A veces llegan cartas

Hace unos días recibo un e-mail que transcribo:

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Hola Zoe Pe,
Cómo está todo por BAires?
Y la bella de Ana?
Me envías la dirección de tu casa?……no creerás lo que me ha sucedido hoy…estaba haciendo café en la mañana y un paquete de café La llave me comentó que quería irse a Buenos Aires…..así que no me queda más remedio que contar contigo para que le des morada….como bien sé que haces con los amigos…y los amigos de los amigos…..tienes espacio en tu casa para tanto aroma?

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Mi sonrisa era casi carcajada cuando leo e inmediatamente respondo:

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Uh, qué café inteligente ese, no? Coméntale que aquí será tratado como se merece, ¡a la cafetera!
¿Cómo andamos por allá?
Besos.

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Luego de algún silencio y sobre la misma cadena de e-mails vuelvo a recibir:

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Mis amigos partieron el lunes. Desconocemos el itinerario, pero sabemos que el destino es BAires.
Tienen tus señas, así que se las arreglarán para encontrar tu puerta.
Para evitar impostores, llevan la contraseña adjunta.
Son amigos muy apreciados, pero no te fíes. Te advierto que, entrañablemente, invadirán tu casa.
Besos.

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Iba leyendo al son de una música muy conocida, adjunta en mp3 al mensaje…, Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café…!
Y finalmente hoy, el tan esperado arribo.
¿Qué puedo hacer ante tanta generosidad?
Ellos son tan humildes que no sé si aceptarán un homenaje público.
¡Gracias, chicos! Mi taza de café humea junto a la laptop, mientras les mando este beso y un abrazo apretado.

Lo que trajo el otoño

Despídete bien

Por Anoniman

Sembramos flores con Ana. El sol entra en un chorro largo por la puerta ventana que tiene una rajadura vieja y mal emparchada. Rompemos el paquetico de semillas, colocamos tierra en la maceta blanca, mientras el rociador generoso pone agua en el justo lugar.
El otoño de Buenos Aires sólo me trajo regalos. En otoño nació mi hija, un domingo muy parecido a este, de sol y frío. En otoño conocí al hombre más importante de mi vida, caminando a los tropiezos por la calle Florida bajo la luz magra y sin calor del microcentro porteño.
Un día de otoño puse por enésima vez mi mano en su cabeza y sentí un gran alivio y una paz inmensa. Él es feliz y yo también.

El asceta

Asceta por Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

Coincido con él cuando habla de la esterilidad de las actuales relaciones humanas. Lo admiro cuando refrenda lo que Martí había enunciado antes; «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».
Y pienso que mi incapacidad de sustracción a las banalidades de la vida moderna es inmensa. Podría vivir con muy poco, pero hay cosas que elegiría para llevarme al retiro.
¿Está bien? ¿Está mal? ¿Depende la vida de hoy de un paradigma de la felicidad armado para las grandes masas, bajo el que, como corderos que entran al corral, nos regimos todos creyendo que somos felices y en realidad nos estamos tomando el pelo unos a los otros?
Lo único claro es que no quiero hacer algo en lo que no crea. Así, con muchos nos.
Por el momento creo en lo que veo y el panorama es medio negro.
Alguna vez he escuchado que un pesimista es un optimista bien informado.
Voy a dejar de leer un poco.

En el museo

La mañana verde. Por Wifredo Lam.

El sol como un gran animal demasiado amarillo.
Es una suerte que nadie me ayude.
Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.
Pero a mi noche no la mata ningún sol.
¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?
Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos.
El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.

Por Alejandra Pizarnik.