Del 2013

La Street photography tiene muchos nombres de grandes fotógrafos. Los dedos de las manos no me alcanzarían para enumerarlos. Todos han hecho su propia interpretación de las escenas ordinarias que nos rodean y sólo ellos han sabido mirarlas de forma muy particular.
Pero la Street photography tiene un color y es el de las fotos de Saúl Leiter.
El año que recién termina, nos deja huérfanos de este fotógrafo de perfil bajo, que muchos han comparado con Edward Hopper, por la similitud del resultado artístico.
Leiter fue un pionero en el uso del color en las fotos que tomaba por puro placer. Hasta adquiría película y papel vencidos para experimentar con los sepias y los sobretonos; jugar con lo que su oficio de fotógrafo de moda no le permitía. Fue un pintor frustrado y descubrió que la cámara le obedecía mucho más que el pincel y el lienzo.
No se limitó a probar con el color, también usó las técnicas de exposición y composición que involucran a los reflejos, el recoveco de una calle, el gesto ingenuo de un transeúnte, la abstracción del desenfoque. La mirada que busca, descubre y crea esas joyas escondidas que el ojo del pintor seguramente ya había esbozado en una página en blanco.
La producción más conocida de Saúl Leiter, esa que se exhibe en museos y edificios ilustres, es en su mayoría, del final de la década del 40 e inicio de la década del 50, del siglo XX. ¡Y quién duda de la modernidad de esas tomas! Mucho menos de su belleza, que nada tenía de convencional y que hacía brillar, sobretodo, a la ciudad de Nueva York, de una manera única y contemporánea.
Saúl Leiter murió el 26 de noviembre de 2013, a los 89 años.

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En la mesa de luz

El hombre que amaba a los perros

Traje de La Habana el libro de Leonardo Padura, porque el primer ejemplar que tuve en mis manos, lo regalé.
Llevo noches en vela, pegada a su trama y a su palabra.
No es culpa de esa historia mi insomnio. Si lo dijera mentiría. Tengo un insomnio malsano y perenne. Y lo merezco.
Con tristeza, en la forzosa vigilia, me trago este cuento apócrifo, tan irreal que cualquier semejanza con la coincidencia es pura realidad.
Y tengo millones de preguntas, de lágrimas, de gritos ahogados que no salen por esa manía miedosa de no decir. No decir por pudor, por ignorancia, por inmovilidad.
Yo no voy a cambiar nada, ni siquiera el puto insomnio. Pero cómo me gustaría. Sólo porque tengo ganas de dormir. Dormir una noche entera.

Del otoño

Majagua

Sigo con los ojos el baile de una hoja en el suelo. La luz ocre de la tarde dibuja líneas en su superficie. Es pequeña y frágil, apenas cabe dentro de mi mano, también pequeña.
Ahora, parece sostenerse sobre una punta. Este viento se la llevaría lejos, muy lejos, si quisiera. Pero hay muchas más hojas alrededor y raíces, piedras, flores marchitas.
Los últimos rayos de sol dejan ver pequeñas marcas en la hoja. Acerco mi mano al rayo de sol; miro esas mismas marcas en la palma de mi mano, bajo la luz rojiza.
Por un segundo mis manos son hojas. Hojas en el suelo.

Un aniversario

Si tiene un nombre la angustia, ese nombre es Alejandra. No cualquiera. Es Alejandra Pizarnik.
Nació en Buenos Aires. En la misma ciudad, donde hace cuarenta y un años, se fue por su mano y nos dejó instalada para siempre la angustia.
Su prosa y su poesía bordean, como también lo hacía su propia cabeza, a la muerte y al dolor. No hubo reposo en sus escasos 36 años, no hubo sosiego y amor. Sólo el triste paseo de una mujer sola.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Tuvo la lucidez de inventarse unas alas, con un frasco de pastillas para dormir.

Caminando

Boxes

“Hay dulzura infantil
en la mañana quieta”
Federico García Lorca

Cuatro o cinco cuadras. Aún no las conté bien, porque me entretengo en el trayecto.
Camino y atiendo, despacio, a lo que aparece bajo el sol de la mañana.
La música en mis oídos roba el sonido que hay afuera, pero lo prefiero así. Es como ponerle una banda sonora diferente a estas callecitas, de cortas aceras y de vegetación desatada. Árboles grandes, pequeños; arbustos y hierbazales, en explosión tremenda que llena de hojas y colores mis ojos.
Camino y reparo en cada detalle: el señor que arregla el jardín ajeno, la muchacha en sus finos tacones casi arrastrada por el perro, los corredores a buen paso por el medio de la calle, la casa amarilla de madera con su lindo portalito en la esquina de Shipping Avenue y Mary Street.
Camino y ya mi mano buscó la cámara. Porque ayer recorrí este mismo lugar con la vista y registré. Y hoy quiero llevar conmigo la imagen.
Ahí están, alineados y desiguales. Tan correcticos hasta que el clavo se partió y no pudo sostener el peso.
Ahí están, aguardando esas cartas. A pesar de la social media y la virtualidad.
Los buzones son el aviso de que aún, a veces llegan cartas.

Waits

Un día puso sobre el escritorio donde yo trabajaba una caja de cartón. La caja era una igual a esas en las que vienen los CD’s nuevos. Yo no entendía el regalo; porque todo parecía indicar que era un regalo. Él siguió hasta el otro pasillo, dejándome sola con el descubrimiento y la incertidumbre. Abrí las tapas de la caja y adentro habían muchos discos, con sus carátulas muy prolijitas. Saqué el primero, el segundo, el resto. Así apareció ante mis ojos toda la discografía, hasta ese momento, de Tom Waits. Ahí están, cerca de mí, aún, mil veces escuchados, disfrutados.
Su voz que raspa, su figura flaca y maltrecha de alcohol, trasnoche y cigarrillos, su enigmática y sui generis postura en conciertos y películas son parte de una leyenda de 63 años que todavía acompaña mi lifetime.
Y esas canciones que cobran significado, en ciertos momentos, como aquí y ahora.

Take me home por Tom Waits. One from the heart. Original Soundtrack, 1982.