Ojalá seas tú

Él viene desde un lugar cercano al mío. Barrios aledaños. Tengo un recuerdo lejano de su respiración en mi pelo y un temblor ansioso que salía de mi estómago. ¿Cuánto hace? Muchos años, tantos que hoy somos los mismos. Y bailábamos con otros la canción de Tootsie, que ahora ya no es lo que era antes, pero que la nostalgia mantiene «intacta en su paisaje».

It might be you por Stephen Bishop. OST Tootsie, 1982.

Cadáver exquisito

No hace tanto tiempo nos reuníamos en casa de algún amigo a pasar el rato y terminábamos jugando. El cadáver se armaba así: persona A escribe una frase en una hoja de papel, dobla el pedazo, de modo que no se pueda leer y le pasa el papel a persona B, quien repite el procedimiento, pasando la hoja a persona C, hasta que llega al último. Al final, se desplegaba el abaniquito en que se había convertido la hoja y en voz alta se leía, como un párrafo, todo lo que allí estaba escrito. Verdaderos hallazgos aparecían en esa lectura. A veces había una extraña conexión entre las frases, como si las hubiese escrito la misma mano.
Algo así, pero aprovechando el timeline de un hashtag de Twitter es lo que hicieron de manera bastante original, para mi gusto, un grupo de amigos y colaboradores. El germen de la idea, los participantes directos y todos los créditos, se pueden chequear en Bajo la influencia y en Las TermóPilas. Ellos lo explican perfectamente.
Y el resultado, justo aquí y ahora, también.

#yoconfieso por Juan Zelada.

Jarabe

Escuchaba la canción en casa de unos amigos a los que les gusta mucho esta banda. Y se quedó dando vueltas en la cabeza toda la noche, como el saborcito del jarabe para el asma, que te raspa la garganta por un rato.
Muy dulce, excesivamente dulce. Yo prefiero amargo y no un camelo.

Por Jarabe de Palo. Depende, 1988.

Otras lecturas

Murakami escribe como si fuera mi amigo de toda la vida. Y no lo digo sólo por este libro de él que ahora mismo está en la cima de la montañita de libros que crece en mi mesa de luz. El primero que leí, por recomendación involuntaria del autor de Elegí un mal día para empezar a fumar, fue Tokio Blues. También me pareció una charla de café con alguien cercano. No se si tendría la misma percepción si pudiera leerlo en japonés.
Y es que a Murakami le gusta el jazz, le gusta escribir y le gusta correr, como a mí. Creo que seríamos grandes compañeros si no tuviéramos ese problemita con el idioma. Pero a ver…, habla inglés no? Eso facilitaría un poco las cosas en materia de comunicación. Aunque definitivamente, estoy cada vez más convencida de que seríamos compinches.
Porque Murakami va a correr movido por el dolor y convierte el dolor en el motor que moviliza las piernas, los brazos y la mente, haciendo un experimento real de aquello que fue enunciado por la ley de conservación de la energía: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Dejé a un lado por unos días la lectura de Bolaño y Carver, para meterme de cabeza en el testimonio de un escritor, dueño de un bar temático especializado en jazz, que un buen día decide empezar a practicar las carreras de fondo. Voy leyendo o mejor, devorando cada página, con la certeza de que está hablando de mi.
Cuando ya muy tarde, sin sueño aún, decido apagar el velador, salgo a correr, luego nado un poco, atravesando el Mar Caribe hasta llegar a los cayos de la Florida, donde estoy segura de que podré dormir acunada por una voz muy dulce que dice mi nombre.

A veces llegan cartas

Hace unos días recibo un e-mail que transcribo:

—–
Hola Zoe Pe,
Cómo está todo por BAires?
Y la bella de Ana?
Me envías la dirección de tu casa?……no creerás lo que me ha sucedido hoy…estaba haciendo café en la mañana y un paquete de café La llave me comentó que quería irse a Buenos Aires…..así que no me queda más remedio que contar contigo para que le des morada….como bien sé que haces con los amigos…y los amigos de los amigos…..tienes espacio en tu casa para tanto aroma?

—–

Mi sonrisa era casi carcajada cuando leo e inmediatamente respondo:

—–
Uh, qué café inteligente ese, no? Coméntale que aquí será tratado como se merece, ¡a la cafetera!
¿Cómo andamos por allá?
Besos.

—–

Luego de algún silencio y sobre la misma cadena de e-mails vuelvo a recibir:

—–
Mis amigos partieron el lunes. Desconocemos el itinerario, pero sabemos que el destino es BAires.
Tienen tus señas, así que se las arreglarán para encontrar tu puerta.
Para evitar impostores, llevan la contraseña adjunta.
Son amigos muy apreciados, pero no te fíes. Te advierto que, entrañablemente, invadirán tu casa.
Besos.

—–

Iba leyendo al son de una música muy conocida, adjunta en mp3 al mensaje…, Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café…!
Y finalmente hoy, el tan esperado arribo.
¿Qué puedo hacer ante tanta generosidad?
Ellos son tan humildes que no sé si aceptarán un homenaje público.
¡Gracias, chicos! Mi taza de café humea junto a la laptop, mientras les mando este beso y un abrazo apretado.