Orfandad


A y yo escuchábamos esas músicas a finales de los ochentas o en el principio de los noventas, en su casa de la calle Infanta, frente a la parada de la 65.
Aunque antes, otro amigo, me presentó Pescado Rabioso.
13 y 8 no era sólo la intersección de dos calles en El Vedado. Era también un punto de encuentro, de cantar, de tomar ese ron barato y malísimo, pero el único, de compartir las nuevas canciones que mucho le debían al Flaco. Algunos reconocían públicamente esa influencia, otros no. Pero estoy casi segura que las canciones de Spinetta fueron inspiración para los que en esa esquina hacían de una reunión, un pretexto para disentir.
De esas influencias salió “Café Paola” o “Quito, septiembre“.
Y parece difícil de explicar que a esta hora, cuando Luis Alberto Spinetta no está más por aquí, haya cubanos que se sintieron hijos de su música y hoy han quedado huérfanos.

Un día como hoy

Llegué a Amsterdam como a las once de la mañana. Hacía mucho frío para ser otoño. A lo mejor porque fue en el 2007. Sí, seguro que por eso hacía mucho frío en otoño. Y, aún sin respirar los aromas locales, me subí a una bicicleta para verlo a Chet Baker. Chet Baker fue mi novio hace un tiempo. Cuando yo no era así y él tampoco. De hecho, para nunca olvidarme de esos años, me tatué en el hombro la fecha del mismo día que él murió. El 13 de mayo de 1988.
En París, donde nos vimos por primera vez, él cantaba con Elvis (el otro) y con Morrison. Recuerdo que me metía con mi abriguito a cuadros y mi boina negra debajo del piano, porque también allí hacía un frío tremendo. No tenían dinero para calefacción, los pobres.
Pero la música, ya sabes, inmensa también, como el frío.
Me gustaba más Chet cuando cantaba bajito, así como hablando. No me gustaba cuando se iba a revolver libros y yo me quedaba cocinando. Encima se iba sin el teléfono y yo perdía su rastro por unas horas. Eso sí, luego al regreso, se comía todo el salmón y el guiso de papas asadas con zanahorias. Él mismo elegía las zanahorias en el mercado. El guiso siempre llevaba jengibre, porque yo sabía que le gustaba.
Ahora mismo, por ejemplo, lo escucho. Pero tocando la trompeta. Y me gusta. Como antes.

You don’t know what love is por Elvis Costello y Chet Baker. Live at Ronnie Scott’s.

La música del Tequilazo

En 1994, al final casi, fue el escenario exacto de El tequilazo. El peso mexicano amaneció el día 7 de diciembre devaluado en un 200%. Números más o menos, lo cierto es que ese fin de mes me encontró viviendo en un sótano de la Colonia Santo Domingo, en México D.F.
No era el lugar más lindo del mundo, convengamos, pero era lo que dadas las circunstancias podía pagar, luego de los muchos recortes económicos que inmediatamente se dispararon allí.
El sótano era grande y frío. El baño estaba afuera del resto del lugar y si llovía, cosa que en el valle de México es permanente durante casi seis meses, te empapabas no más por ir a hacer pipi.
Los muebles eran los mínimos. Dos colchones en el piso, una mesa con la computadora y un televisor en blanco y negro, de 14 pulgadas.
Así fue como conocí a Counting Crows.
Tenían un hit, Mr. Jones, que sonaba y sonaba en VH1. Esa fue la primera canción que tarareé de la banda californiana. A partir de ahí no he dejado de asistir a la alquimia que Adam Duritz hace con su voz y su presencia, junto con la guitarra que Dave Bryson toca desde hace 20 años.
¿Qué me gusta de Counting Crows? Las historias que cuentan en sus canciones. Simples versos, historias pequeñas. Y también un par de covers que hemos descubierto en casa por estos días, de la mano de Grooveshark.
A muchos años de ese fin de 1994, escucho estas canciones con el mismo placer.

Raining in Baltimore por Counting Crows

Un libro de cumpleaños

Hotel room. Oil on canvas, 1931. Por Edward Hopper

I

Es temprano. Como ocurre casi siempre, no duermo la mañana, aunque pueda. Me levanto con ganas de café, café La Llave. Preparo la cafetera y casi en un minuto, el aroma ocupa mi espacio. Un poco de azúcar en la taza (la otra taza lleva un toque de leche, con espumita y canela en polvo) y el mundo empieza a tener forma a partir del primer buchito. Ah! Una delicia, la verdad.

II

Vuelvo a un libro de Murakami; quiero recopilar las canciones de After Dark. Hace un par de días que lo terminé de leer. Es como el guión de una película que transcurre durante la madrugada y cada capítulo está señalado con un reloj que marca siempre la noche. Todos se mueven y se cruzan en bares, hoteles de trampa, tiendas abiertas las 24 horas y una oficina que escucha a Bach y a Scarlatti, mientras en ella, un tipo frota su mano mentirosa y golpeadora. Todos solos. Como en los óleos de Edward Hopper.
Murakami pone un sonido ecléctico a su historia. Me gusta que la timidez de Takahashi suene a jazz: Sonny Rollins, Duke Ellington, Curtis Muller. La timidez de Takahashi me gusta, a secas.

III

– No se envuelve para regalo hasta Navidad – dijo la muchacha amable y fría, cuando compré el libro para Maritza.
Entonces lo tuve ahí, cercano. Y no quiero que ella sepa que lo leí antes de dárselo, pero era muy tentador. Yo sólo quería escuchar el soundtrack de la soledad.