Lo que trajo el otoño

Despídete bien

Por Anoniman

Sembramos flores con Ana. El sol entra en un chorro largo por la puerta ventana que tiene una rajadura vieja y mal emparchada. Rompemos el paquetico de semillas, colocamos tierra en la maceta blanca, mientras el rociador generoso pone agua en el justo lugar.
El otoño de Buenos Aires sólo me trajo regalos. En otoño nació mi hija, un domingo muy parecido a este, de sol y frío. En otoño conocí al hombre más importante de mi vida, caminando a los tropiezos por la calle Florida bajo la luz magra y sin calor del microcentro porteño.
Un día de otoño puse por enésima vez mi mano en su cabeza y sentí un gran alivio y una paz inmensa. Él es feliz y yo también.

Un temblor

«Porque cuando yo vivía en México…», dice un amigo (al que extraño), con sorna, cada vez que cuento algo de los años que viví en el DF. Me parece escucharlo ahora que voy a empezar a contar esta historia.
Tenía planeado un viaje a La Habana, de vacaciones. Yo estudiaba en la UNAM y habían sido días de muchas entregas y exámenes. También trabajaba y si bien no recuerdo mucho de la situación, mi profesión tiene esos picos en los que no alcanza el tiempo y los clientes se quejan y te demandan más prontitud en el cumplimiento de sus reclamos. Quizás se juntó todo eso. En el departamento que compartía con una amiga a la mañana nos turnábamos en el uso de la ducha y justo era el mío. Abrí el agua caliente para que llegara a la temperatura que me gusta. Una vez debajo de la lluvia artificial y pareja levanté la cabeza para mojar mi cara. Todo se empezó a mover, sentí un mareo importante que obligó a mis manos a buscar estabilidad en la mampara de vidrio. «Estoy cansadísima.», pensé. «Mi cervical se está quejando. Necesito irme a La Habana ya.», otra vez pensé en fracciones de segundo. Ni siquiera empecé a enjabonarme cuando siento que mi compañera golpea insistentemente y con fuerza la puerta cerrada del baño. «Sal de ahí que está temblando, sal como estés». Otros dos pensamientos vinieron a mi cabeza, uno: «Mi cervical no está tan mal», dos: «Coño tengo que salir rápido». En ese momento ocurría un temblor de 5,4 grados según Richter y el procedimiento incluye abandonar los edificios, es decir, que tengas al cielo por techo y así no te cae nada que te rompa el cráneo. Empapada, con el pelo chorreando, me tapé con una bata y sin zapatos bajé la escalera a los trancos para participar de la reunión de vecinos en el patio. Lo curioso es que nadie se anda fijando en tu aspecto en esas circunstancias; no recibí ningún comentario de mi look mañanero, mientras el vientecito helado me soplaba en la nuca cubierta por el pelo mojado. A los pocos minutos, calabaza, calabaza y cada uno pa’su casa: pasó el temblor.
¿A qué viene todo este rollo? Hoy por la mañana tuve una repetición de ese episodio, pero en Buenos Aires no tiembla la tierra. Creo que voy programando una vueltecita por La Habana, no? Un abrazo de mi hermano me vendría muy bien, unos días en casa de mi madre, hablar con mis hermanas y mis sobrinos, compartir un rato con los amigos que están allá aún, encontrarme con alguien y hacer un par de planes para después, ver, oler, tocar, saborear y escuchar el mar.
No hay cervical que se resista a esos placeres.

Peces de ciudad

Lamento Joaquin no estar de acuerdo con tus versos. Sí, esos donde afirmas que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Escuchaba esa canción yendo al aeropuerto de Miami, de regreso a Buenos Aires, al mismo tiempo que le decía a mi amiga lo equivocado que estabas.
He vuelto a casa con mucha alegría. Añoraba estar en ella, cerca de mis cosas, en el lugar que he elegido para vivir con mi hija.
Mientras viajaba y sin poder dormir en el avión, repasé estos días que fueron tan movilizadores. El reencuentro con amigos, los abrazos con gente que hacía mucho tiempo que no veía y las largas charlas de actualización y chismes varios. Descubrir las arrugas y las canas de mis compañeros de colegio que han emigrado, como yo, como las mías. Los hijos de ellos que casi no hablan español y que le corrigen a su madre cuando dice mal una palabra en inglés. Las lágrimas de nostalgia, de pura y auténtica nostalgia cuando saboreé el café tan parecido al que recordaba por las mañanas en mi casa, de niña. La risa a carcajada limpia sin temor a que te llamen la atención por lo fuerte del ruido. También la tristeza por los que no están o por el desempleo. El mar, tan parecido y tan distinto al de la isla.
Pero todos los premios se los llevó New York. Bicho de ciudad soy y sólo valió para confirmarlo el camino por la 42nd, viniendo desde el Chrysler Building hasta Broadway, a pesar del frío y con un vasito de café Juan Valdez en la mano.
Todo lo que allí ví, olí, escuché, toqué y degusté fue de un absoluto disfrute. Volví deslumbrada de mi versión de la ciudad con la forma de un cálido apartamento en Washington Heigths.
Ahora siento la nostalgia de esos diez días; una puntada de angustia por ahí, por el lado izquierdo, pero no en el hígado precisamente sino un poco más arriba.
No sé agradecer con palabras a tantas personas que en Miami y en New York me acompañaron. Es que no se agradece así.
Me faltó llamar a Pepín para despedirme de él, me faltó abrazar a Ernesto en La Guardia, me faltó que Maritza viera cómo lloré cuando puso esa canción en su iPod, me faltó tiempo, como siempre.
Fui feliz, completamente feliz y por eso es que voy a volver, Joaquin. Justo por eso.

Peces de ciudad por Joaquin Sabina. Dímelo en la calle, 2005.

Química

Desde el Rusty Pelican el downtown de Miami parece una postal. Mis ojos están perezosos para ponerse detrás de la cámara, pero eso no impide que el registro siga siendo igual de exhaustivo. Y la noche de Miami comenzó con esa imagen y la compañía de un amigo.
Luego de la cena el paseo por Biscayne Blvd, Calle 8, un cafecito en Versailles, Miami Beach y la caminata por Lincoln Road con obligadas paradas para calmar la sed de este invierno con una confortable temperatura de 70 F.
Anoche fui feliz. Doy gracias muy especiales a las dos personas que lo propiciaron.