Un temblor

“Porque cuando yo vivía en México…”, dice un amigo (al que extraño), con sorna, cada vez que cuento algo de los años que viví en el DF. Me parece escucharlo ahora que voy a empezar a contar esta historia.
Tenía planeado un viaje a La Habana, de vacaciones. Yo estudiaba en la UNAM y habían sido días de muchas entregas y exámenes. También trabajaba y si bien no recuerdo mucho de la situación, mi profesión tiene esos picos en los que no alcanza el tiempo y los clientes se quejan y te demandan más prontitud en el cumplimiento de sus reclamos. Quizás se juntó todo eso. En el departamento que compartía con una amiga a la mañana nos turnábamos en el uso de la ducha y justo era el mío. Abrí el agua caliente para que llegara a la temperatura que me gusta. Una vez debajo de la lluvia artificial y pareja levanté la cabeza para mojar mi cara. Todo se empezó a mover, sentí un mareo importante que obligó a mis manos a buscar estabilidad en la mampara de vidrio. “Estoy cansadísima.”, pensé. “Mi cervical se está quejando. Necesito irme a La Habana ya.”, otra vez pensé en fracciones de segundo. Ni siquiera empecé a enjabonarme cuando siento que mi compañera golpea insistentemente y con fuerza la puerta cerrada del baño. “Sal de ahí que está temblando, sal como estés”. Otros dos pensamientos vinieron a mi cabeza, uno: “Mi cervical no está tan mal”, dos: “Coño tengo que salir rápido”. En ese momento ocurría un temblor de 5,4 grados según Richter y el procedimiento incluye abandonar los edificios, es decir, que tengas al cielo por techo y así no te cae nada que te rompa el cráneo. Empapada, con el pelo chorreando, me tapé con una bata y sin zapatos bajé la escalera a los trancos para participar de la reunión de vecinos en el patio. Lo curioso es que nadie se anda fijando en tu aspecto en esas circunstancias; no recibí ningún comentario de mi look mañanero, mientras el vientecito helado me soplaba en la nuca cubierta por el pelo mojado. A los pocos minutos, calabaza, calabaza y cada uno pa’su casa: pasó el temblor.
¿A qué viene todo este rollo? Hoy por la mañana tuve una repetición de ese episodio, pero en Buenos Aires no tiembla la tierra. Creo que voy programando una vueltecita por La Habana, no? Un abrazo de mi hermano me vendría muy bien, unos días en casa de mi madre, hablar con mis hermanas y mis sobrinos, compartir un rato con los amigos que están allá aún, encontrarme con alguien y hacer un par de planes para después, ver, oler, tocar, saborear y escuchar el mar.
No hay cervical que se resista a esos placeres.

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11 comentarios en “Un temblor

  1. Pues mira, andate a ver la cervical primero que ahora piden seguro medico pa entrar!!. Yo el 8 de julio habanizo, parqueo el Apollo 13 en el Jose Martí ! Antes, claro, tengo que ver lo del seguro !! Abrazote.

  2. ¡A que esperas mijita, ves preparando la maletas!

    Besos.

    PD.
    Siento una envidia sana, aunque no se si la envidia puede ser sana, es algo parecido a lo de las mentiras piadosas, al fin y al cabo son mentiras y la envidia por muy sana que sea no deja de ser envidia.

  3. Es una pregunta retórica, claro. Sabes perfectamente la respuesta. Volver siempre es gratificante y si se trata de volver a La Habana, más todavía. Las cervicales no son tontas, hay que hacerles caso.
    Un beso

  4. El cuerpo es sabio, y sabe de temblores internos.

    Es bonito tener un lugar donde volver, aunque se necesite un certificado médico.

    Un beso, niña de ojos de mar….

  5. …la Habana para arreglar un dolor cervical?…:-)Yo del cuello para arriba no me arriesgaría, mejor dejar la cabeza en Buenos Aires y que el “cuerpo” viaje a la Habana
    besotes

  6. Eso Albertico, allá voy a componer el cuerpo. Y la cabeza mía ya no tiene remedio así que da igual donde esté.

    Juncal y deja que lo veas…, 🙂

    Besos a todos. Mejoraré, estoy segura. Gracias.

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