En la mesa de luz

El hombre que amaba a los perros

Traje de La Habana el libro de Leonardo Padura, porque el primer ejemplar que tuve en mis manos, lo regalé.
Llevo noches en vela, pegada a su trama y a su palabra.
No es culpa de esa historia mi insomnio. Si lo dijera mentiría. Tengo un insomnio malsano y perenne. Y lo merezco.
Con tristeza, en la forzosa vigilia, me trago este cuento apócrifo, tan irreal que cualquier semejanza con la coincidencia es pura realidad.
Y tengo millones de preguntas, de lágrimas, de gritos ahogados que no salen por esa manía miedosa de no decir. No decir por pudor, por ignorancia, por inmovilidad.
Yo no voy a cambiar nada, ni siquiera el puto insomnio. Pero cómo me gustaría. Sólo porque tengo ganas de dormir. Dormir una noche entera.

Del otoño

Majagua

Sigo con los ojos el baile de una hoja en el suelo. La luz ocre de la tarde dibuja líneas en su superficie. Es pequeña y frágil, apenas cabe dentro de mi mano, también pequeña.
Ahora, parece sostenerse sobre una punta. Este viento se la llevaría lejos, muy lejos, si quisiera. Pero hay muchas más hojas alrededor y raíces, piedras, flores marchitas.
Los últimos rayos de sol dejan ver pequeñas marcas en la hoja. Acerco mi mano al rayo de sol; miro esas mismas marcas en la palma de mi mano, bajo la luz rojiza.
Por un segundo mis manos son hojas. Hojas en el suelo.

Un aniversario

Si tiene un nombre la angustia, ese nombre es Alejandra. No cualquiera. Es Alejandra Pizarnik.
Nació en Buenos Aires. En la misma ciudad, donde hace cuarenta y un años, se fue por su mano y nos dejó instalada para siempre la angustia.
Su prosa y su poesía bordean, como también lo hacía su propia cabeza, a la muerte y al dolor. No hubo reposo en sus escasos 36 años, no hubo sosiego y amor. Sólo el triste paseo de una mujer sola.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Tuvo la lucidez de inventarse unas alas, con un frasco de pastillas para dormir.

Caminando

Boxes

«Hay dulzura infantil
en la mañana quieta»
Federico García Lorca

Cuatro o cinco cuadras. Aún no las conté bien, porque me entretengo en el trayecto.
Camino y atiendo, despacio, a lo que aparece bajo el sol de la mañana.
La música en mis oídos roba el sonido que hay afuera, pero lo prefiero así. Es como ponerle una banda sonora diferente a estas callecitas, de cortas aceras y de vegetación desatada. Árboles grandes, pequeños; arbustos y hierbazales, en explosión tremenda que llena de hojas y colores mis ojos.
Camino y reparo en cada detalle: el señor que arregla el jardín ajeno, la muchacha en sus finos tacones casi arrastrada por el perro, los corredores a buen paso por el medio de la calle, la casa amarilla de madera con su lindo portalito en la esquina de Shipping Avenue y Mary Street.
Camino y ya mi mano buscó la cámara. Porque ayer recorrí este mismo lugar con la vista y registré. Y hoy quiero llevar conmigo la imagen.
Ahí están, alineados y desiguales. Tan correcticos hasta que el clavo se partió y no pudo sostener el peso.
Ahí están, aguardando esas cartas. A pesar de la social media y la virtualidad.
Los buzones son el aviso de que aún, a veces llegan cartas.