José Julián

Uno de los primeros libros que leí completo fue La Edad de Oro. A pesar de toda la manipulación contextual que se hizo de las palabras que en él escribió Martí, la revista, en cuatro números, como fue concebida originalmente, es una joya literaria para niños y adultos.
En cada número, hay una sección que se llama La última página, donde precisamente aparecían las reflexiones del poeta a modo de resumen. Siempre me gustó este fragmento, que casi reproduzco de memoria y al que acudo en muchos momentos, en muchos.

Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo, enseñándole que la Naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos, y madres.

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4 comentarios en “José Julián

  1. Gracias, Zoe. Hallar una buena sentencia que alguien escribiera, ¿no es mejor homenaje que jalonar hacia tantos arroyos su cadáver?

    Tersites

  2. A Martí y su ideario lo han querido manipular muchos cubanos de diferentes ideologías y de variadas no ideologías. Tal parece que vuelve a estar de modad, por esa tendencia natural a la imitación del homo mimeticus, el tema de la manida manipulación. Creo que cuando seámos realmente capaces de ser libres de espíritu, entonces se podrá citar a Martí sin aludir a las manipulaciones. A veces tan manipulador es el que distorsiona o tergiversa los hechos, como el que por conveniencia o ignorancia se hace eco de estas.

  3. Añado al comentario anterior, que cada cual tiene el sacrosanto derecho o la libertad de escribir y hacer los versos, según sus necesidades personales y su subjetividad. No creo que Martí ni nadie, esté autorizado a regular o dictaminar la expresión o el acto de desgarro que, del alma de cada ser, emana.

  4. Las inconsecuencias de Martí:

    Domingo triste
    Autor: José Martí

    Las campanas, el sol, el cielo claro
    me llenan de tristeza, y en los ojos
    llevo un dolor que el verso compasivo mira,
    un rebelde dolor que el verso rompe
    ¡y es, oh mar, la gaviota pasajera
    que rumbo a Cuba va sobre tus olas!

    Vino a verme un amigo, y a mí mismo
    me preguntó por mí; ya en mí no queda
    más que un reflejo mío, como guarda
    la sal del mar la concha de la orilla.
    Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
    gira, a la voluntad del viento huraño,
    vacía, sin fruta, desgarrada, rota.
    Miro a los hombres como montes; miro
    como paisajes de otro mundo, el bravo
    codear, el mugir, el teatro ardiente
    de la vida en mi torno: ni un gusano
    es ya más infeliz: ¡suyo es el aire,
    y el lodo en que muere es suyo!
    Siento la coz de los caballos, siento
    las ruedas de los carros; mis pedazos
    palpo: ya no soy vivo: ¡ni lo era
    cuando el barco fatal levó las anclas
    que me arrancaron de la tierra mía!

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