Entre el cielo y el mar

Hay una linda utopía que acaricio desde hace años. Tiene que ver con una proclividad a la vagancia. Pero vista desde un mejor lugar. Vagancia de vagar y no de ser vago, en el contexto arbitrario y exigente de que siempre tenemos que estar ocupados en algo.
Se me antoja tiempo para mí. Justo eso es lo que busco. Encontrar la manera de ganarme los frijoles con algún trabajo que remunere lo necesario. Sé que habrá que resignar ciertos lujos y comodidades, aunque también sé que puedo soltar lastre, entre otras cosas porque no llevo mucho puesto. Hacer una huerta, escribir, trabajar cuatro o cinco horas como mucho por día, comer con frugalidad, poco gasto y correr o nadar cada día al menos una hora. Muchas risas, música, lecturas, películas en casa y fotos. Ayudar. Compartir ese espacio-tiempo con gente querida; mi hija, amigos y un compañero. Un compañero sensible, limpio, que me quiera y a quien pueda querer de la forma en que mejor se puede querer: comprometidos con el edificio delicado e infinito del amor.
Lo veo ahora escrito en la hoja en blanco y no me parece tan descabellada la idea. Es una utopía posible. El mar podría ser un buen aliado.
Veremos. Una amiga diría, «lo que se desea se cumple». De desear estamos hechos.

Ojalá seas tú

Él viene desde un lugar cercano al mío. Barrios aledaños. Tengo un recuerdo lejano de su respiración en mi pelo y un temblor ansioso que salía de mi estómago. ¿Cuánto hace? Muchos años, tantos que hoy somos los mismos. Y bailábamos con otros la canción de Tootsie, que ahora ya no es lo que era antes, pero que la nostalgia mantiene «intacta en su paisaje».

It might be you por Stephen Bishop. OST Tootsie, 1982.

Cadáver exquisito

No hace tanto tiempo nos reuníamos en casa de algún amigo a pasar el rato y terminábamos jugando. El cadáver se armaba así: persona A escribe una frase en una hoja de papel, dobla el pedazo, de modo que no se pueda leer y le pasa el papel a persona B, quien repite el procedimiento, pasando la hoja a persona C, hasta que llega al último. Al final, se desplegaba el abaniquito en que se había convertido la hoja y en voz alta se leía, como un párrafo, todo lo que allí estaba escrito. Verdaderos hallazgos aparecían en esa lectura. A veces había una extraña conexión entre las frases, como si las hubiese escrito la misma mano.
Algo así, pero aprovechando el timeline de un hashtag de Twitter es lo que hicieron de manera bastante original, para mi gusto, un grupo de amigos y colaboradores. El germen de la idea, los participantes directos y todos los créditos, se pueden chequear en Bajo la influencia y en Las TermóPilas. Ellos lo explican perfectamente.
Y el resultado, justo aquí y ahora, también.

#yoconfieso por Juan Zelada.

Jarabe

Escuchaba la canción en casa de unos amigos a los que les gusta mucho esta banda. Y se quedó dando vueltas en la cabeza toda la noche, como el saborcito del jarabe para el asma, que te raspa la garganta por un rato.
Muy dulce, excesivamente dulce. Yo prefiero amargo y no un camelo.

Por Jarabe de Palo. Depende, 1988.

Otras lecturas

Murakami escribe como si fuera mi amigo de toda la vida. Y no lo digo sólo por este libro de él que ahora mismo está en la cima de la montañita de libros que crece en mi mesa de luz. El primero que leí, por recomendación involuntaria del autor de Elegí un mal día para empezar a fumar, fue Tokio Blues. También me pareció una charla de café con alguien cercano. No se si tendría la misma percepción si pudiera leerlo en japonés.
Y es que a Murakami le gusta el jazz, le gusta escribir y le gusta correr, como a mí. Creo que seríamos grandes compañeros si no tuviéramos ese problemita con el idioma. Pero a ver…, habla inglés no? Eso facilitaría un poco las cosas en materia de comunicación. Aunque definitivamente, estoy cada vez más convencida de que seríamos compinches.
Porque Murakami va a correr movido por el dolor y convierte el dolor en el motor que moviliza las piernas, los brazos y la mente, haciendo un experimento real de aquello que fue enunciado por la ley de conservación de la energía: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Dejé a un lado por unos días la lectura de Bolaño y Carver, para meterme de cabeza en el testimonio de un escritor, dueño de un bar temático especializado en jazz, que un buen día decide empezar a practicar las carreras de fondo. Voy leyendo o mejor, devorando cada página, con la certeza de que está hablando de mi.
Cuando ya muy tarde, sin sueño aún, decido apagar el velador, salgo a correr, luego nado un poco, atravesando el Mar Caribe hasta llegar a los cayos de la Florida, donde estoy segura de que podré dormir acunada por una voz muy dulce que dice mi nombre.