Quise una vez cantar en el coro universitario. La sensación que me dejó el intento fue la de un sabor amargo.
– Usted ¿qué estudia? – dijo la ilustre profesora que dirigía el grupo y que tomaba las pruebas de ingreso.
– Ingeniería – contesté casi con la certeza de su respuesta.
– Dedíquese a eso entonces.
Me fui. Triste y frustrada pero sabiendo que ella tenía razón. Cantar en un coro no es coser y mucho menos cantar asi no más. Hay que tener oído polifónico diría esa misma profesora. El mío es mono, creo.
A pesar de eso, me gusta cantar y lo hago. Cuando Ana nació y en los meses primeros en que nos conocíamos ella y yo, le cantaba mucho más que ahora. Cualquier música, cualquier canción. Hasta le tarareaba algún concerto grosso de Corelli, uno del que me acuerdo casi toda la melodía. Y le gustaba porque me miraba con sus ojazos como embelesada. O quizás no le gustaba nada y sólo quería decirme que me calle con la mirada. Qué se yo.
Lo cierto es que canto, aún cuando se que en un coro no lo podré hacer por culpa del maldito oído monofónico.
Autor: ZoePé
Una foto, un cuento
Scarborough por Tony Ray-Jones, 1941 – 1972.
El ferry parecía aún más lento que el río. Sólo un crujido metálico sugería que nos movíamos. Flotábamos en aguas de color terroso. El viento soplaba desde la isla, y desperdicié seis cerillos para encender un cigarro. El humo cubrió mi rostro como la huella de una mano en las sábanas. No la vería nunca más. Así me lo dijo en la isla. Sacó las desgracias como si las hubiera doblado y las desplegara para que volviera a hacer con ellas lo que había provocado en su vida. Tenía que irme, aún había un ferry. Habló de horarios mientras yo veía la huella de su mano en la sábana, los pliegues que comenzaban a alisarse.
Un disparo por Juan Villoro
Texto completo del cuento.
Una pregunta (¿o son dos?)
A propósito de las islas
Siempre he creído en la influencia de la geografía sobre los habitantes de un lugar. Aún sin tener una fundamentación y unas fuentes a las que citar, estoy convencida de ello. De ese convencimiento nació en primera instancia algo que escribí hace un tiempo. Aquí lo reproduzco cuando el contexto es otro.
«Si ella fuera ciega, si sonara en los oídos de él la música del mar, si los pies de ella fueran planos, si los libros no duraran ni dos segundos en sus manos, si fuera hermosa, si mintiesen, si él tuviera fuerza, si su nombre fuera leve, si el de ella no, si los ojos de ella no hablaran, si él hablara más de lo que piensa, si él moviera su cuerpo con esa música o si sólo moviera su cuerpo, si ella no hablara, si fuera vieja, muy vieja, si él no tuviera una ostra, si sus relojes se sincronizaran, si no existiera el tiempo y su todo ocupado, si ella no tuviera hermanos, si sus padres vivieran, si él fuera hijo de otros padres, si su altura no importara, si el azar los hubiera tropezado después.
Pero no, ella es una isla y él un continente.»
Y como una cosa lleva a la otra, lo que en última instancia me hizo escribir ahora, es un post que poco menos de dos años atrás escribió un amigo. Isla y utopía (I).
Me gustan las utopías pero «como bellas ficciones que nunca debieran llevarse a la práctica.»
Como en tantas otras cosas que fueron develadas en muy pocos días, mi amigo y yo coincidimos.
El retiro
Mañana es su último día de trabajo.
Desde que tengo uso de razón la vi salir temprano, quizás más de lo necesario, para llegar en hora a la oficina. A veces hubiera querido verla regresar a eso de las seis, cuando todavía era de día y enseñarle los cocuyos que prendían sus luces de enigmático origen poco a poco, mientras oscurecía.
Hace más o menos tres años nos está anunciando este día. Y lo fue alargando, yo creo que para que no se le cayera la casa encima cuando estuviera en ella todo el tiempo. Pero parece que ahora es el momento.
Después de 47 años mi madre se jubila. Le escribí hoy mis miedos por ella. No hay de qué preocuparse me contestó. Todo llega a su fin.



