Presbicia

No hay más estrellas que las que dejes brillar
Serú Girán

Miro el café haciéndose en la Moulinex y siento el aroma que ocupa la cocina ahora, como en la casa de mis abuelos, casi todos los días de mi infancia. La nariz, todavía perezosa de un sueño de nueve años disfruta este y otros aromas: nuevos y viejos. Quisiera que algunos permanezcan, queden junto a mí, aunque las cosas suceden sin que se pueda influir mucho sobre ellas. Juro que hice el intento y a pesar de que por momentos fue doloroso, no me arrepiento.
Me costó mucho ser yo, llegar hasta este punto. Me he equivocado millones de veces y otras tantas enderecé. O convencida de que escuchar a los otros hace bien, aprendí y llené otro espacio de mi bolso amarillo. Es cierto que fui terca, que me empeciné, porque muchas veces me dio resultado. Terminé aflojando cuando no había modo: la rienda suelta y a merced de cualquier oleaje la agarraron por otro lado.
No puedo renunciar a todo. El café con leche no me gusta. Tampoco el arroz con manteca ni la coliflor. Tengo a mi hija Ana, los libros y los discos que pude rescatar de tantos viajes y permutas. También, la cordura, la locura, algunas verdades, muy pocas mentiras y mis ojos con espejuelos.

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