Pasando páginas

Todo eso que encierra la palabra venganza es lo primero que vemos en la película La tourneuse de pages de Denis Dercourt. Pero si miramos mejor, hay otras aristas, muy jugosas, que el director, las dos actrices principales y en especial, el fotógrafo Jérôme Peyrebrune nos ofrecen, en una pieza chiquita y al mismo tiempo elegante e inteligente.
El cine francés, en general, apuesta por lo que no se dice. Permite, a los que asistimos a sus entregas, un vuelo imaginativo notable, sin esos golpes bajos de manipulación que inmediatamente llevan las sensaciones por caminos más trillados. Sin embargo, en esta película, la cámara dice, es tendenciosa, es la que pone la densidad de las secuencias, la que marca lo enrarecido y perturbador que envuelve a esta historia; bien contada con muy pocos recursos y excelentes actuaciones. Y no nos empuja a los mismos trillos, por cierto.
Subyace, más allá de lo evidente, un retrato social que en primer plano dibuja a la envidia, a la intolerancia, a la diferencia de clases y a esa pose pública que algunas gentes sostienen para esconder sus propias miserias.
Una película recomendable. No para los grandes y aclamados festivales, ni premios de la Academia. Sólo para una velada, en casa, después de cenar y antes de la medianoche. Porque después, ya sabemos, nos convertimos en calabazas.

La tourneuse de pages de Denis Dercourt. 2006.

Las causas justas

Sebastián Corbat entró a nuestro equipo en el 2000, creo. Trabajábamos en un mismo proyecto y él era parte del team que desarrollaba en Lotus Notes. Fue un gran proyecto ese, mucha gente. Diría más, mucha gente buena. Por eso nos quedamos conectados cuando el proyecto terminó o cuando algunos nos fuimos a otros lados.
Así fue que asistimos a bodas, nacimientos, bautismos, fiestas varias de reencuentro, con el único pretexto de vernos de nuevo, bajo el ala maravillosa y bendita de la buena amistad.
Sebastián, en un momento, se fue a trabajar a Chile. De allí volvió con Angélica para no soltarle la mano nunca más. Recuerdo que cuando conocimos a Angélica, nosotros, los que habíamos sido parte de ese proyecto de trabajo y que ya éramos una familia elegida de amigos, aprobamos tácitamente la elección de Sebas. Ella nos conquistó también con su sonrisa y su mirada, que parece estar siempre húmeda. Luego la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Florencia, el primer bebé de Sebas y Angélica llegó unos años después de que en Chile se encontraran. Y de nuevo nos convocó el evento para agasajar el aumento de la familia. También, llegó Vicente, el hermano de Florencia. Y la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Ahora, desde hace algunos meses, la vida se ha detenido un poco. Sebas está enfermo y necesita ayuda para mejorar. Necesita ayuda para que la mirada de Angélica se mantenga sólo húmeda y no se convierta en un río de lágrimas.
Sebas, nuestro amigo, necesita ayuda. Es una muy buena razón, para nuevamente, reunirnos bajo el ala maravillosa y sanadora de la amistad.

Legs of NYC

Un hombre mira las piernas de las mujeres que se cruzan delante de sus ojos. Un hombre que tiene suerte con el instante preciso y el obturador. Frente a la mirada tuya, la mía y la de ese otro.
New York son sus piernas, también. Por ellas pasan las estaciones; el frío, el calor, la lluvia, las hojas. Piernas de subway y de esquinas que esperan el cambio de la luz del semáforo. Las mismas que corren entaconadas a la oficina o al teatro.
Piernas de New York, en botas, en chatitas y en sandalias.
Piernas detenidas y moviéndose.
Esas piernas que Frank Guiller retrata en el Lowest Manhattan y que no sólo a mi, dicen lo que él ve.
Yo no puedo despegar mis ojos de estas fotos. Las veo pasar en el slide show, una y otra vez; quiero descubrir lo que él ve. Quiero poner mi dedo en el obturador.

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Elogio nostálgico de la plancha

Óleo sobre lienzo por José Armendáriz

En mi casa no se almidonaba. Mi abuela juraba, en ese gallego inentendible, que el almidón hacía daño a la piel. Aunque no era por eso. Ésa era una excusa; un pretexto para no reconocer que la almidonadera no le gustaba. A mi abuelo tampoco. Así, en mi casa de la infancia, el almidón alcanzó la categoría de estigma.
Sin embargo se planchaba. ¡Y cómo! Mi madre es una frenética de la plancha. Le gusta; siempre le ha gustado. Los domingos por la tarde, un olor caliente ocupaba la sala de mi casa, mientras mi madre hacía lo suyo esperando la transmisión por CMBF del concierto de las 5, en el Amadeo Roldán. A ese concierto asistíamos, con mi padre, cada domingo. ¡Cuántas cosas odiosas para un mismo día! La hora de planchar y la de ir al Amadeo. Será por eso que el domingo no es mi fuerte.
Un día llegó el polyester. Recuerdo cómo mi madre decía que esas ropas eran «wash and wear». Era muy graciosa la manera en que se hacía la fina, pronunciando las palabras en inglés. Las horas de plancha, los domingos, disminuyeron notablemente. También, el Amadeo dejó de ser sala de conciertos para convertirse en un montón de ruinas, luego de ese fatídico incendio.
Yo no plancho. La plancha es un objeto que ni siquiera tengo en mi casa.
Y cuando los domingos se ponen bien densos, con esa densidad que sólo los domingos saben hacer, siento al aroma caliente y también dulce de las tardes de plancha, sin almidón, de mi casa de la infancia. Oigo a Mozart sonando en la radio de mi madre, a esa hora de los conciertos del domingo en el Amadeo.