Cacería

Cuaderno

Está sentada en un banco de la estación. Escribe en una pequeña libreta sobre sus piernas cruzadas, las uñas cortas sin color, el pelo suelto pero puesto así, detrás de las orejas; la mirada atenta. Levanta la vista, se detiene en una pareja de músicos, un hombre negro que arrastra una maleta, un vagabundo con las manos dentro de una papelera y escribe sobre ellos (el movimiento del bolígrafo azul sobre la hoja, las palabras que salen sin interrupción, los ojos inquietos). Observo su mirada que pasa de sus palabras a la estación, a la gente, al tren que llega.

Hojas y hojas escritas sin descanso, como vomitando palabras que caza del aire, de la síncopa de la tarde, de su propia cabeza que no para, no para nunca.

Palabras duras, azules palabras.

El último libro del año pasado

Libros de Paul Auster

El invierno a Paul Auster lo sorprendió escribiendo. Y todos nos pusimos felices. Cuando digo todos, me refiero a los que como yo, hace 15 años, seguimos cada libro que este señor publica, casi siempre en Anagrama, para el público hispanoparlante.

El invierno, sin embargo, nos devolvió un cuaderno egocéntrico y pueril. Al menos, es mi percepción de su Diario de invierno, que desde el fin de año pasado descansa junto al velador.  Aun cuando lo pedí en febrero.

¿Qué puede motivar a un escritor tan lleno de historias a escribir sobre sí mismo? ¿El dinero? ¿El síndrome de la página en blanco? ¿Las exigencias editoriales por cumplir el plan del año? Si conociera personalmente a Auster, es probable que no estuviera especulando. Lo cierto es que me sorprendió mal esto nuevo, que en el 2012, salió de las mismas manos que escribieron El Palacio de la luna o Mr. Vértigo, dos de sus libros que más me gustan.

Esas, como la mayoría de sus novelas, tienen una gran carga autobiográfica. ¿Qué escritor no usa vivencias propias, palabras suyas, anécdotas personales, en los personajes que crea? Me atrevo a asegurar que muy pocos. Sin embargo las recreaciones cercanas a un alter ego, no dejan de ser parte de las nuevas historias que van tomando forma, como ficción y que en el caso de Auster, siempre tuvieron como fin, componer escenarios con un estilo muy bien identificado. Me encantan las historias que se inventa y si bien siempre he renegado de sus finales, he disfrutado mucho de todas ellas.

No es el caso de Diario de invierno, porque es una especie de reality show donde el único protagonista es el propio Auster, que no tiene el más mínimo reparo en repasar su vida del pe al pa, con un tinte, a veces, muy parecido a la autocompasión. Entonces la lectura fluye, pero morbosa, como se lee una nota de esas revistas de chismes que tan lindamente editadas, se muestran en las vidrieras de librerías y puestos de periódicos.

Son tiempos estos de mucha exposición, los famosos y los que no lo somos, también asistimos a la debacle de la privacidad. Pero yo esperaba otra cosa de Auster. Será que he idealizado al escritor que no es más que cualquier otro ser humano, que envejece y se lo quiere contar al mundo.

Elogio nostálgico de la plancha

Óleo sobre lienzo por José Armendáriz

En mi casa no se almidonaba. Mi abuela juraba, en ese gallego inentendible, que el almidón hacía daño a la piel. Aunque no era por eso. Ésa era una excusa; un pretexto para no reconocer que la almidonadera no le gustaba. A mi abuelo tampoco. Así, en mi casa de la infancia, el almidón alcanzó la categoría de estigma.
Sin embargo se planchaba. ¡Y cómo! Mi madre es una frenética de la plancha. Le gusta; siempre le ha gustado. Los domingos por la tarde, un olor caliente ocupaba la sala de mi casa, mientras mi madre hacía lo suyo esperando la transmisión por CMBF del concierto de las 5, en el Amadeo Roldán. A ese concierto asistíamos, con mi padre, cada domingo. ¡Cuántas cosas odiosas para un mismo día! La hora de planchar y la de ir al Amadeo. Será por eso que el domingo no es mi fuerte.
Un día llegó el polyester. Recuerdo cómo mi madre decía que esas ropas eran “wash and wear”. Era muy graciosa la manera en que se hacía la fina, pronunciando las palabras en inglés. Las horas de plancha, los domingos, disminuyeron notablemente. También, el Amadeo dejó de ser sala de conciertos para convertirse en un montón de ruinas, luego de ese fatídico incendio.
Yo no plancho. La plancha es un objeto que ni siquiera tengo en mi casa.
Y cuando los domingos se ponen bien densos, con esa densidad que sólo los domingos saben hacer, siento al aroma caliente y también dulce de las tardes de plancha, sin almidón, de mi casa de la infancia. Oigo a Mozart sonando en la radio de mi madre, a esa hora de los conciertos del domingo en el Amadeo.

