La petite mort

Por Gorka Lejarcegi.

«No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien no tiene nada de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.»

Por Eduardo Galeano.

Cordón

Una cazuelita. Un símbolo de que tenemos la misma edad, que somos de la misma generación.
Es para quedarse un rato, buscando en el fondo, quién sabe qué. ¿Tú sabes?
Yo te aviso que una vez que estás ahí, es muy difícil salirse.
Es la puerta que entra a un laberinto. La entrada de un pasillo que lleva a un lugar seco y caliente. A un lugar entrañable que se mueve a setenta, o quizás a noventa, pulsaciones por minuto.

Escrito hace tres años

En Off The Map, lejos del predecible mundo que conocemos, Los Groden hallaron un lugar en el árido desierto de Nuevo México. Allí concibieron una forma de vida lejos de los bancos, el consumo, los aparatos electrónicos y las vías de enseñanza institucional. Criaron una hija libre, con una humildad absoluta frente a la naturaleza y a los otros. Levantaron un monumento a la amistad y al amor, sin condiciones y también sin proteccionismo.
Un padre deprimido por seis meses, un amigo a toda prueba, una mujer pérdidamente enamorada de su marido y una niña de once años que coquetea con la gran ciudad, son los personajes que nos presenta Campbell Scott, en su película del año 2003, filmada en escenarios originales y con un guión basado en la obra de teatro de Joan Ackermann. A ellos se une William Gibbs, un cobrador de impuestos que deviene en pintor de la curvatura del planeta y cae rendido ante los encantos perturbadores del desierto, no sin antes reencontrarse a sí mismo desde la simpleza de las relaciones que establece con esta singular familia.
Las imágenes y los hechos van transcurriendo casi sin que nos demos cuenta. Los puntos de ruptura del argumento se manejan de forma natural sin golpes bajos ni efectismos que manipulen nuestra sensibilidad, mientras que el sentido del humor es la clave principal de los diálogos.
Anduve googleando para ver las críticas y comentarios de esta película y encontré de todo. Gente que dice que es un plomazo porque «no pasa nada», otros que explican que los personajes son endebles y su sicología no está bien resuelta, algunos que opinan que es lo mismo de siempre: la redención del aislamiento como salvación del ser humano ante la agresividad y la colectivización de la vida moderna.
Tranquila, sin estridencias, con una fotografía que hace honor a lo generoso de la geografía, es una película recomendable.

Para AF que aún no la vio.

El buen oído de Leonard

Se fue hace apenas ocho días. Quiero creer que no intentó cantar ni tocar ningún instrumento, pero amaba el jazz y se reinventó una manera de ser él mismo un músico, aunque cámara en mano.
Sus fotos, donde en interminable slideshow desfilan los más importantes y carismáticos artistas, son el documento más importante de la época dorada del jazz. El blanco y negro, el humo, la vida bohemia de bares, estudios de grabación y conciertos fueron sus aliados a la hora de dejar constancia de los sonidos que salían de las manos y las voces de estos hombres y mujeres que hicieron parte de la historia desgarrada de New Orleans y New York.
Vivió a pleno, el bueno de Herman, por eso es menos dolorosa su pérdida. Acá, con los simples mortales que le sobrevivimos, quedan estas fotos y el ruido estruendoso de una carcajada.

Herman Leonard. 1923-2010.

Elogio de la lluvia

Día de lluvia

Anoche, Ana y yo decidimos caminar las casi veinte cuadras que nos separan de la casa del cumpleaños. En realidad fue una decisión mía; ella sólo preguntó cuanto caminaríamos y no se quejó cuando le dije. Salimos, también con la idea de comprar un regalito para nuestro amigo cumpleañero. Lo primero que descubrimos fue el nuevo negocio que han abierto en la esquina después de la nuestra. Algo así como fiambrería, aceite de oliva y vinos. Me gustó el lugar; la claridad, lo bien dispuesto de las mercancías y la limpieza. Seguimos nuestro camino hasta alcanzar la avenida grande jugando al Veo Veo. Llegamos a una intersección importante y siento la voz de Ana que dice, «el cielo está titilando». Que en español quiere decir que está tronando. Advierto que efectivamente huele a agua y que no estaba lejos el momento en que nos íbamos a empezar a mojar. Ya estábamos más cerca de nuestro destino, así que seguimos el rumbo casi al mismo tiempo que empezaban a caer las primeras gotas. Vimos una tiendecita de bufandas y collares, donde probablemente encontraríamos algo para el amigo homenajeado. Y con tan buena pata que conseguimos un lindo trapo para el cuello; buen tamaño, lindos colores y de precio razonable. Con la bolsita en la mano y de nuevo en la vereda nos encontramos con un aguacero en ciernes. Corrimos un poco hasta la esquina de la inmobiliaria que tiene como un techito y allí nos refugiamos; las dos sentadas en el murito de la entrada, viendo llover sobre la Avenida Corrientes. Mi abuelo diría «está lloviendo para abajo» le dije a Ana. Me miró con cara de «pobre, está hablando cualquier cosa», porque viste que los niños ahora son muy sabios. Me quedé junto a ella un rato, veinte o veinticinco minutos, con los ojos llenos de un espectáculo tan viejo y tan hermoso.
Mi pelo y el de ella, lo más parecido que hay entre nosotras, enrulaban sus puntas por la humedad y las gotas que nos salpicaron. Luego escampó un poco, sólo un poco y nos fuimos chapoteando a soplar las velitas.