I’m calling you

En el taller al que voy cada martes, mi profe dice que a veces en los cuentos lo más importante es lo que no se dice.
Lo mismo pasa en algunas películas. Construidas finamente y trabajadas como verdaderas obras de orfebrería, cuando terminan, lo que no viste es lo más relevante que queda dando vueltas en el aire como la mariposa soñolienta aún de crisálida.
No sé cuantas veces he visto Bagdad Café. Tampoco recuerdo cuando la vi por primera vez. Sí tengo certeza de su protagonismo en la lista de películas que llevaría conmigo al lugar que sueño para vivir.
La sensibilidad con que están delineados los personajes, la propia historia: simple, profunda, humana, sin dejar afuera casi ninguna de nuestras miserias y virtudes.
Actuaciones impecables, un escenario rudo, la fotografía que capta el viento del desierto, la aspereza de rostros y almas y una canción que se repite en la maravillosa voz de Jevetta Steele, como una letanía. Percy Adlon tejió la telaraña (¿te dije que me gustan mucho las arañas, esas chiquiticas que andan en el jardín y en los rincones de la casa?) de un guión que nos agarra de la mano y nos va llevando como niños, en un viaje de poco más de una hora.
La amistad y el amor presentados en su más pura esencia, sin embarres, arman la trama en la que una mujer abandonada llega a un abandonado lugar, habitado por gente abandonada. Y el misterio se va desvelando mientras transcurren los fotogramas y en el medio del desierto de Mohave crece la flor que un hombre le ofrece a la mujer que ama, casi al mismo tiempo en que dos mujeres tristes se hacen amigas y ríen bajo la luz colorada del teatro de variedades.

Bagdad Cafe. De Percy Adlon. 1987.

Un sueño

Es tal y como lo ví en las fotos. Entro y lo primero que veo son los libros en las cajas de vino de madera y con manija. Los tambores están como apoyados en la improvisada biblioteca, pero también sobre el piso. Reconozco libros que tengo. El palo de lluvia de Tepoztlan es grande al lado del que llevé de regalo, traído desde Valparaíso.
En el centro del living un viejo baúl sirve de apoyo a más libros, el mate y la pava.
Me abraza, aún con tímidez, sin poder creerlo.
Cuando logro zafar de su cuerpo voy caminando hacia la puerta de salida al pequeño patio. Ahí estaba la mesa de venecitas, la misma que tantas veces imaginé junto a la pequeña huerta, el frasco de protector solar y el perro durmiendo acurrucado en el suelo, a la sombra.
Todo es tal cual lo ví en las fotos. Como la mirada con la que ahora intenta explicar que me esperaba.

El viento en la isla

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

Pablo Neruda. 1904 -1973.