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Verde

Belén tiene como un pelo que sale en un chorro. Un chorro fuerte y desordenado. Belén es palma, es planta, es bonsai. Belén llegó a mi casa un miércoles. Y le pone un tono verdecito a todo esto. Verde que te quiero verde, como diría Federico.
Es un verde perenne, no como el de los árboles de la avenida, que amarillean la acera de hojas secas.
Eso venía pensando yo ahora, en la bici; el otoño y las hojas que sueltan árboles como ese que está en la avenida.
Tiene música eso que yo pensaba. Esta música.

Árboles raros por Carlos Varela. Jalisco Park. 1989.

Versiones

Te quedas escuchando, porque te suena eso que oyes. Antes se te había cruzado, de otra manera, otra síncopa quizás, otro arreglo, otra manera de poner la o las voces. Y reconoces que te gustó. Vuelves al original, lo repasas varias veces y de nuevo escuchas el cover. ¡Bien! dices, te gusta, te gusta mucho.
La recreación, la interpretación distinta de una canción, puede ser una nueva. Al menos eso me pasa con algunas versiones, como la de Jeffrey Gaines.

In your eyes by Jeffrey Gaines.

Adicción

El café es un consuelo y una necesidad que Dios le dio a los pobres. Se puede dejar de comer pero no se puede dejar de tomar café. Sin café la vida no sirve. Además de sabroso, el café es medicina. La medicina del corazón y del estómago. Lo que le da calor.
Tomado de El Monte. Lydia Cabrera, (1899-1991).

Soy adicta. Desde hace muchos años. El primer contacto con mi adicción fue de niña: «sopa de gallo» le llamaba mi abuela a ese brebaje dulce, según ella energético, compuesto por agua fría, café viejo y azúcar prieta. Recuerdo su mano removiendo, con vigor, en el vaso largo todo manchado del líquido de marras.
Pero no, el primer contacto no fue ese. Fue el aroma. Todos los días de mi vida, se sentía a eso de las seis y media de la mañana por toda la casa. Yo despertaba con ese olorcito amable y caliente que salía del viejo colador de hierro y tela, mientras la infusión iba cayendo en el jarro más viejo de todos los jarros del mundo mundial.
Luego, más grande, cuando tuve permiso oficial para tomar café sin regaños, el día empezaba con la tacita en el desayuno. Le seguían la de después de almuerzo y la de la media tarde, conversando con mi abuela en la cocina. Y la última después de comer, a eso de las ocho de la noche. Siempre fuerte, sin leche y ligeramente amargo. ¿De qué otra manera podría tomarse el café?
Se colaba cuatro o cinco veces en mi casa. Siempre acabado de hacer; nada de café recalentado. No recuerdo ausencia de café, aún en los peores momentos de crisis en la isla. Si se perdía, el mercado negro siempre estaba ahí para asistir a algún trueque, que si por cigarros o leche condensada o por arroz, para cubrir prudentemente y al menos, dos coladas al día.
He probado café de muchos lugares, de productores que encumbran esa bebida maravillosa. ¿Cuál es el que más me gusta? Hay dos o tres que son mis preferidos: de Colombia, Sello Rojo; de Miami, La Llave; de Italia, Lavazza. Y sigo degustando.
Hoy que a los 46 años no tengo más que ese vicio, debo confesar que es imposible que viva sin tomar café. Si son las once, avanzado el día y no he tomado ni un sorbito, mi cabeza empieza a doler al borde de la migraña. Como ahora, que no se qué voy a hacer porque ¡se me rompió la cafetera!

Lluvia

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

Por Federico García Lorca