El camino

En el asiento trasero del auto tengo una mejor visión de lo que ocurre dentro y fuera de él. Veo que en la curva de salida a la ruta hay una bifurcación que está obstruida ahora mismo por un camión de La Serenísima. Y como está tapada la señalización que indica Buenos Aires 47, ella, que maneja el auto, toma la otra, la que vuelve al punto de partida.
Me cubro la cara con las manos y no me quejo, aunque mi cabeza asegura que no hay forma de arreglar la necedad y la resistencia de algunas personas a ilustrarse con un mapa, por ejemplo, antes de salir a un road trip.
Desde mi posición privilegiada me doy cuenta de su gesto de soberbia que se refleja en el espejo retrovisor y casi escucho sus pensamientos: «¿a quién se le ocurre bifurcar justo cuando pasa la cisterna de leche?» La sorprendo y le digo, «no es culpa de nadie, está todo bien.» Y entonces es que me grita, me insulta, abre la puerta y me lanza justo cuando un río blanco que sale a chorros del depósito volcado inunda el asfalto, me arrastra y corre, corre, corre…

La levedad

La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.

Fragmento de La insoportable levedad del ser por Milan Kundera. Brno, 1929.