Instrucciones

Uno: piensa en lo que necesitas,
en eso que te hace feliz, la pinceladita.

(Piénsalo sólo una vez
y luego ya no lo pienses más).

Dos: piensa el paisaje completo,
hasta donde te den los ojos.

(Piensa una pincelada junto a otra,
y un nombre y otro nombre
y tantos esfuerzos.)

Tres: regresa al pedazo de lienzo
que parezca depender de tu mano
y haz que en ese espacio suceda
todo lo que querías que el mundo fuera.

Por Patricia Fernández-Pacheco

Leo

Sí, sí, también leo. Ahora mismo, Murakami y su enorme novela 1Q84 invade mis noches. Todas.
Pero me refería a Leo, con mayúscula. Es decir, nombre, sustantivo propio.
Leo posa para imitar a Leo. El apócope me permite jugar con los nombres de Leonor Watling y de Leonardo Da Vinci.
Qué empeño en imitar lo viejo, no? Cuánta nostalgia.


Veánla a Cecilia Gallerani posando para Leo.


Veánla a Leo cuando hace de La dama del armiño, de Leo.

Me sigo quedando con Leo, el pintor. La luz, la expresión de ella, sus rasgos perfectos en la madera, la intención huidiza del animalejo ese.
Cualquier tiempo pasado fue mejor, diría Manrique.

Cincuenta años, Cortázar y esas extrañas criaturas

Qué maravillosa ocupación cortarle la pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina. Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino. Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón de azúcar escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace en las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas. Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante del Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.

A propósito de los primeros cincuenta años de Historias de Cronopios y de Famas. Por Julio Cortázar, Bruselas 1914 – París 1984.

Orfandad


A y yo escuchábamos esas músicas a finales de los ochentas o en el principio de los noventas, en su casa de la calle Infanta, frente a la parada de la 65.
Aunque antes, otro amigo, me presentó Pescado Rabioso.
13 y 8 no era sólo la intersección de dos calles en El Vedado. Era también un punto de encuentro, de cantar, de tomar ese ron barato y malísimo, pero el único, de compartir las nuevas canciones que mucho le debían al Flaco. Algunos reconocían públicamente esa influencia, otros no. Pero estoy casi segura que las canciones de Spinetta fueron inspiración para los que en esa esquina hacían de una reunión, un pretexto para disentir.
De esas influencias salió «Café Paola» o «Quito, septiembre«.
Y parece difícil de explicar que a esta hora, cuando Luis Alberto Spinetta no está más por aquí, haya cubanos que se sintieron hijos de su música y hoy han quedado huérfanos.