Sin manuales

Nos hicieron creer que el «gran amor», sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. No nos contaron que el amor no está condicionado, ni llega en un momento preciso. Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta. Las personas crecemos a través de los otros; si estamos en buena compañía, es más agradable. Nos hicieron creer en una fórmula llamada «dos en uno», dos personas pensando igual, actuando igual, que eso era lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene un nombre: anulación. Que sólo siendo individuos con personalidad propia podremos tener una relación saludable. Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera de esos términos deben ser reprimidos. Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados. Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad. No nos contaron que todas las fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes y que siempre podemos intentar otras alternativas. Tampoco nos dijeron que alguien nos iba a hablar de estas cosas. Porque cada uno lo va a tener que descubrir solito. Y ahí, cuando estés muy «enamorado de ti mismo» vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien.

Por John Lennon. 9 de octubre de 1940 – 8 de diciembre de 1980.

Librerías

Uno de los lugares que siempre busco en una ciudad es el escondite de los libros. No estoy hablando de las mega cadenas de librerías, como Barnes & Noble, El Ateneo, Ghandi u otra similar. Hablo de las que no encadenan; esas que cada año, cuando hacen balance contable temen desaparecer, entre los dientes del monstruo de la masividad.
En la Ciudad de México, recuerdo muy especialmente El Parnaso, en Coyoacán. Tenía además un barcito. Allí pasé muchas horas, frente a la hermosa plaza, café mediante, leyendo a Octavio Paz. Allí también me robaron mi boina de paño negro. La persona que lo hizo, sacó el pedacito de tela de mi cabeza, con su mano adiestrada. Cuando atiné a reaccionar, no quedaba rastro de nada. Agilidad que le llaman, no?
En Buenos Aires, tengo a Libros del Pasaje y Eterna Cadencia. Palermo en todo su esplendor, ofrece esos remansos de lectura y también café, como un oasis, en medio de tanta tienda de objetos de moda y restaurantes gourmet. Salvo Finisterra, el bar más cool del mundo mundial, en la esquina de Honduras y Uriarte.
En Nueva York, cuando la nieve no me deja caminar o el frío me obliga a abrigarme, siempre está Strand para asistirme, sobre Broadway Av., en el medio de Manhattan. Qué hermoso edificio, qué lugar cálido y tan lleno de libros ordenados y al mismo tiempo regados por todos lados. Un libro que atesoro mucho, salió de esos estantes.
En Miami, tengo dos rincones predilectos invadidos de libros. Books & books en Coral Gables y la Bookstore del Grove. Voy acumulando horas de lectura y buena música en ambos lugares. Y por supuesto, café: siempre un café como compañía de los libros.
Pero de todos estos sitios que busco y elijo, me quedo a vivir si pudiera, en Shakespeare & Co. Lo encontré en cuanto llegué a París. Recorrí sus pasillos caóticos varias veces y de ahí tengo uno de los libros de poesía más hermosos que conservo. Poemas de Carver. Un regalo maravilloso.
Por eso, cuando vi el corto de Spike Jonze, más allá de cuánto admiro su cine, la historia bizarra que cuenta, trasladó mi cabeza a esa librería, otra vez.
No hay viaje sin libros, en mi manera de ver y mirar. Estas casas son como la mía, cuando ando cerca.

4 Ever


«The guy looked at his girlfriend with a mookie expression because he adored her.»
From Urban dictionary.

Por Lulu & les Autres.

Los aeropuertos siempre le regalaron abrazos. De saludos, de despedida, de llegada, de partida. Abrazos y besos. Y también miradas, lágrimas. Muchos aeropuertos en una sola vida. Una vida aún corta. Es maldición de isla, dice. Por eso vuelve al poema, a los versos de la dama aristocrática que no tuvo más remedio que morir en ese pedazo de tierra, sin siquiera pasar por el aeropuerto.

«Nadie escucha mi voz, si rezo o grito:
Puedo volar o hundirme… Puedo, a veces,
morder mi cola en signo de Infinito.»

Lee el pie de foto, de esa foto de la chica y su chico y la sabiduría popular le saca un suspiro. Piensa en los ojos hermosos de la niña que está al sur del mundo, mientras estira la mano y toca la piel de su espalda, la de él.
¿Para siempre? Hoy y ahora, esa es de nuevo la pregunta.

Un libro de cumpleaños

Hotel room. Oil on canvas, 1931. Por Edward Hopper

I

Es temprano. Como ocurre casi siempre, no duermo la mañana, aunque pueda. Me levanto con ganas de café, café La Llave. Preparo la cafetera y casi en un minuto, el aroma ocupa mi espacio. Un poco de azúcar en la taza (la otra taza lleva un toque de leche, con espumita y canela en polvo) y el mundo empieza a tener forma a partir del primer buchito. Ah! Una delicia, la verdad.

II

Vuelvo a un libro de Murakami; quiero recopilar las canciones de After Dark. Hace un par de días que lo terminé de leer. Es como el guión de una película que transcurre durante la madrugada y cada capítulo está señalado con un reloj que marca siempre la noche. Todos se mueven y se cruzan en bares, hoteles de trampa, tiendas abiertas las 24 horas y una oficina que escucha a Bach y a Scarlatti, mientras en ella, un tipo frota su mano mentirosa y golpeadora. Todos solos. Como en los óleos de Edward Hopper.
Murakami pone un sonido ecléctico a su historia. Me gusta que la timidez de Takahashi suene a jazz: Sonny Rollins, Duke Ellington, Curtis Muller. La timidez de Takahashi me gusta, a secas.

III

– No se envuelve para regalo hasta Navidad – dijo la muchacha amable y fría, cuando compré el libro para Maritza.
Entonces lo tuve ahí, cercano. Y no quiero que ella sepa que lo leí antes de dárselo, pero era muy tentador. Yo sólo quería escuchar el soundtrack de la soledad.

dom 8:33 p.m.

es la hora en que empiezo a escribir, mientras la lluvia salpica la ventana de falsas hojas.
pero adentro está seco. seco y oscuro. me mojo el pelo.
prendo la linterna de campamento. vivo en un campamento. vivo bien.
leo ese cuaderno que ahora alumbra la linterna.
abajo, alguien tira la puerta que la lluvia también salpica. hay un ruido.
el domingo es esto. y longana.