Equipaje

Hay lugares que me gustaría visitar con algunas personas en particular. Hay una persona con la que me gustaría ir a cualquier lugar y allá vamos.
Por tres semanas, nuestros pies rumbearan al norte, al invierno de allí y junto a la nieve disfrutaremos de cosas nuevas; imágenes, aromas, sabores, texturas, sonidos. Días cortos y grises, noches más largas, alumbradas por el neón de los anuncios y los autos.
La cámara de fotos ya está sonriendo desde su estuche, porque sabe que registrará esos pasos de la manera en que mis ojos miren, seguramente atentos y asombrados.
Prometo escribir y contar, pero no se cuando.

Por Pink Martini. Hey Eugene!, 2007.

Sueño que sueño que estoy soñando

Son pocos los sueños que recuerdo. Dicen los que saben que uno siempre sueña, pero lo que falla es la memoria. Esos que puedo contar al otro día son los que llamo sueños claritos. Parecen de verdad, como una película que pasa delante de mis ojos y aunque ahí estoy, la veo en 3D como espectadora de lujo.
Anoche tuve un sueño clarito.
Era en un baile, como los de fin de curso o algo así. Mucha gente conocida y querida; amigos, compañeros de clase, gente que por estos días ha vuelto a mi vida por diversas vías. Estaban cambiados, pero para mejor. Todos contentos, un vaso en una mano y un compañero de baile en la otra. Reíamos y hablábamos fuerte, mientras la música sonaba agradecida de tanta disposición para moverse a su compás.
Y yo también tenía un vaso y un compañero, que bailó conmigo toda la noche. Lo veía clarito.

Amor se escribe sin hache


Muy lejos de mi optimista manera de ver las cosas, en este momento el sustantivo ese que se escribe sin hache, cuelga de un hilo a mil kilómetros de distancia de mi.
Y recordé el nombre del libro de Jardiel Poncela que tanto hojeé cuando era joven y con el que reía junto a mi primer novio, mientras leíamos la edición ya vieja en los ochenta que el también viejo escritor (¿o ya se había muerto?) nos regalaba. Nos burlábamos de lo que decía en él a la sombra de sentimientos que parecían eternos, sólidos y a prueba de bombas.
El amor se las tomó como dicen por estos lados. Todo ese palabrerío que intenta consolar no vale para nada. No está.
Sí sí, ya sé lo que piensas, que no es lo más importante, que hay otras cosas, que es mejor así. Pero extraño ese calor, mucho. Extraño el desasosiego que produce, la incertidumbre y la endorfina corriendo por las venas.

Microcentro

Calle Florida

El calor apura, aún cuando sabemos que mientras más rápido caminamos más calor sentimos. Pero también apura la hora de almuerzo que se hizo larga. No obstante, como siempre, voy mirando todo y a todos. La peatonal llena; gente con bolsas, hablando por teléfono, saludando a otros, gente tirada en la vereda; mujeres, hombres, la gente que trabaja en este lado de la capital.
Voy medio aislada por la música que suena en el iPod, como siempre. Siento aún «el frescor» de la cerveza y el picante agradable y poco invasivo de las empanadas tucumanas.
Son las 15:44.

Libertad


Anoche dormí poco y mal. Tenía un nudo en el estómago y aunque la cabeza estaba completamente en blanco, algo que en mí es bastante inusual, el malestar no me dejó pegar un ojo como se debe en toda la noche.
A las 07:00 de la mañana me levanté ojerosa, con arenita en los párpados y el nudo que seguía ahí.
Recién cuando leí el post de Alberto y navegué hasta la nota de El País, fue que supe por qué la sensación de estar atada por el estómago.
Se resume así: «Cuantas más palabras nos permiten usar, más libres nos volvemos».
Escribí entonces un larguísimo e-mail que descansa en la carpeta de Borradores. A la media hora salí a comer algo porque me dio hambre, sin nudo, un poco más libre.