Sigo con los ojos el baile de una hoja en el suelo. La luz ocre de la tarde dibuja líneas en su superficie. Es pequeña y frágil, apenas cabe dentro de mi mano, también pequeña.
Ahora, parece sostenerse sobre una punta. Este viento se la llevaría lejos, muy lejos, si quisiera. Pero hay muchas más hojas alrededor y raíces, piedras, flores marchitas.
Los últimos rayos de sol dejan ver pequeñas marcas en la hoja. Acerco mi mano al rayo de sol; miro esas mismas marcas en la palma de mi mano, bajo la luz rojiza.
Por un segundo mis manos son hojas. Hojas en el suelo.
Autor: ZoePé
Un aniversario
Si tiene un nombre la angustia, ese nombre es Alejandra. No cualquiera. Es Alejandra Pizarnik.
Nació en Buenos Aires. En la misma ciudad, donde hace cuarenta y un años, se fue por su mano y nos dejó instalada para siempre la angustia.
Su prosa y su poesía bordean, como también lo hacía su propia cabeza, a la muerte y al dolor. No hubo reposo en sus escasos 36 años, no hubo sosiego y amor. Sólo el triste paseo de una mujer sola.
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Tuvo la lucidez de inventarse unas alas, con un frasco de pastillas para dormir.
Caminando
«Hay dulzura infantil
en la mañana quieta»
Federico García Lorca
Cuatro o cinco cuadras. Aún no las conté bien, porque me entretengo en el trayecto.
Camino y atiendo, despacio, a lo que aparece bajo el sol de la mañana.
La música en mis oídos roba el sonido que hay afuera, pero lo prefiero así. Es como ponerle una banda sonora diferente a estas callecitas, de cortas aceras y de vegetación desatada. Árboles grandes, pequeños; arbustos y hierbazales, en explosión tremenda que llena de hojas y colores mis ojos.
Camino y reparo en cada detalle: el señor que arregla el jardín ajeno, la muchacha en sus finos tacones casi arrastrada por el perro, los corredores a buen paso por el medio de la calle, la casa amarilla de madera con su lindo portalito en la esquina de Shipping Avenue y Mary Street.
Camino y ya mi mano buscó la cámara. Porque ayer recorrí este mismo lugar con la vista y registré. Y hoy quiero llevar conmigo la imagen.
Ahí están, alineados y desiguales. Tan correcticos hasta que el clavo se partió y no pudo sostener el peso.
Ahí están, aguardando esas cartas. A pesar de la social media y la virtualidad.
Los buzones son el aviso de que aún, a veces llegan cartas.
Waits
Un día puso sobre el escritorio donde yo trabajaba una caja de cartón. La caja era una igual a esas en las que vienen los CD’s nuevos. Yo no entendía el regalo; porque todo parecía indicar que era un regalo. Él siguió hasta el otro pasillo, dejándome sola con el descubrimiento y la incertidumbre. Abrí las tapas de la caja y adentro habían muchos discos, con sus carátulas muy prolijitas. Saqué el primero, el segundo, el resto. Así apareció ante mis ojos toda la discografía, hasta ese momento, de Tom Waits. Ahí están, cerca de mí, aún, mil veces escuchados, disfrutados.
Su voz que raspa, su figura flaca y maltrecha de alcohol, trasnoche y cigarrillos, su enigmática y sui generis postura en conciertos y películas son parte de una leyenda de 63 años que todavía acompaña mi lifetime.
Y esas canciones que cobran significado, en ciertos momentos, como aquí y ahora.
Take me home por Tom Waits. One from the heart. Original Soundtrack, 1982.
Finding
Estos días son lentos. Despacio, la cámara registra imágenes que tardan en desenrollarse. A la mesa de luz le crecen un par de libros. Leo y encuentro.
La intimidad tiene esta forma.
Una tarde
Mientras escribe, sin mirar el mar,
siente entre los dedos el temblor de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no sabe
dónde está. Se dirige al baño. Acomoda su pelo en la frente.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.
Raymond Carver
Oregon, 1938 – Washington, 1988


