Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.
La Esperanza. Roberto Bolaño. Abril 28, 1953 – Julio 15, 2003.
«No llegué a la fotografía en busca de magia, sino como una manera de hablar de mi dolor.» Jan Phillips
Con Everlasting moments, el director de cine sueco Jan Troell, ha logrado una extraordinaria película sobre un ama de casa, que mantiene viva su alma y ya de paso, a su numerosa familia, con una cámara fotográfica.
Contada por Maja, la hija mayor de María y Sigfrid, su relato va de la admiración al cuestionamiento, del amor al odio, de la frustración a la duda. En una época en la que las mujeres poco podían hacer para ser escuchadas, Maja cuenta aun sin entenderlo del todo, cómo su madre rompió ciertos esquemas de esa sociedad tan patriarcal y mantuvo, a veces a su pesar, la unión de la familia.
María no ama a su marido, pero lo cuida; María lucha por tener un espacio para que su imaginación vuele, mientras aprende a conocer un aparato que cayó en sus manos, por casualidad. Y además cocina, cose, lava, juega con sus hijos y soporta la violencia de Sigfrid. Sufre cuando alguna vez su creatividad la aleja de esos deberes, cuando su corazón osa soñar con otra vida, con otro hombre.
Una pelicula sin estridencias pero profunda en su decir, es lo que Jan Troell nos ofrece, con actuaciones excelentes, donde destaca María Heiskanen, como María y Jesper Christensen, como Sebastián, mentor y confidente de Mrs. Larsson. El ambiente sórdido y chato de un pueblo de campo, la vida de todos los días, sólidamente retratada y la angustia de estas personas que viven en una sociedad dura e intolerante, es también parte del acierto con el que Jan Troell tejió su propia historia.
Desde el primer momento en el que María se detiene a disfrutar la belleza de un carámbano, quedamos asombrados por la atención que presta esta simple mujer a los detalles de la vida.
«No todo el mundo está dotado con el don de ver», Sebastián le dice a María. Y lo que vio Jan Troell es el primer don de cada fotograma de esta gran película.
Había días que no hablaba. Días que prefería la penumbra y mirar por la ventana. Se sentaba sola en la cocina, se componía el vestido a los manotazos, juntaba esas mismas manos sobre la mesa y se quedaba en silencio. Yo seguía su mirada, desde la altura de mis siete años. La sombra de la mata de mango en el patio, la reja del portal, el sonido del pico del loro contra la jaula, su nombre voceado por la vecina. Yo tampoco hablaba, me preguntaba qué buscaba en la ventana.
La última vez que estuve en La Habana, yo no sabía que al regreso, me esperaba Lisandro Aristimuño. No creo que hubiera apurado alguna cosa para volver, sólo conociendo su nombre. Pero de haber escuchado, aunque sea una de sus canciones, hubiera acortado toda distancia para zambullirme, completa, en el turquesa de esa Viedma, tan suya.
Lisandro Aristimuño es del Sur. Lo escuchas y algo de ahí ya sabes. Folclore argentino, mezclado con lo que fue tomando de otros lados y un poco más de esos sonidos que inventa, con sus máquinas y su cabeza.
En el año 2007 lo ví dos veces en vivo. Mi cámara pequeña lo registró en ambos conciertos, en dos canciones memorables de sus primeros discos. El plástico de tu perfume, fue grabado hace justo 6 años, el 25 de mayo de 2007. Lisandro canta aquí con Liliana Herrero, gran intérprete de la música argentina y Cerrar los ojos, grabado el 15 de diciembre de 2007. La Trastienda de Buenos Aires, fue un escenario íntimo y maravilloso para él, su banda y todos nosotros que allí cantábamos y escuchábamos esas maravillosas músicas.
De su disco 39º, es esta canción que quiero compartir aquí y ahora. Reinventada, en estudio, con más cuerdas y el tambor de Rocío Aristimuño, parece otra y la misma. Me emocionó mucho hoy, volver a escucharla.
Encuentro sus anteojos sobre la mesa. Los tengo unos segundos en mis manos y cambio los míos por los suyos.
Salgo de casa y me paro quietecita en la acera, con la espalda pegada a la pared de la fachada. Intento adivinar la vida a través de esa mirada.
Veo a mi alrededor la calle, la muchacha con la media rota y los tacones altos, el semáforo, el papel que planea sólo con un poco de viento sobre el asfalto, el pelo atado con la horquilla, el paragüas soportando tantas gotas.
Sonrío. Todo está desenfocado.
Tal vez el truco no sea intercambiar los anteojos para saber cómo mira, quizás lo que importa es encontrar el reflejo en sus ojos.