Berlín

Un libro de Auster, regalo del Día de las madres, fue el que me llevó a otro libro, uno de McEwan que ahora leo. El inocente habla de la ciudad en la que nací. Voy recorriendo con la lectura las calles de la posguerra, el odio a los rusos, la presencia de los aliados y en el medio de todo eso, una historia de amor que al mismo tiempo enfrenta a los que perdieron con los que ganaron. No se si la casualidad tejió el entramado para que todo hoy confluya en el lugar que hace veinte años cambió de un plumazo su fisonomía, su historia y la del mundo moderno.
Nunca he ido a Berlín. Miro con curiosidad lo que tiene relación con ella, no sólo en estos días que la mayoría de los ojos se posan en sus fotos y noticias. De alguna manera siempre ha estado rondándome su influjo; aprendí a leer en alemán y de niña eran familiares las referencias al Hombrecito de arena y al Oso, símbolo de la ciudad. La imagen erguida y puntiaguda de la torre de televisión en Alexanderplatz colgaba de la parte de adentro de la litera que compartía con mi hermano en nuestra infancia temprana.
Por el momento espero la foto que un amigo me prometió del hospital de Lichtenberg, si es que aún existe. Y como sabe lo ansiosa que soy haría lo imposible por no defraudarme. O quizás me engaña como Alex en esta película.

Good bye Lenin. Wolfgang Becker, 2003.

R 13

¿Te acuerdas de la primera vez que viste a Dustin Hoffman? A ver, piensa un poco…, dos minutos y haz memoria…, ¿te acuerdas?
Yo sí. Fue en un cine de Belgrado, cuando tenía 9 o 10 años, mientras mi madre, que ignoraba que Midnight Cowboy no era una película apta para todo público, intentaba que mi hermano y yo dejáramos los asientos a los que ella misma nos había arrastrado veinte minutos antes.
Hoffman se me presentó un montón de veces más en mi vida, caracterizando gente diversa. Nunca va a saber que me encantaría conocerlo.

Midnight Cowboy. John Schlesinger, 1969.

Una de coreanos

La misma persona que dirigió Bin-Jip escribió el guión. No es un dato menor, a mi juicio. Es una historia tan bien llevada a imágenes, que es como leer un libro.
No fue esta la primera película que vi de Kim Ki-duk. Pero ninguna de las que hizo, antes o después, me sigue diciendo cosas. Aún en la soledad de este domingo.

Bin-Jip (AKA Hierro 3) de Kim Ki-duk, 2004.

De Checoslovaquia con amor

¿Cuánto nos llega a influir un libro o una película? ¿Y una canción, una foto, un óleo de gran formato? Después de la familia y los maestros, pienso que cualquier manifestación artística a la que nos acercamos deja una huella importante en la personalidad de cada uno.
Los libros de Milan Kundera fueron compañía obligada durante un tiempo, aún cuando llegar a uno de ellos, en la isla, era una suerte de malabarismo para burlar las prohibiciones oficiales. Y no lo incluyo a Kafka, como parte de la lista, porque escribía en alemán y estoy convencida de que su nacimiento y vida en Praga fue una casualidad.
Pero quiero ir al punto principal: el día que vi Hair, en la salita de video club que estaba en la esquina de las calles 23 y M, en La Habana, marcó un antes y un después de mi manera de ver el cine.
Milos Forman ya había entrado en mi universo con One Flew Over the Cuckoo’s Nest, la película que le dio su primer Oscar y no imaginaba yo lo que este señor amasaba en su mesa de creador.
¿Qué se puede expresar cuándo hablamos de Ragtime, Amadeus, Valmont, The people vs Larry Flint? Se me ocurre, por ejemplo, que esta secuencia de Amadeus, resume el espíritu de la historia apócrifa del genio y su sombra, gracias a la mano de Forman.

Amadeus de Miloš Forman, 1984.

Afortunadamente MK y MF, andan por ahí, compartiendo con nosotros el mismo lifetime.