Cómo te extraño Clara

Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Por Jorge Luis Borges. Fundación mítica de Buenos Aires, fragmento.

Ahí donde Serrano cambia de nombre se desayuna muy bien.
La mañana fría del domingo amaneció tempranito a pesar de la trasnoche de sábado.
En lugar de diarios en papel, diarios on line.
Y un café, dos, tres, con tostaditas de pan negro, queso blanco y miel.
Palermo con todos sus trapos de invierno. Un sol mustio, ahora, inunda la acera de hojas amarillas.

Risotto

Me gusta el risotto con carne de hongos; portobellos, shiitakes, champignones, cualquiera, pero que sean bien gorditos. Me gusta cuando los corto y el cuchillo se hunde en la masa haciendo un poquito de resistencia. Comer el risotto es muy rico. Preparar los ingredientes y cocinarlo, es…, hacer magia.
Primero, tener todo cortado en tamaños iguales: la zanahoria, el puerro, los espárragos. Después preparar un buen fondo de verduras o de pollo. Con cualquiera de los dos caldos me gusta. Luego rehogar, es uno de los más altos momentos; los aromas potenciados con un buen aceite de oliva extravirgen, mmmm, se empiezan a movilizar los jugos en el estómago y la boca se te hace agua, no?
Es entonces que llega la vedette del espectáculo: el arroz. Arbóreo, el mejor, de buen almidón y redondete. Y ahí vamos, incorporado a la sazón, rehogado él mismo, esperando ansioso por la avalancha del líquido, salado en lo justo, y a revolver. Revuelve y revuelve, con cuchara de madera, eh? Y dale, y vas viendo cómo se va poniendo untuoso, a medida que el grano se abre. Sigues revolviendo y agregando más caldo, cada vez que te lo pida, mientras no paras de revolver.
Son unos cuantos minutos, hasta que ves cómo la generosidad del arroz te avisa y te obliga a parar. Porque lo mejor del risotto es el arroz. Que es una verdad de perogrullo, sí claro, pero no por eso menos contundente.
¿Sabes qué te sugiero? Pídele, tiernamente a tu pareja, que te prepare un trago en lo que estás revolviendo: es el aperitivo ideal.
La albahaca del jardín francés, como estaba cerca, adornó un poco en la mesa cada plato servido con pimienta recién molida y queso rallado. Sí, ese, el Reggianito de Sancor.
¡Buen provecho!

Reir

La pregunta fue hecha en el Central Park. ¿Qué es lo que más le gusta a una mujer de un hombre? En la tarde fría, después de una intensa nevada del febrero niuyorquino, no es una pregunta tan fuera de lugar. ¿O sí?
La respuesta: lo que más le gusta a una mujer de un hombre es que la haga reir.
Y aunque yo no estaba, no escuché las voces, ni ví la nieve, unos minutos antes de desembarcar en el Metropolitan Museum, suscribo esa respuesta como si fuera mía.

Las fotos de Vivian

Tú sabes lo que se puede encontrar en un Mercado de Pulgas. Te gusta revolver en esos depósitos de dudoso orden y encontrar baúles viejos, cortinas en desuso, mesas pequeñas y medio destartaladas. Podrías haber sido tú el que encontrara esos negativos, así, como por casualidad. Los mismos que John Maloof compró sin tener la más pálida idea de qué iban esas fotos ni quién las había tomado. Luego, cuando el revelado hizo lo suyo y las imágenes aparecieron, gracias a la magia que tiene ese maravilloso proceso anterior a la era digital, Maloof se convirtió en el dueño de una mina de oro.
Fotos de gente, en Chicago, en New York. Fotos tomadas durante 30 años por una mujer anónima, que ni siquiera tuvo la curiosidad de ver lo que había quedado guardado en el paquete de películas usadas.
Pienso en Vivian Maier e imagino una persona ordinaria, que llevaba consigo una cámara y asomaba el ojo al visor sólo por el placer del registro. Y me gusta lo que imagino porque sus fotos me dicen mucho más de su sensibilidad y la oportunidad con la que captó ciertos momentos, ciertas miradas de niños, ciertos rincones.
Aquí, el testimonio hasta hace poco escondido; un tesoro que el azar ayudó a descubrir.

Digresión

El aroma de los plátanos fruta lleva el recuerdo a la mesa del comedor que ocupábamos durante todas las comidas del día. La mesa del comedor de la cocina.
No puedo olvidar el silencio de mi abuelo, desayunando. No puedo olvidar el silencio de mi abuela, cocinando.
Y ese aroma que invadía en la media mañana, cuando suplantaba al del café recién colado en la cafetera de hierro y colador de tela, no se por qué, también me lo recuerda esta canción.
No me preguntes la razón. Hay cosas que no tienen explicación. Como el amor.
¿Te preguntaste por qué amas a alguien? ¿Respondiste con honestidad a esa pregunta? Porque casi siempre la respuesta es injusta, es pálida, es chiquita. No tiene respuesta esa pregunta.
Como tampoco tiene sentido que esta canción sea un volver, siempre un volver. A esa calle, a ese portal, al sol cayendo sobre los sillones vacíos.

Calling you por Jeff Buckley.