La nueva rosa

Tina Modotti era un anacronismo en el México de los años veinte del siglo pasado. Mientras posaba desnuda frente a la cámara de Edward Weston, su reputación se complicaba en la capital mexicana que la rechazó por eso y por alzar la voz en un tiempo en el que las mujeres debían tomar derroteros de menor exposición pública. Lo que supe de ella llevaba por diversos caminos a la fotografía. «Soy sólo una fotógrafa», decía y pienso que es su mejor definición. Sus fotos tan cuidadas en composición y tema, son de un modernismo aún vigente. Podía estar horas esperando el momento de la luz perfecta, podía calcular el encuadre cientos de veces hasta lograr esa foto que dijera lo que su ojo miraba.
Son más de las cuatro de la mañana, repaso las fotos de Tina y estos versos:

Tal vez tu corazón oye crecer la rosa
De ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Pablo Neruda. Parral, 1904 – Santiago de Chile, 1973.

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Reflexión de terapia

Es fácil. Es lo más fácil. La culpa es del otro, nunca de uno, eso es lo más fácil, insisto. Pero…, como diría una amiga, siempre hay un pero.
Porque también digo que un síntoma de la adultez es la responsabilidad. Y una vez que se establecen ciertos vínculos comienza a correr la rueda del hamster de la responsabilidad. Lo mismo para mantener los vínculos que para romperlos, cuando no podemos hacerle los honores que la responsabilidad merece.
Todo este palabrerío está resumido aquí.

Mudanza

Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

Mudanza por Fabio Morábito. Alejandría, 1955.