Un Moleskine a rayas.
Autor: ZoePé
Lo que trajo el otoño
Por Anoniman
Sembramos flores con Ana. El sol entra en un chorro largo por la puerta ventana que tiene una rajadura vieja y mal emparchada. Rompemos el paquetico de semillas, colocamos tierra en la maceta blanca, mientras el rociador generoso pone agua en el justo lugar.
El otoño de Buenos Aires sólo me trajo regalos. En otoño nació mi hija, un domingo muy parecido a este, de sol y frío. En otoño conocí al hombre más importante de mi vida, caminando a los tropiezos por la calle Florida bajo la luz magra y sin calor del microcentro porteño.
Un día de otoño puse por enésima vez mi mano en su cabeza y sentí un gran alivio y una paz inmensa. Él es feliz y yo también.
El asceta
Asceta por Alfonso Daniel Rodríguez Castelao
Coincido con él cuando habla de la esterilidad de las actuales relaciones humanas. Lo admiro cuando refrenda lo que Martí había enunciado antes; «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».
Y pienso que mi incapacidad de sustracción a las banalidades de la vida moderna es inmensa. Podría vivir con muy poco, pero hay cosas que elegiría para llevarme al retiro.
¿Está bien? ¿Está mal? ¿Depende la vida de hoy de un paradigma de la felicidad armado para las grandes masas, bajo el que, como corderos que entran al corral, nos regimos todos creyendo que somos felices y en realidad nos estamos tomando el pelo unos a los otros?
Lo único claro es que no quiero hacer algo en lo que no crea. Así, con muchos nos.
Por el momento creo en lo que veo y el panorama es medio negro.
Alguna vez he escuchado que un pesimista es un optimista bien informado.
Voy a dejar de leer un poco.
En el museo
La mañana verde. Por Wifredo Lam.
El sol como un gran animal demasiado amarillo.
Es una suerte que nadie me ayude.
Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.
Pero a mi noche no la mata ningún sol.
¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?
Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos.
El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.
Por Alejandra Pizarnik.
Un temblor
«Porque cuando yo vivía en México…», dice un amigo (al que extraño), con sorna, cada vez que cuento algo de los años que viví en el DF. Me parece escucharlo ahora que voy a empezar a contar esta historia.
Tenía planeado un viaje a La Habana, de vacaciones. Yo estudiaba en la UNAM y habían sido días de muchas entregas y exámenes. También trabajaba y si bien no recuerdo mucho de la situación, mi profesión tiene esos picos en los que no alcanza el tiempo y los clientes se quejan y te demandan más prontitud en el cumplimiento de sus reclamos. Quizás se juntó todo eso. En el departamento que compartía con una amiga a la mañana nos turnábamos en el uso de la ducha y justo era el mío. Abrí el agua caliente para que llegara a la temperatura que me gusta. Una vez debajo de la lluvia artificial y pareja levanté la cabeza para mojar mi cara. Todo se empezó a mover, sentí un mareo importante que obligó a mis manos a buscar estabilidad en la mampara de vidrio. «Estoy cansadísima.», pensé. «Mi cervical se está quejando. Necesito irme a La Habana ya.», otra vez pensé en fracciones de segundo. Ni siquiera empecé a enjabonarme cuando siento que mi compañera golpea insistentemente y con fuerza la puerta cerrada del baño. «Sal de ahí que está temblando, sal como estés». Otros dos pensamientos vinieron a mi cabeza, uno: «Mi cervical no está tan mal», dos: «Coño tengo que salir rápido». En ese momento ocurría un temblor de 5,4 grados según Richter y el procedimiento incluye abandonar los edificios, es decir, que tengas al cielo por techo y así no te cae nada que te rompa el cráneo. Empapada, con el pelo chorreando, me tapé con una bata y sin zapatos bajé la escalera a los trancos para participar de la reunión de vecinos en el patio. Lo curioso es que nadie se anda fijando en tu aspecto en esas circunstancias; no recibí ningún comentario de mi look mañanero, mientras el vientecito helado me soplaba en la nuca cubierta por el pelo mojado. A los pocos minutos, calabaza, calabaza y cada uno pa’su casa: pasó el temblor.
¿A qué viene todo este rollo? Hoy por la mañana tuve una repetición de ese episodio, pero en Buenos Aires no tiembla la tierra. Creo que voy programando una vueltecita por La Habana, no? Un abrazo de mi hermano me vendría muy bien, unos días en casa de mi madre, hablar con mis hermanas y mis sobrinos, compartir un rato con los amigos que están allá aún, encontrarme con alguien y hacer un par de planes para después, ver, oler, tocar, saborear y escuchar el mar.
No hay cervical que se resista a esos placeres.




