Un aniversario

Si tiene un nombre la angustia, ese nombre es Alejandra. No cualquiera. Es Alejandra Pizarnik.
Nació en Buenos Aires. En la misma ciudad, donde hace cuarenta y un años, se fue por su mano y nos dejó instalada para siempre la angustia.
Su prosa y su poesía bordean, como también lo hacía su propia cabeza, a la muerte y al dolor. No hubo reposo en sus escasos 36 años, no hubo sosiego y amor. Sólo el triste paseo de una mujer sola.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Tuvo la lucidez de inventarse unas alas, con un frasco de pastillas para dormir.

Finding

Raymond_Carver

Estos días son lentos. Despacio, la cámara registra imágenes que tardan en desenrollarse. A la mesa de luz le crecen un par de libros. Leo y encuentro.
La intimidad tiene esta forma.

Una tarde

Mientras escribe, sin mirar el mar,
siente entre los dedos el temblor de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no sabe
dónde está. Se dirige al baño. Acomoda su pelo en la frente.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.


Raymond Carver

Oregon, 1938 – Washington, 1988

Mudanza

Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

Mudanza por Fabio Morábito. Alejandría, 1955.

…son lo mejor de cada casa

Hilos

Mis amigos habitan en el aire
un hilo los sostiene de la nada
e inventa entre la hondura aquel piélago gris
un murmullo de hijos en forma de poema
una nube flotando.
Mis amigos escapan de la muerte
como de las rutinas
y saltan sobre el fuego y los despojos.
Hermosos como dioses
me escuchan desde lejos
se acomodan al pie de la ventana
brindan a mi salud.
Yo los convoco en la luz
y en las tormentas
les enciendo una antorcha junto a mi corazón.
Son la razón de esta brisa vespertina
mi propia voz que regresa en un eco.

Odette Alonso.
Santiago de Cuba, 1964.

Trapos de Palermo

Palermo era una despreocupada pobreza. La higuera oscurecía sobre el tapial; los balconcitos de modesto destino daban a días iguales; la perdida corneta del manisero exploraba el anochecer; sobre la humildad de las casas no era raro algún jarrón de mampostería; coronado áridamente de tunas…

J. L. Borges. Bs. As., 1899 – Ginebra, 1986.