Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.
Por Oliverio Girondo.
Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.
Por Oliverio Girondo.
Todos los días son el mismo y no. Cada hora resignifica la anterior y así, hasta tejer una tela de minutos nuevos.
También la lluvia de las tardes, las flores que ya nos dejan y que aún alcanzo a ver por esta ventana.
Un punto de luz, adentro. Una luz en plural.
Por Sara Tavares
Yo quería darte un regalo. Había pensado en un libro. Quería estar ahí para entregártelo con mis manos. Y también de paso abrazarte, reirme un rato contigo, tomar unas cervezas, conversar hasta mañana, cantar un poco, bailotear si la música se pone a tono. Todo eso quería.
Pero no hay ninguna señal y lo único que puedo hacer ahora es escribir un par de cosas, después que dí una vuelta en la bici. Mirar la tarde del día de tu cumpleaños 45, despacito, en silencio. Saludar el mismo mar, pero desde aquí y que te llegue justo hoy.
Felicidades, Uli.
El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.
Por Jorge Luis Borges. Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986.
Gente y sus compact cameras, por todos lados. Flashes y más flashes. Me veo yo también ahí, aún cuando tengo desactivada la luz para las fotos.
Hay muchos policías.
Entristezco enormemente cuando veo los agujeros y la ausencia de esas siluetas en el actual paisaje del Financial District. Es la misma tristeza de hace diez años. Porque el hijo de Susana ya vivía en Brooklyn y lo primero que me pasó por la cabeza fue llamarla; para saber algo. Si había podido hablar con él, al menos. Luego ví las fotos que ese mismo muchacho tomó desde la Promenade. Tremendo. Pero él estaba bien y eso era lo más importante.
Ahora es distinto (¿o no?). Ahora es como un gran espectáculo. Y no creo que me interese conocer algo más sobre el 9/11. Yo sólo me conformo con saber que Ernesto, que aún hoy vive en Brooklyn, está bien. Ernesto, el hijo de Susana. Mi amiga Susana.