Cuando llueve

Está bueno salir, paraguas en mano y caminar despacito, aún cuando hay muchos riesgos.

A saber.
– Los autos que siguen rodando rápido y salpican el agua de los charcos; dudosa agua de pavimento.
– Los que se empeñan en caminar debajo de los aleros, buscando una protección más, pero molestando a los que no la tienen; las puntas de sus sombrillas terminan encajadas en los ojos de los otros.
– Los dedos de los pies se enchumban y resbala la sandalia, obligando a caminar con extremo cuidado; caerse no es buena opción en estos casos.
– Las manos llevan la cámara. Es el mayor riesgo; si se moja no anda más y eso puede ser un gran problema. Por eso la mirada busca un lugar para resguardar el aparatico y ya de paso el cuerpo mismo.

Los bares, de ventanales amplios, con el vidrio a la calle, suelen ser el mejor sitio si uno está lejos de casa.
Pero el fotógrafo no puede quedarse quieto ante el espectáculo maravilloso de la lluvia. Y ahí vuelve a disponer el ojo tras el lente, el dedo listo encima del obturador. Una foto, otra, alguna más.
La lluvia cesa y la ciudad recupera su aspecto de siempre.

Ya en casa, se revela la magia de la fotografía, las capturas hechas a través del vidrio o debajo de los aleros goteantes.
Voilà!
El aroma del sahumerio invade el momento justo en que se descubre cada imagen, antes del segundo obturador: Photoshop, filtros, ajustes, layers, efectos.
Salen las fotos calientes del horno. El fotógrafo mira, distanciado, el resultado de su inconsciente.
El fotógrafo, que trabaja de otra cosa, sonríe, mientras se ve a sí mismo, allí, bajo la lluvia persistente del domingo por la tarde.

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Sabiduría

Una mujer
que pasa en bicicleta
a las dos de la mañana,
hermosas piernas morenas
bombeando los pedales
mientras la brisa le alza el vestido
y revela
un perfecto milagro
de carne femenina en movimiento.

Nuestros ojos
se cruzan un momento
y ya se ha ido.

Son cosas como ésa
las que te hacen darte cuenta
de lo poco que realmente sabes
de nada.

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Por Roger Wolfe.
Fotos de Frank Guiller.

I’m nobody

Me gustan los atajos. Cortar camino, como le dicen en la isla que duele. Pero no por ahorrar tiempo. Sino por la transgresión, por tomar un rumbo que no está del todo permitido.
Y esa es la única transgresión que me permito. Porque soy muy adaptadita, tratando de pasar inadvertida por el mundo. Hace bastante que descubrí eso, que quiero pasar sin dejar ni rastro. Hay quien cree que es irresponsabilidad, otros creen que es doble personalidad y hay por ahí alguno que piensa que es cinismo. Están equivocados; soy nadie.

I’m Nobody! Who are you?
Are you – Nobody – too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! they’d advertise – you know!

How dreary – to be – Somebody!
How public – like a Frog –
To tell one’s name – the livelong June –
To an admiring Bog!

Emily Dickinson

Pasando páginas

Todo eso que encierra la palabra venganza es lo primero que vemos en la película La tourneuse de pages de Denis Dercourt. Pero si miramos mejor, hay otras aristas, muy jugosas, que el director, las dos actrices principales y en especial, el fotógrafo Jérôme Peyrebrune nos ofrecen, en una pieza chiquita y al mismo tiempo elegante e inteligente.
El cine francés, en general, apuesta por lo que no se dice. Permite, a los que asistimos a sus entregas, un vuelo imaginativo notable, sin esos golpes bajos de manipulación que inmediatamente llevan las sensaciones por caminos más trillados. Sin embargo, en esta película, la cámara dice, es tendenciosa, es la que pone la densidad de las secuencias, la que marca lo enrarecido y perturbador que envuelve a esta historia; bien contada con muy pocos recursos y excelentes actuaciones. Y no nos empuja a los mismos trillos, por cierto.
Subyace, más allá de lo evidente, un retrato social que en primer plano dibuja a la envidia, a la intolerancia, a la diferencia de clases y a esa pose pública que algunas gentes sostienen para esconder sus propias miserias.
Una película recomendable. No para los grandes y aclamados festivales, ni premios de la Academia. Sólo para una velada, en casa, después de cenar y antes de la medianoche. Porque después, ya sabemos, nos convertimos en calabazas.

La tourneuse de pages de Denis Dercourt. 2006.