Manhattanhenge

Dos días en Manhattan. Dos días que seguro no aparecen en las guías para turistas. Ni siquiera en esa que se separa en pequeños libros, según el rumbo que lleven los pies. Uno es en mayo, el otro en julio y el eje este-oeste que atraviesa Manhattan, se inclina en un ángulo de 29 grados.
La cuadrícula de las calles, cuando se va el día, se alinea con el sol. Desde todas las calles pares puede verse la puesta, sin que ningún edificio se interponga. Es el momento mágico, que a pesar de tanto cemento y vidrio, se repite esos dos días, cada año.
La gente sigue apurada, indiferente al espectáculo. Hasta que un silbido, de esos que se hacen con los dos dedos en la boca, hace levantar la cabeza. Y ahí está, el esplendor de la naturaleza que regala y regala, sin pedir nada a cambio.
El sol, en colorado, encandila los ojos, que sin embargo persisten en mantener fija la mirada a lo largo de la 42nd St.

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