I hate love

Graffiti por Stanley Kubrick

En sus años mozos, Kubrick hacía fotorreportaje. Trabajaba para The Guardian que no era tan infame como lo es ahora, entre otras cosas porque el mundo no lo era tanto. De la mano de una foto descubrí el fotógrafo que hubo en él. Porque como casi todos, primero, ví sus películas. Desde La Naranja Mecánica hasta Ojos bien abiertos, pasando por El Resplandor y Full Metal Jacket.
Esta foto que hace unos meses tengo frente a mí, tomada a finales de los años 50 del siglo pasado, tiene una modernidad aplastante. La composición, el grano del fotograma, el blanco y negro, el graffiti triste, patético y cargado de drama, escrito por una mujer con lápiz labial, es lo más cercano a la realidad de estos tiempos.

Temporalmente cerrado por felicidad

Es tan temprano que casi no hay luz afuera.
Estoy parado junto a la ventana.
Tengo una taza de café en la mano,
y en la cabeza lo que a aquellas horas
se suele confundir con pensamientos.
Entonces veo al chico con su amigo
que vienen por la calle
para entregar el diario.
Tienen puestas gorritas y pulóveres,
y uno transporta una mochila al hombro.
Tan felices están
que ni abren la boca, estos dos chicos.
Creo que, si pudieran,
se tomarían del brazo.
Es muy temprano de mañana, y ellos
están haciendo este trabajo juntos.
Se acercan lentamente.
El cielo ya comienza a iluminarse,
aunque la luna cuelga pálida sobre el agua.
Tanta belleza que, por un minuto,
la ambición o la muerte, o incluso hasta el amor,
nada tienen que ver con todo esto.
Felicidad. Viene sin que la llamen,
y trasciende cualquier disquisición
matutina al respecto.

Por Raymond Carver.
Traducción de Zaidenwerg.

El buen oído de Leonard

Se fue hace apenas ocho días. Quiero creer que no intentó cantar ni tocar ningún instrumento, pero amaba el jazz y se reinventó una manera de ser él mismo un músico, aunque cámara en mano.
Sus fotos, donde en interminable slideshow desfilan los más importantes y carismáticos artistas, son el documento más importante de la época dorada del jazz. El blanco y negro, el humo, la vida bohemia de bares, estudios de grabación y conciertos fueron sus aliados a la hora de dejar constancia de los sonidos que salían de las manos y las voces de estos hombres y mujeres que hicieron parte de la historia desgarrada de New Orleans y New York.
Vivió a pleno, el bueno de Herman, por eso es menos dolorosa su pérdida. Acá, con los simples mortales que le sobrevivimos, quedan estas fotos y el ruido estruendoso de una carcajada.

Herman Leonard. 1923-2010.

Una foto, un cuento

Scarborough por Tony Ray-Jones, 1941 – 1972.

El ferry parecía aún más lento que el río. Sólo un crujido metálico sugería que nos movíamos. Flotábamos en aguas de color terroso. El viento soplaba desde la isla, y desperdicié seis cerillos para encender un cigarro. El humo cubrió mi rostro como la huella de una mano en las sábanas. No la vería nunca más. Así me lo dijo en la isla. Sacó las desgracias como si las hubiera doblado y las desplegara para que volviera a hacer con ellas lo que había provocado en su vida. Tenía que irme, aún había un ferry. Habló de horarios mientras yo veía la huella de su mano en la sábana, los pliegues que comenzaban a alisarse.

Un disparo por Juan Villoro
Texto completo del cuento.