla por su autenticidad en el papel principal, desempeño que fue premiado por la Academia, junto a otros importantes premios cosechados en esa misma versión de los Oscars.

El guión de Hamnet viene de una novela de Maggie O´Farrell que recrea, desde la ficción, el origen de algunas de las más importante piezas en la dramaturgia de William Shakespeare. Lo que me gusta de la historia, ficción o no, es el acercamiento a los seres humanos en el entorno del escritor; sus padres, los conflictos que se derivan de una cultura patriarcal, su esposa, el amor, sus hijos y el dolor de la pérdida.

La mirada de Hamnet es femenina. Como en Nomadland, el protagonismo es el de una mujer que defiende, en la ficción de Maggie O´Farrell y de Chloé Zhao, su impronta, su identidad y su derecho a alzar la voz para proteger lo que ama.

Pero en Hamnet y creo que empujado por esa tenacidad de su esposa, William le ofrenda una pieza de teatro que intenta curarla del dolor, de la culpa y del rencor. Se salva William, aunque en un acto de entrega a su amada.

La puesta en escena de Hamnet, por momentos teatral, es encumbrada por una fotografía que se roba los aplausos desde el primer minuto. Las actuaciones de Jessie Buckley y Paul Mescal no defraudan. Y el vuelo onírico con el que Chloé Zhao dota a la historia, nos llega como una pieza acabada y de un discurso espiritual ancho y humano.

Muy recomendable Hamnet, la película. La novela, descansa en mi mesa de luz.

I put a spell on you

Eunice Kathleen Waymon escondía su nombre verdadero del mandato materno en un bar de Atlantic City luego que la prestigiosa institución Curtis Institute of Music rechazara su petición de continuar allí los estudios de piano clásico, los cuales había comenzado en Juilliard a edad muy temprana. Nació, ella, con un don para ejecutar el piano y desde la edad de tres años, cuando comenzó a tocarlo, su talento la hubiera convertido en la primera mujer negra concertista de música clásica.

En ese bar, donde se hacía llamar Nina Simone, su repertorio al piano se abrió a otros géneros aunque su formación clásica era notoria lo mismo tocando a Gershwin que piezas de jazz inspiradas en una de sus más reconocidas influencias, Duke Ellington.

Pero la palabra que mejor define a Nina Simone es «pasión». Su vida personal, marcada por el racismo visceral de esos años, su militancia de alto compromiso en la lucha por los Derechos Civiles en Estados Unidos durante los años 60 y la música a la que se dedicó en cuerpo y alma, fueron de una intensidad insoslayable, reflejada en cada concierto y en cada protesta.

Abandonó su país y deambuló por el mundo como un paria, muchas veces, aunque su presencia en festivales de jazz y en escenarios más privados demostraban que Nina Simone mantuvo intacta su rebeldía y su manera muy particular de interpretar el piano.

No es posible ser indiferente a una canción de Nina Simone. Su estilo, absolutamente único, sobre todo en vivo, es de una intensidad peculiar que marcó a muchos músicos más jóvenes años después de su muerte. Llegué a ella tarde, hace unos 15 años solamente y me he puesto al día con avidez porque su música cala profundo; tiene el sabor de la transgresión y el color oscuro y brillante de la piel de Nina.

Sus últimos años transcurrieron en el sur de Francia, donde se asentó en 1992.

Resulta difícil elegir qué escuchar de su abundante producción como intérprete. Esta canción es un himno personal de resiliencia, muy Nina, muy intenso. Una de mis favoritas.

The Köln Concert

En el otoño boreal de 1975, justo el día de mi onceavo cumpleaños, ECM editó el concierto que Keith Jarret, en solitario, a sus 29 años, ofreció en la Ópera de Colonia, Alemania.

La grabación en directo y de una sola toma fue hecha durante más de una hora en una presentación del pianista, convocado por Vera Brandes, promotora cultural que con solo 17 años se atrevió a organizar el evento sin tener idea de todos los contratiempos a los que se enfrentaría. Era el 24 de enero de 1975.

Jarret estaba girando por Europa, ya como parte del staff de artistas de ECM y aceptó la invitación de Brandes, a pesar de que metía ruido en su abultada agenda. Al llegar a la sala de conciertos, el piano que originalmente se planeó ubicar allí, no estaba. Una tormenta de nieve impidió su traslado y la opción alternativa fue un instrumento que se usaba para ensayos y que además, estaba en mal estado. Jarret famoso, también, por su exigencia en los detalles, a punto estuvo de cancelar y fue solo la insistencia de la joven productora la que salvó el asunto. Dicen los que estuvieron cerca, que poco menos de dos horas antes, a través de la ventanilla de un auto alquilado, Jarret le dijo a Vera, «recuerda que lo hago por ti».

Antes, Vera se enfrentó a la dirección de la Ópera de Colonia que no veía ventaja comercial en ese concierto y le ofreció un horario «raro» para la presentación de Jarret. El concierto se programó para las 11:30 pm, luego de finalizada la función habitual. Sin embargo, las entradas se agotaron rápidamente hasta alcanzar una audiencia de casi 1400 personas, esa noche.

Un Keith Jarret contrariado, agobiado por el dolor de espalda y físicamente estropeado por el cansancio, tocó unos primeros acordes en el maltrecho piano para llamar la atención de los presentes. Los, un poco más, de 66 minutos que siguieron, la música en modo de improvisación y el desempeño del propio Jarret, borraron de golpe el pesado karma previo al evento. Las notas que salieron de sus manos y la grabación que de eso resultó es, aún hoy, el concierto de jazz más vendido de la historia.

Un amigo muy querido me hizo escuchar esa grabación, hace mucho tiempo ya. Y no hay momento en que la escuche y que vuelva a emocionarme, una vez y otra.

Asómense y disfruten.

De mis recuerdos, en el aniversario 506 de La Habana

Recuerdo un lugar grande, con piso de baldosas, estanterías en penumbra, una cortina de dudosa blancura ocultando la puerta trasera y la pequeña barra de la entrada. Siempre los mismos parroquianos parados o sentados en alguna de las escasas banquetas. El sombrero en las rodillas a punto de caerse y una taza en la mano o uno de esos pequeños vasos de un solo trago, con el primer ron del día. Las conversaciones sobre política o el campeonato de pelota. El ruido afuera; del tren cuando paraba o de los carros en la avenida.
Recuerdo una habitación desordenada en la esquina de Paco y Diez de Octubre. El dueño sentado en el portal por falta de espacio, mientras los libros descansaban en columnas torcidas o en el suelo y el olor a papel viejo.
Recuerdo conversaciones en cuclillas, cuando aún las piernas no se acalambraban en esa posición. Hablábamos de nosotros mismos, pero a través de nuestras lecturas.
Recuerdo estar, café mediante, mezclando lecturas y vidas con la historia de La Habana.
Recuerdo tardes robando libros, vigilando a la señora de la puerta y a la de la caja. Libros de arte, ventanas iluminadas.
Recuerdo noches en silencio y soledad donde veía un espejo en cada gesto.

Andar La Habana por Ireno García.