4 Ever


“The guy looked at his girlfriend with a mookie expression because he adored her.”
From Urban dictionary.

Por Lulu & les Autres.

Los aeropuertos siempre le regalaron abrazos. De saludos, de despedida, de llegada, de partida. Abrazos y besos. Y también miradas, lágrimas. Muchos aeropuertos en una sola vida. Una vida aún corta. Es maldición de isla, dice. Por eso vuelve al poema, a los versos de la dama aristocrática que no tuvo más remedio que morir en ese pedazo de tierra, sin siquiera pasar por el aeropuerto.

“Nadie escucha mi voz, si rezo o grito:
Puedo volar o hundirme… Puedo, a veces,
morder mi cola en signo de Infinito.”

Lee el pie de foto, de esa foto de la chica y su chico y la sabiduría popular le saca un suspiro. Piensa en los ojos hermosos de la niña que está al sur del mundo, mientras estira la mano y toca la piel de su espalda, la de él.
¿Para siempre? Hoy y ahora, esa es de nuevo la pregunta.

Imagen

Verde

Belén tiene como un pelo que sale en un chorro. Un chorro fuerte y desordenado. Belén es palma, es planta, es bonsai. Belén llegó a mi casa un miércoles. Y le pone un tono verdecito a todo esto. Verde que te quiero verde, como diría Federico.
Es un verde perenne, no como el de los árboles de la avenida, que amarillean la acera de hojas secas.
Eso venía pensando yo ahora, en la bici; el otoño y las hojas que sueltan árboles como ese que está en la avenida.
Tiene música eso que yo pensaba. Esta música.

Árboles raros por Carlos Varela. Jalisco Park. 1989.

Adicción

El café es un consuelo y una necesidad que Dios le dio a los pobres. Se puede dejar de comer pero no se puede dejar de tomar café. Sin café la vida no sirve. Además de sabroso, el café es medicina. La medicina del corazón y del estómago. Lo que le da calor.
Tomado de El Monte. Lydia Cabrera, (1899-1991).

Soy adicta. Desde hace muchos años. El primer contacto con mi adicción fue de niña: “sopa de gallo” le llamaba mi abuela a ese brebaje dulce, según ella energético, compuesto por agua fría, café viejo y azúcar prieta. Recuerdo su mano removiendo, con vigor, en el vaso largo todo manchado del líquido de marras.
Pero no, el primer contacto no fue ese. Fue el aroma. Todos los días de mi vida, se sentía a eso de las seis y media de la mañana por toda la casa. Yo despertaba con ese olorcito amable y caliente que salía del viejo colador de hierro y tela, mientras la infusión iba cayendo en el jarro más viejo de todos los jarros del mundo mundial.
Luego, más grande, cuando tuve permiso oficial para tomar café sin regaños, el día empezaba con la tacita en el desayuno. Le seguían la de después de almuerzo y la de la media tarde, conversando con mi abuela en la cocina. Y la última después de comer, a eso de las ocho de la noche. Siempre fuerte, sin leche y ligeramente amargo. ¿De qué otra manera podría tomarse el café?
Se colaba cuatro o cinco veces en mi casa. Siempre acabado de hacer; nada de café recalentado. No recuerdo ausencia de café, aún en los peores momentos de crisis en la isla. Si se perdía, el mercado negro siempre estaba ahí para asistir a algún trueque, que si por cigarros o leche condensada o por arroz, para cubrir prudentemente y al menos, dos coladas al día.
He probado café de muchos lugares, de productores que encumbran esa bebida maravillosa. ¿Cuál es el que más me gusta? Hay dos o tres que son mis preferidos: de Colombia, Sello Rojo; de Miami, La Llave; de Italia, Lavazza. Y sigo degustando.
Hoy que a los 46 años no tengo más que ese vicio, debo confesar que es imposible que viva sin tomar café. Si son las once, avanzado el día y no he tomado ni un sorbito, mi cabeza empieza a doler al borde de la migraña. Como ahora, que no se qué voy a hacer porque ¡se me rompió la cafetera!

Show

Gente y sus compact cameras, por todos lados. Flashes y más flashes. Me veo yo también ahí, aún cuando tengo desactivada la luz para las fotos.
Hay muchos policías.
Entristezco enormemente cuando veo los agujeros y la ausencia de esas siluetas en el actual paisaje del Financial District. Es la misma tristeza de hace diez años. Porque el hijo de Susana ya vivía en Brooklyn y lo primero que me pasó por la cabeza fue llamarla; para saber algo. Si había podido hablar con él, al menos. Luego ví las fotos que ese mismo muchacho tomó desde la Promenade. Tremendo. Pero él estaba bien y eso era lo más importante.
Ahora es distinto (¿o no?). Ahora es como un gran espectáculo. Y no creo que me interese conocer algo más sobre el 9/11. Yo sólo me conformo con saber que Ernesto, que aún hoy vive en Brooklyn, está bien. Ernesto, el hijo de Susana. Mi amiga Susana.

Josefina

A Josefina me la encontré hace una semana. Al principio no estaba segura de que era ella. Hasta que empezó a cantar. Cantaba bajito, porque creo que no tenía la certeza de que ese sería su escenario a partir de ahora.
Yo sé cuando lo supo. Fue el primer flash lo que la envalentonó. Se quedó quietecita, parada sobre todas sus patas y así estuvo, aún cuando la señora esa continuó acercándosele, cámara en mano. Como una sorpresa la luz invadió sus ojos, siempre acostumbrados a menos iluminación. Y su voz subió el volumen, convirtiendo el anden de la 59th Street – Line A del NYC Subway, en una atracción para turistas y marchantes, a esa hora. Menos los domingos.
Los domingos Josefina canta para su pueblo. No para nosotros que ya, casi, no somos los que habitamos acá. Su pueblo está cada vez más cerca de desplazar todo en la ciudad.
Su pueblo es el dueño de Manhattan.