
Hace cinco días que empezaron a revertirse los símbolos. Otra vez.
Siempre que termina un ciclo, lo que ayer se compartía con todas sus semánticas, queda como estático, mudo, sordo y pálido, porque ya no dice nada. Aún así, yo extraño el valor de los símbolos.
Puedo hacer una larga lista de símbolos. Sí, es una larga lista, a pesar de que fue un ciclo corto. Una lista que escribo, separado cada miembro de ella por guiones, como una catarsis, un exorcismo.
Hoy por la mañana, por ejemplo, caminaba las diez cuadras de cada día, desde que dejo el autobús hasta la oficina. Es un trayecto que hago con placer: ya está fresco en las mañanas y si como sucedió hoy, es una de esas, despejadas y de luz otoñal bien clarita, todos mis sentidos agradecen, mientras los pies se mueven en compás por el barrio de Coghlan. Me bajo en Cramer y voy hasta la esquina de Av. Congreso para «hacer» una izquierda y continuar sobre esa misma avenida rumbo a la vía.
Este barrio está fuera de la simbología compartida pero tiene sus excepciones. La primera: en sentido contrario a mi caminata viene un «fitito» rojo, conducido por una señora. Aquí es cuando extraño una ruda caricia que hacía mi contraparte, en los días luminosos y tristes del verano de Buenos Aires. La segunda: me cruza en la acera un señor que saca a pasear a su mini schnauzer. De nuevo, extraño la alusión a «Lady» y el comentario obligado «cuántas Ladies que hay».
Estos dos hallazgos (linda palabra) hacen lento el paso, nublan los ojos y la cabeza vuela a los recuerdos. Putos recuerdos.