El caballo rojo

En el tíovivo de la mentira
El caballo rojo de tu sonrisa
Gira
Y yo estoy ahí plantado
Con la triste fusta de la realidad
Y no tengo nada que decir
Tu sonrisa es tan verdadera
Como mis cuatro verdades

Por Jacques Prevert

Siempre que escucho de Robert Doisneau no pienso en esas tremendas, pero tan manidas fotos de París. Siempre que escucho de Robert Doisneau, pienso en Prevert. Y esas dos tremendas fotos, por suerte, no tan manidas, que le tomó al poeta en los cincuentas, del siglo pasado. Siempre que pienso en Prevert, regresa este poema, una y otra vez, como un tíovivo que da vueltas y vueltas. Hoy a todo el mundo se le ha dado por hablar de Doisneau.

Hey Marty!

«Te estoy hablando de una ópera, Marty. Las peleas serán como las arias. Sólo tú puedes convertir esta historia en una ópera del Bronx.»
— Robert De Niro. A propósito de Raging Bull.

Muchos de esos pichones de italianos dieron gente de cine. Nombres hay, hasta para hacer dulce. En eso pensaba, durante el insomnio de las cuatro de la mañana. Y porque anoche vimos Hugo, de Martin Scorsese.
Siempre atento a eso de las raíces, del arraigo y de donde venimos, sus películas van desde la ficción, pasando por Raging Bull que es mi favorita, para luego llegar a esos excelentes documentales sobre la historia de la música norteamericana y sus ascendentes. Regreso una y otra vez a cualquiera de las siete películas de ese proyecto, con el mismo placer con que las descubrí, hace más de un año.
Pero no quiero perderme en la digresión, quiero volver a la frase de hace un rato, retomarla; anoche vimos Hugo.
Desde niña sentí mucha curiosidad por los aparatos. Me enmiendo: por el interior de los aparatos. Esa curiosidad que me agarraba fuerte y metía mis ojos y mis manos adentro de cuanta cosa llamaba su atención. También fueron pasto de ella algunas ranas y lagartijas, confieso.
Entonces, este señor, sí, ese, Scorsese, hace esta película a partir de un libro, en la que reune varias de mis pasiones. A ver, hagamos recuento.

1.- Pasión por desarmar y armar aparatos, incluidas algunas ranas y lagartijas.
2.- Pasión por el cine y su primera manera de hacerlo.
3.- Pasión por una noche compartida con mi hermano en el cine La Rampa, viendo Viaje a la luna.
4.- Pasión por los libros de Julio Verne, más o menos en la misma época en que ocurría el punto 1.
5.- Pasión por París.
6.- Pasión por los trenes.
7.- Pasión por los relojes.

Anoche vimos Hugo. Y yo andaba como niña con juguete nuevo. La inocencia de esos años de la infancia se instaló un ratico cerca de nosotros. La historia simple, bien contada, de George Méliès y su importancia en ese primer cine, el de muy al principio, nos llenó el pecho de un lindo calorcito con sonrisa instalada y todo.
No se por qué, tengo la seguridad de que Martin Scorsese no merodea por aquí. No me importa. Le doy las gracias porque anoche vimos Hugo.

Instrucciones

Uno: piensa en lo que necesitas,
en eso que te hace feliz, la pinceladita.

(Piénsalo sólo una vez
y luego ya no lo pienses más).

Dos: piensa el paisaje completo,
hasta donde te den los ojos.

(Piensa una pincelada junto a otra,
y un nombre y otro nombre
y tantos esfuerzos.)

Tres: regresa al pedazo de lienzo
que parezca depender de tu mano
y haz que en ese espacio suceda
todo lo que querías que el mundo fuera.

Por Patricia Fernández-Pacheco

Las graciosas manos de Tilly Losch

Emil Otto Hoppé encontró su alma gemela allá por 1928. Más aún, cuando supo que compartían nombres parecidos.
Ottilie Ethel Leopoldine Losch era actriz y bailarina de gran fama en Europa. Su nombre en los créditos de las películas mudas era Tilly. Emil lo sabía y no le importaba que le chiquearan el nombre hasta parecer otro. Incluso le gustaba; mantenía cierta complicidad entre ellos.
Emil no estaba destinado a ser fotógrafo. Sus padres invirtieron dinero y tiempo en una refinada educación, con el único propósito de que el hijo iluminado por el saber de los negocios, mantuviera la tradición de la familia. Sin embargo, su vocación torció esos designios y a pesar de que la fotografía empezaba a abrirse un camino, como el «nuevo arte», por ahí avanzaron los pies de Emil, desde muy joven.
Mucho tiempo dedicó Emil a retratar a sus contemporáneos: paisajes urbanos y rurales, mujeres y hombres, actores, actrices y gente de a pie.


Tilly Losch fue una de sus modelos. Tal y como él lo prefería, despojada de adornos, la mirada directa a la cámara, la cara sin maquillaje.
Su trabajo, aún siendo un amateur, fue muchas veces reconocido en Inglaterra, donde lo admitieron como miembro de la Royal Photographic Society, en 1903. El mismo año en que nació Tilly.
La primera foto que hizo de sus manos, también fue la última. Luego le dejó el encargo a sus ayudantes, porque no era posible tomar una foto mejor.

Las manos de Tilly Losch fueron famosas, gracias a esa primera foto, pero también por las que le siguieron.
Y por una película en la que ella crea, frente a la cámara, una especie de baile con sus manos.

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Tilly se casó dos veces. Sus segundas nupcias la convirtieron en la condesa de Carnarvon y en pintora. Su vida fue un ir y venir entre la actuación, la danza y la pintura.
Murió en 1975, un poco más de tres años después de que Emil se fuera.

Leo

Sí, sí, también leo. Ahora mismo, Murakami y su enorme novela 1Q84 invade mis noches. Todas.
Pero me refería a Leo, con mayúscula. Es decir, nombre, sustantivo propio.
Leo posa para imitar a Leo. El apócope me permite jugar con los nombres de Leonor Watling y de Leonardo Da Vinci.
Qué empeño en imitar lo viejo, no? Cuánta nostalgia.


Veánla a Cecilia Gallerani posando para Leo.


Veánla a Leo cuando hace de La dama del armiño, de Leo.

Me sigo quedando con Leo, el pintor. La luz, la expresión de ella, sus rasgos perfectos en la madera, la intención huidiza del animalejo ese.
Cualquier tiempo pasado fue mejor, diría Manrique.