Había días que no hablaba. Días que prefería la penumbra y mirar por la ventana. Se sentaba sola en la cocina, se componía el vestido a los manotazos, juntaba esas mismas manos sobre la mesa y se quedaba en silencio. Yo seguía su mirada, desde la altura de mis siete años. La sombra de la mata de mango en el patio, la reja del portal, el sonido del pico del loro contra la jaula, su nombre voceado por la vecina. Yo tampoco hablaba, me preguntaba qué buscaba en la ventana.
La última vez que estuve en La Habana, yo no sabía que al regreso, me esperaba Lisandro Aristimuño. No creo que hubiera apurado alguna cosa para volver, sólo conociendo su nombre. Pero de haber escuchado, aunque sea una de sus canciones, hubiera acortado toda distancia para zambullirme, completa, en el turquesa de esa Viedma, tan suya.
Lisandro Aristimuño es del Sur. Lo escuchas y algo de ahí ya sabes. Folclore argentino, mezclado con lo que fue tomando de otros lados y un poco más de esos sonidos que inventa, con sus máquinas y su cabeza.
En el año 2007 lo ví dos veces en vivo. Mi cámara pequeña lo registró en ambos conciertos, en dos canciones memorables de sus primeros discos. El plástico de tu perfume, fue grabado hace justo 6 años, el 25 de mayo de 2007. Lisandro canta aquí con Liliana Herrero, gran intérprete de la música argentina y Cerrar los ojos, grabado el 15 de diciembre de 2007. La Trastienda de Buenos Aires, fue un escenario íntimo y maravilloso para él, su banda y todos nosotros que allí cantábamos y escuchábamos esas maravillosas músicas.
De su disco 39º, es esta canción que quiero compartir aquí y ahora. Reinventada, en estudio, con más cuerdas y el tambor de Rocío Aristimuño, parece otra y la misma. Me emocionó mucho hoy, volver a escucharla.
Encuentro sus anteojos sobre la mesa. Los tengo unos segundos en mis manos y cambio los míos por los suyos.
Salgo de casa y me paro quietecita en la acera, con la espalda pegada a la pared de la fachada. Intento adivinar la vida a través de esa mirada.
Veo a mi alrededor la calle, la muchacha con la media rota y los tacones altos, el semáforo, el papel que planea sólo con un poco de viento sobre el asfalto, el pelo atado con la horquilla, el paragüas soportando tantas gotas.
Sonrío. Todo está desenfocado.
Tal vez el truco no sea intercambiar los anteojos para saber cómo mira, quizás lo que importa es encontrar el reflejo en sus ojos.
Tengo amigos melómanos. Gente que ha llegado a mi vida de diferentes maneras, pero que comparten entre ellos el gusto enorme por la música. Son personas que respiran notas musicales, que sus vidas giran muchas veces alrededor de canciones, de sonidos maravillosos.
Tengo suerte. Porque la música es también parte muy importante de mi vida. Todos los días ella está, de alguna manera. Es la mejor compañera; la más leal.
Hace poco tiempo supe de la existencia de Sound City, un documental de Dave Grohl, que ya estaba dando de qué hablar en el mundo de los melómanos. Pero sobre todo en el mundo de mis amigos melómanos.
En Bajo la influencia, la reseña enamorada de Martin Milone, lo confieso, me hizo dudar. Pensé, “quizás es demasiado técnico este documental, para mi oído neófito.” Y lo dejé estar, tanto, que el link a YouTube que él puso en su post ya no está más.
Anoche, dispuse mi ánimo y busqué en la red la película. Un rato largo, una hora más o menos y voilà, encontré en otro link una copia completa y subtitulada. Coloqué los audífonos, me acomodé en el futón y subí el volumen.
Sound City no es una película sobre músicos. Es un canto de nostalgia, es el canto de cisne, ese que hace el pájaro antes de morir. Nostalgia por la época en la que se grababa música con personas de verdad, con gente que adoraba empatar cintas de cinco centímetros y que en cada sesión repetían hasta el hartazgo una toma tras otra, hasta lograr el sonido exacto, el perfecto.
Recordé mi primera grabadora de casete, mi primer walkman, aquellas copias manoseadas de los discos que no podíamos tener. Recordé las reuniones de la adolescencia donde escuchábamos únicamente esas músicas, tan parecidas a las que Sound City rinde un homenaje, desde esta era, la del descarte y lo efímero.
¡Como disfruté esa hora y pico! Tanto, que no puedo hacer otra cosa que recomendar.
Sound City es para melómanos, como dijo Martin. Pero no sólo para ellos. Sound City es una lucecita, una vela encendida a la nostalgia. Y eso nos atañe a todos.
Está sentada en un banco de la estación. Escribe en una pequeña libreta sobre sus piernas cruzadas, las uñas cortas sin color, el pelo suelto pero puesto así, detrás de las orejas; la mirada atenta. Levanta la vista, se detiene en una pareja de músicos, un hombre negro que arrastra una maleta, un vagabundo con las manos dentro de una papelera y escribe sobre ellos (el movimiento del bolígrafo azul sobre la hoja, las palabras que salen sin interrupción, los ojos inquietos). Observo su mirada que pasa de sus palabras a la estación, a la gente, al tren que llega.
Hojas y hojas escritas sin descanso, como vomitando palabras que caza del aire, de la síncopa de la tarde, de su propia cabeza que no para, no para nunca.