A propósito de las islas

Siempre he creído en la influencia de la geografía sobre los habitantes de un lugar. Aún sin tener una fundamentación y unas fuentes a las que citar, estoy convencida de ello. De ese convencimiento nació en primera instancia algo que escribí hace un tiempo. Aquí lo reproduzco cuando el contexto es otro.

«Si ella fuera ciega, si sonara en los oídos de él la música del mar, si los pies de ella fueran planos, si los libros no duraran ni dos segundos en sus manos, si fuera hermosa, si mintiesen, si él tuviera fuerza, si su nombre fuera leve, si el de ella no, si los ojos de ella no hablaran, si él hablara más de lo que piensa, si él moviera su cuerpo con esa música o si sólo moviera su cuerpo, si ella no hablara, si fuera vieja, muy vieja, si él no tuviera una ostra, si sus relojes se sincronizaran, si no existiera el tiempo y su todo ocupado, si ella no tuviera hermanos, si sus padres vivieran, si él fuera hijo de otros padres, si su altura no importara, si el azar los hubiera tropezado después.
Pero no, ella es una isla y él un continente.»

Y como una cosa lleva a la otra, lo que en última instancia me hizo escribir ahora, es un post que poco menos de dos años atrás escribió un amigo. Isla y utopía (I).
Me gustan las utopías pero «como bellas ficciones que nunca debieran llevarse a la práctica.»
Como en tantas otras cosas que fueron develadas en muy pocos días, mi amigo y yo coincidimos.

El retiro

Mañana es su último día de trabajo.
Desde que tengo uso de razón la vi salir temprano, quizás más de lo necesario, para llegar en hora a la oficina. A veces hubiera querido verla regresar a eso de las seis, cuando todavía era de día y enseñarle los cocuyos que prendían sus luces de enigmático origen poco a poco, mientras oscurecía.
Hace más o menos tres años nos está anunciando este día. Y lo fue alargando, yo creo que para que no se le cayera la casa encima cuando estuviera en ella todo el tiempo. Pero parece que ahora es el momento.
Después de 47 años mi madre se jubila. Le escribí hoy mis miedos por ella. No hay de qué preocuparse me contestó. Todo llega a su fin.

El idioma de Rayuela

No habla Cortázar del frío de la ciudad y del calor que abrigaba los cuerpos. Porque se enreda con las palabras inventadas que sugieren un erotismo que no termina de cuajar. El capítulo 68 de Rayuela describe la noche de los amantes, la primera en el descubrimiento del sexo mejor y más urgente.
Pero ese pseudoidioma que cuenta cómo, no transmite la intensidad del encuentro; me dedico a descifrar, y aún más, a hacer analogías con las verdaderas palabras y entender lo que sucede entre dos personas que acaban de conocerse y que después de un corto reconocimiento se enroscaron con brazos y piernas al placer.
Si en lugar de merpasmo, dijera orgasmo, si donde dice carinias dijera caricias sería otro libro, sí, pero estaríamos asistiendo al viejo, pero no menos intenso mundo de las primeras veces.

Hiver

«Las cosas van a ir mejor, pero a ti te da igual.» Abraham Boba dixit.

No fue difícil encontrar la cafetera de dos tazas en el supermercado de nombre desconocido. Desde la habitación veo la masa de nieve en que se ha convertido la montaña que queda justo enfrente de mis ojos, luego de la tormenta de anoche que estuvo anunciando insistentemente la televisión local. El café recién hecho invade con el aroma que más me gusta a la mañana. «Compra café La Llave, niña», me dijo por teléfono y yo le hice caso, porque tiene razón: es exquisito. Una colada no basta y hago otra para tomarla en la misma posición, con la mirada clavada ahora en los esquiadores que ascienden en aerosilla. Es temprano para esquiar, pienso. Mi cabeza trata de apartar el cansancio mental de estos días que se ha convertido en físico, cuando el dolor de la espalda se presenta como un aguijoncito molesto justo debajo de la nuca.
¿Podría vivir aquí? me pregunto sabiendo que el no rotundo de la respuesta no deja lugar a dudas. Si dije alguna vez que me gusta el frío y juro que no mentí, también debo decir que lo que me gusta de él es su frivolidad. El frío en esta ciudad no tiene ningún glamour. La adustez de la gente y el paisaje me achica y presiona contra el piso. Quiero frío, pero en Buenos Aires, donde un par de buenas botas, una pashmina y un tapado entallado y de largo conveniente, sean su mayor representación. Muy frívolo, sí, ya sé, pero me encanta.
Otra colada, la tercera. Abraham Boba suena con esa voz importante y sus canciones tristes que me hacen recordar a W.
Pero el que me llama es A y no puedo explicarle con palabras lo que agradezco su voz en español del otro lado del tubo.