How to say goodbye

Ella canta. Su cuerpo largo, esbelto, joven, acompaña a su voz en una armonía casi perfecta. Ella canta ahora una canción que le pido. Ella canta para mi. La cocina de mi casa suena a su voz y al agua que sale mientras ella lava los platos. El sonido dulce, chiquito, invade desde hace seis meses el living, el pasillito donde reposan los libros en su estante heredado de otra casa, se escurre por las habitaciones y mitiga el ruido que sube de la calle.
¿Qué haremos cuando se vaya Marena? Me pregunta Ana y no se si tiene certeza del tamaño de su pregunta. La vamos a extrañar dice Alexis cuando pensamos juntos en su partida próxima. Viajo sola al trabajo por la mañana, con la cabeza puesta en ese día y me alegra saberla de regreso a su lugar, sus libros, sus cosas, a la tranquilidad y al silencio. Así la veo: comiendo un bagel y tomando su cafecito endulzado con azúcar blanca y pienso que un poco de ella queda aquí, un poco de mí se va con ella.
Chao nena. Nos harás falta durante un tiempo; justo hasta que te volvamos a ver.

Bob & Suze

Él es un hombre muy famoso. Sus discos desde hace 40 años suenan en muchos oídos; en grandes conciertos y en habitaciones mínimas. Él es un hombre que se ha hecho mayor cantando y escribiendo canciones que no han envejecido, como él. Hasta es posible que ahora, sea un viejo cascarrabias que cuando supo la noticia de la muerte de ella, lloró otra vez. Lloró, pero ya no pudo cantar la canción que le escribió en 1962. Porque de golpe se le acumularon todos los recuerdos: los de la muchachita y el cantor caminando abrazados cerca de la esquina de Jones Street y la 4, en el Village.
Por eso le pidió a otro que la cantara por él.

Don’t think twice, it’s all right de Bob Dylan. Por John Mayer.

Bailar

El brazo enlazando la cintura. Los cuerpos moviéndose con la síncopa. La cabeza afuera de todo: no existe el mundo y sus adelantos.
Un soncito, un merengue, whatever…
Si tú no bailas conmigo, yo prefiero no bailar.


Por Juan Luis Guerra. La llave de mi corazón, 2005.

Pasó volando

Estuve en Brooklyn el día después de la segunda nevada. El frío inmenso de New York hacía obligatoria la visita a las librerías, los pequeños cafés y el metro. En él fui hasta cerca del puerto en el sur de Manhattan y luego de un par de preguntas, para orientarme, al dueño de un negocio de cámaras fotográficas viejas, llegué caminando al puente de Brooklyn.
El mapa austeriano en mi cabeza me llevó derechito hacia la esquina donde debió estar, según previas investigaciones, el negocio de Auggie Wreng. Mi decepción sólo encontró consuelo mientras tomaba una exquisita sopa de cebolla en un pequeño y caliente restaurant francés de la Atlantic Avenue acompañada de un Malbec argentino de Catena Zapata.
Hace un año que estuve en Brooklyn y en el medio leí los dos libros nuevos de Auster y repasé no sé por cuánta vez las entrañables secuencias de Blue in the face. Brooklyn me gusta mucho, por eso algún día voy a volver. En verano.

Blue in the face de Wayne Wang. 1995.

José Julián

Uno de los primeros libros que leí completo fue La Edad de Oro. A pesar de toda la manipulación contextual que se hizo de las palabras que en él escribió Martí, la revista, en cuatro números, como fue concebida originalmente, es una joya literaria para niños y adultos.
En cada número, hay una sección que se llama La última página, donde precisamente aparecían las reflexiones del poeta a modo de resumen. Siempre me gustó este fragmento, que casi reproduzco de memoria y al que acudo en muchos momentos, en muchos.

Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo, enseñándole que la Naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos, y madres.