Así llamó Eliseo Diego a uno de sus poemarios; uno de esos, que te llenan los sentidos de misa de seis, casa solariega, almuerzos en familia y calma chicha de la siesta por la tarde.
Es domingo y de nuevo pienso en cómo llenar de esas mismas sensaciones este día que se me hace largo; incómodo y largo. Me encantaría alargar la mano y tocar con cada dedo un libro de Bachelard, un lienzo de Chagall, la textura de la voz de Juan Diego Florez, el aroma del café Juan Valdez.
Es domingo en Buenos Aires. Y otoño.
Autor: ZoePé
Pide un deseo
Soundtrack
Hubo una época en que la música de Brasil era la música de mi vida. Fue hace tiempo y hoy recuerdo eso mientras repaso mis discos, gracias a un par de rastros seguidos en la red.
En casa de mi amiga Tania escuchábamos el hermoso disco que Vinicius, Toquinho y María Betania hicieran en estudio, aunque al escucharlo parece que estuvieran en un bar. Junto a ellos pasaban también Joao Gilberto, Tom Jobim, Gilberto Gil, Caetano Veloso, Gal Costa y un larguísimo etcétera; tan ancho y largo como lo es el mismísimo Brasil.
Cuando los rumbos de todos fueron cambiando de alguna manera la música brasilera siguió estando cerca de mí. En el año 2007 tuve el privilegio de ver y escuchar en vivo a Marisa Monte en el Gran Rex de Buenos Aires. Un concierto de lujo que aún me lleva, al escuchar esas canciones, a momentos muy lindos. Con ella se aproximaron Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes, porque el proyecto Tribalistas que produjo un único disco del mismo nombre, es de lo mejor que he escuchado últimamente.
Pero soy mujer y a las mujeres nos ganan ciertos hombres públicos. Sé que nunca lo tendré a mano, que ni siquiera lo miraré a los ojos a menos de un metro. Este hombre fue y seguirá siendo mi enamorado y dejará de ser un secreto en cuanto alguien lea este post.
Oceano por Djavan. Djavan Ao Vivo, 2000.
Lost
Los hombros relajados, los brazos al lado del cuerpo, lacios, la cabeza derecha alineada con la columna vertebral, la mirada al frente en un punto fijo e imaginario. La postura ideal. Así estoy ahora. La mente se ocupa de lo importante y no en lo urgente. Hay cierta paz, empañada únicamente por las escenas domésticas de todos los días.
Sin embargo escucho a uno que canta en mi oído, «dejé de buscarte y fue entonces cuando me perdí».
Hagamos algo antes de morir por Abraham Boba. La Educación, 2009.
La muerte que redime
La película The Last Station me picó como un aguijón en la curiosidad. Con mi compañero de platea esa noche en el Paris Theatre, estuvimos especulando acerca de la veracidad del relato cinematográfico, que pretende arrojar luz sobre la muerte de León Tolstoi.
Tolstoi es un antiguo conocido. No digo que haya sido opcional la lectura de sus principales novelas, pero una vez que tuve delante de mis ojos La guerra y la paz, por ejemplo, en la pésima edición de ER allá por el ’82, tuve que agradecer al plan de estudios la inclusión de esa y otras obras de uno de los novelistas rusos más importantes. Leí con placer cada cosa que cayó en mis manos y también ví las fidelísimas adaptaciones al cine que hizo Serguei Bondarchuk hace bastante tiempo ya.
Y cotejamos nuestras propias versiones de la muerte del viejo León Nikolaievich, de su relación complicada con Sofía Andreievna, su mujer por más de 40 años, defensora a ultranza del patrimonio literario de su marido, conflicto en el que se apoya la película.
Busqué información y casi todos los autores coinciden en la descripción de los últimos días del escritor en la estación de Astapovo, atacado por la neumonía y sus 82 años, donde murió rodeado de su médico y su hija menor.
Pero yo lo veo de otra forma. La muerte de Tolstoi también se debe al tormento de un hombre, un tormento moral; la contradicción entre su prédica de vida y la riqueza que detentaba. Tolstoi dejó en manos de su mujer el enfrentamiento con la Rusia austera y profunda, mientras él se lavaba las manos y se dejaba morir en un aparente acto de inmolación cuando en realidad elude el compromiso de una decisión. La muerte salva al anciano, mientras que el dilema en manos de sus herederos no se resolvió hasta años después. En algún lado leí: «los amados de los dioses mueren jóvenes» y si bien no es el caso, porque ya Tolstoi tenía edad suficiente como para morir, el manto de la piedad se convirtió en la mortaja ideal para entrar al paraíso sin manchas.
Es muy recomendable la película, anyway. Las actuaciones de Helen Mirren y Christopher Plummer es de lo mejorcito que hay en ella. También la cuidadísima ambientación de la legendaria Yasnaya Polyana, la casa familiar que defiende Mirren con uñas y dientes, en una soberbia encarnación de Sonia, el apodo con que solía llamársele a la esposa de Tolstoi. El guión fue escrito a partir de la novela de Jay Parini, que no tengo el gusto aún.
Hollywood con tintes eslavos. Esa misma alma eslava que sigue siendo una de mis debilidades.
The Last Station de Michael Hoffman, 2009.

