Las causas justas

Sebastián Corbat entró a nuestro equipo en el 2000, creo. Trabajábamos en un mismo proyecto y él era parte del team que desarrollaba en Lotus Notes. Fue un gran proyecto ese, mucha gente. Diría más, mucha gente buena. Por eso nos quedamos conectados cuando el proyecto terminó o cuando algunos nos fuimos a otros lados.
Así fue que asistimos a bodas, nacimientos, bautismos, fiestas varias de reencuentro, con el único pretexto de vernos de nuevo, bajo el ala maravillosa y bendita de la buena amistad.
Sebastián, en un momento, se fue a trabajar a Chile. De allí volvió con Angélica para no soltarle la mano nunca más. Recuerdo que cuando conocimos a Angélica, nosotros, los que habíamos sido parte de ese proyecto de trabajo y que ya éramos una familia elegida de amigos, aprobamos tácitamente la elección de Sebas. Ella nos conquistó también con su sonrisa y su mirada, que parece estar siempre húmeda. Luego la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Florencia, el primer bebé de Sebas y Angélica llegó unos años después de que en Chile se encontraran. Y de nuevo nos convocó el evento para agasajar el aumento de la familia. También, llegó Vicente, el hermano de Florencia. Y la vida siguió, para ellos, para nosotros.
Ahora, desde hace algunos meses, la vida se ha detenido un poco. Sebas está enfermo y necesita ayuda para mejorar. Necesita ayuda para que la mirada de Angélica se mantenga sólo húmeda y no se convierta en un río de lágrimas.
Sebas, nuestro amigo, necesita ayuda. Es una muy buena razón, para nuevamente, reunirnos bajo el ala maravillosa y sanadora de la amistad.

Nobleza obliga

Hace unos días, WordPress hizo balance por mí y armó en forma de reporte, no tan de mi gusto, una estadística de Mírame bien. Igual que la del año pasado, aunque con un par de datos más. El reporte no es nada del otro viernes, a decir verdad, pero de él, rescato y de esos números me cuelgo, para escribir un agradecimiento. O tres, porque es un sólo post con tres “gracias” incluídas.

– Las damas primero
No recuerdo cuándo y por dónde llegué al blog de Esther Cidoncha. Pero lo que si tengo claro es que no se me escapa cada nueva foto que allí publica Esther, que es bloguera, pero ante todo es fotógrafa. Y fotógrafa de músicos. De músicos que tocan jazz. Sus fotos, sus reseñas de los eventos a los que asiste como reportera, son un lujo para ojos y oídos. Porque, al menos a mí, me dan ganas de ir a escuchar a esa gente que Esther (tan bien) deja intactos en su paisaje.

Esther Cidoncha

– Mejor que la realidad
Jácaras reales es un referente. Y se lo recomiendo a los que aman el cine y la música. Allí se habla de eso, en esencia. Las hermosas historias que teje su autor alrededor de un músico, de una actriz, de una canción, de una película, además de ser una mirada personal es una invitación a la interpretación propia, a mirar con otros ojos y al mismo tiempo disfrutar. Con José Miguel intercambiamos además otros espacios virtuales, de fotos, de pequeños comentarios y algún que otro e-mail. Zaragoza y La Habana o Buenos Aires o Nueva York o Miami. Anywhere. Siempre están en mis lecturas esos cuentecitos maravillosos que me regresan a una butaca; como las de los cines de antes.

Jácaras reales

– Un ¿habanero? como yo
Estoy casi segura que si Tersites y yo coincidimos en el mismo sitio, estaríamos muchas horas hablando y lo que es mejor, riéndonos. Mientras sus hijos nos interrumpen con educación y su esposa participa entusiasmada de la charla, nosotros crearíamos un puente. Y también discutiríamos con respeto y empecinamiento nuestras diferencias. Me enriquece leerlo, porque además, a veces no comparto su punto de vista y como la virtualidad no garantiza que sea una discusión honorable, prefiero el silencio. Pero no dejo de asistir a cada post, a cada foto.

Tersites

Gracias por compartir sus vivencias, sus puntos de vista, sus gustos. Y por pasar y comentar aquí.
¡Feliz año nuevo!

Librerías

Uno de los lugares que siempre busco en una ciudad es el escondite de los libros. No estoy hablando de las mega cadenas de librerías, como Barnes & Noble, El Ateneo, Ghandi u otra similar. Hablo de las que no encadenan; esas que cada año, cuando hacen balance contable temen desaparecer, entre los dientes del monstruo de la masividad.
En la Ciudad de México, recuerdo muy especialmente El Parnaso, en Coyoacán. Tenía además un barcito. Allí pasé muchas horas, frente a la hermosa plaza, café mediante, leyendo a Octavio Paz. Allí también me robaron mi boina de paño negro. La persona que lo hizo, sacó el pedacito de tela de mi cabeza, con su mano adiestrada. Cuando atiné a reaccionar, no quedaba rastro de nada. Agilidad que le llaman, no?
En Buenos Aires, tengo a Libros del Pasaje y Eterna Cadencia. Palermo en todo su esplendor, ofrece esos remansos de lectura y también café, como un oasis, en medio de tanta tienda de objetos de moda y restaurantes gourmet. Salvo Finisterra, el bar más cool del mundo mundial, en la esquina de Honduras y Uriarte.
En Nueva York, cuando la nieve no me deja caminar o el frío me obliga a abrigarme, siempre está Strand para asistirme, sobre Broadway Av., en el medio de Manhattan. Qué hermoso edificio, qué lugar cálido y tan lleno de libros ordenados y al mismo tiempo regados por todos lados. Un libro que atesoro mucho, salió de esos estantes.
En Miami, tengo dos rincones predilectos invadidos de libros. Books & books en Coral Gables y la Bookstore del Grove. Voy acumulando horas de lectura y buena música en ambos lugares. Y por supuesto, café: siempre un café como compañía de los libros.
Pero de todos estos sitios que busco y elijo, me quedo a vivir si pudiera, en Shakespeare & Co. Lo encontré en cuanto llegué a París. Recorrí sus pasillos caóticos varias veces y de ahí tengo uno de los libros de poesía más hermosos que conservo. Poemas de Carver. Un regalo maravilloso.
Por eso, cuando vi el corto de Spike Jonze, más allá de cuánto admiro su cine, la historia bizarra que cuenta, trasladó mi cabeza a esa librería, otra vez.
No hay viaje sin libros, en mi manera de ver y mirar. Estas casas son como la mía, cuando ando cerca.

dom 8:33 p.m.

es la hora en que empiezo a escribir, mientras la lluvia salpica la ventana de falsas hojas.
pero adentro está seco. seco y oscuro. me mojo el pelo.
prendo la linterna de campamento. vivo en un campamento. vivo bien.
leo ese cuaderno que ahora alumbra la linterna.
abajo, alguien tira la puerta que la lluvia también salpica. hay un ruido.
el domingo es esto. y longana.

Cumpleaños

Yo quería darte un regalo. Había pensado en un libro. Quería estar ahí para entregártelo con mis manos. Y también de paso abrazarte, reirme un rato contigo, tomar unas cervezas, conversar hasta mañana, cantar un poco, bailotear si la música se pone a tono. Todo eso quería.
Pero no hay ninguna señal y lo único que puedo hacer ahora es escribir un par de cosas, después que dí una vuelta en la bici. Mirar la tarde del día de tu cumpleaños 45, despacito, en silencio. Saludar el mismo mar, pero desde aquí y que te llegue justo hoy.
Felicidades, Uli.