Acerca de escribir

Papel, lápiz, ojos...

Algún día me decidiré y pondré una frase ingeniosa, atrevida, impactante…
Anaïs Nin

¿Cuándo tomé un lápiz por primera vez? No lo recuerdo. Pero sí recuerdo las largas cartas que le escribía a mi madre con una letra redondita y bien hecha, a diferencia de las suyas siempre escritas a máquina, prolijas, de una sola cuartilla y con su firma al pie de la hoja. Yo tendría nueve o diez años.
Recuerdo las que me enviaba mi padre al D.F. de caligrafía indescifrable para muchos, llenas de anécdotas cotidianas, de la vida en la isla y de sus avisos casi a última hora de una cercana visita a mi casa. Me acuerdo en especial de una carta, en la que decía: “Tu hermana me ha informado que se va a vivir sola con el novio. ¿No crees que debió pedir permiso para hacerlo?” Lo escribió a modo de disculpas por lo distendido que se volvieron esos temas con mis hermanas más pequeñas, tan distinto a cómo fue con nosotros (mi hermano y yo) que somos los mayores.
Antes, en el post universidad y cuando ya había empezado a trabajar, llevaba un diario. En esos mismos años, tuve un intercambio muy lindo de pequeñas cartas, que conservo en casa de mi madre, con mi amigo A. Así nos llamábamos en ellas, A y Z, jugando un poco con los extremos del alfabeto.
Me gusta también escribir dedicatorias en los libros que regalo. Y que escriban dedicatorias en los que me regalan.
Desde hace un tiempo lleno páginas y páginas de archivos de Word, siempre en letras minúsculas, sin corregir, como escupiendo las palabras.

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