Plat du jour (continuación con papalote)

Kite

El viento del parque trajo niños y un papalote. El espacio de los perros está cerrado ahora, porque están haciendo algunos arreglos. No sé por qué están componiendo un lugar que estaba de lo más bien. Lo cierto es que había unas personas poniendo esas tiras de césped y tierra, hechas en vivero. Y en lugar de perros un inmenso camión.
En la segunda vuelta los niños y su papá ya tenían el papalote listo. Hablaban fuerte y se reían, sosteniendo la armazón, unos; el hilo, otros; aquel de más allá, el carretel. Contentos por su hermoso papalote. Con el rabo del ojo y casi de espaldas vi cómo empezaba a subir. Estaba segura que cuando volviera a pasar, el aire estaría jugando con las guías, mientras abajo lo gobernaba, elegante, el niño del carretel.
Vuelta tres: milla y media más mirando el cielo. El atardecer ventoso y sin no see ums, aupa la madera, el papel y el hilo en un vuelo perfecto. Los niños y su papá corren por el pradito, eufóricos.
Cerca, el señor del tabaco y sus dos perros.
Desato a Susie, cuando empieza a sonar Drexler.

Hermana duda – Desvelo. Por Jorge Drexler. 12 segundos de oscuridad, 2006.

Plat du jour

Todos los días hay un momento especial. Es el minuto ese en que todo deja de ser importante; cuando lo único que me pasa por la cabeza es correr. Escapar al parque para hacer unas cinco millas.
Hay gente siempre en el parque. Llego con Susie y justo enfrente del que vende las limonadas la ato al palo de las bicis. Y el tipo me mira como diciendo, “¿quieres una limonada?”. No quiero eso, porque es dulce y me mata el ímpetu de la corredera que ya en este punto de la tarde es lo que ocupa toda mi mente.
Arranco. Los ojos empiezan a registrar a los compañeros de cada día. Las orejas con auriculares. El DJ iPod Shuffle es un mago a esta hora. Mezcla en su bandeja de todo para mí. Que si Kelvis Ochoa, que si Salif Keita, que si Sting. Y hasta Handel, que Emil Klein sabe interpretar con el tempo justo.
Primera vuelta y ya me crucé con la señora del pañuelo en la cabeza y su esposo. Él lleva unas mancuernas de dos libras que agita mientras camina, despacio. Un poco más y veo a uno que siempre tiene muy buen paso. Es joven este. Corre lindo y parejo, todo de negro y sudor. Luego, a la altura de la segunda vuelta llega el de los auriculares grandes. En shorts azules. A veces corre, a veces camina.
Por la cuarta vuelta se incorpora la señora con el cochecito. El bebé va muy divertido mientras la madre empuja con ganas, sin perder el ritmo.
Cada vuelta tiene el mismo paisaje: el espacio de los perros grandes, el de los perros chicos, enrejados y hasta con sus mesitas de esparcimiento para los dueños. Siempre hay un señor fumando un tabaco allí. Nunca le ví llevando un perro.
La quinta vuelta, la quinta milla y termina el día. El sol sobre la bahía, pinta con varios colores el cielo. En el puente que recorro se ve mejor el mar, los barcos atracados y el mangle.
Último tramo; suena fuerte, sensual, la voz negra de Al Green.