Una casa

«Dime tú si no es cierto
que el techo de esta casa
es todo de verdad»

Fabio Morábito

Esa casa que viste, justo esa, la de la foto; es la casa. Antes no te lo había dicho porque no quería presionarte, pero desde que la ví me gustó. Es nuestra casa. Sí, desde hace mucho, cuando se escribieron estos destinos. ¿No me crees? Tengo una forma de probártelo. Pero espera, todavía no, sólo quiero que repases los últimos 30 años. Piensa en ellos como los fotogramas de una película. Todas esas fotos nos llevaban hasta esta casa. Cada persona que conocimos, los lugares que pisamos, las imágenes, nuestros hijos, todo sonido nos fue trayendo a este sitio, junto a ella. ¿Ah, que no me crees todavía? Vamos, entremos, que te quiero enseñar algo que no te va dejar ninguna duda. En la cocina. Ven, ven conmigo, dame la mano. Abre ese estante, sí sí, ese. Bien. Ahora, fíjate en la parte de atrás de la puertecita, lo ves? Es tu letra, no? La misma con la que escribiste tu nombre en los sobres de correo que guardo desde hace un tiempo. ¿Lees lo que dice? Está ahí desde siempre, esperándonos.
Esta es la casa.

La música

En mi casa siempre sonaba algo. Algo de música, digo. El eclecticismo de esos sonidos era notable. Mis abuelos, gallegos, gustaban de sus propios cantos y cuando ya su arraigo en la isla era irreversible, se hicieron adictos a Palmas y Cañas, un programa de música campesina cubana que pasaban en la televisión los domingos por la tarde. Mi madre más moderna ella, oía en el tocadiscos de turno los más variados LP’s y singles, que iban desde Ray Connif y su orquesta hasta The Beatles, pasando por Sinatra, Paul Anka, Manzanero, Barry White, Abba y seguro alguno más que ahora no me viene a la memoria.
Una vez que mi hermano y yo empezamos a tener alguna injerencia en el manejo del tocadiscos, inundamos la casa con otros ruidos. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Amaury Pérez, Carlos Embale, los Muñequitos de Matanzas, el Grupo de Experimentación del ICAIC, Bach, Mozart, Beethoven, Corelli, Rachmaninov, Schumann, Charly García, Divididos, Fito Paez, Juan Carlos Baglietto. En común con mi madre teníamos a The Beatles y esos discos pasaron del estante de ella al nuestro muy rápidamente y sin derecho a protesta o reclamación. Después, un poco después, llegaron Pink Floyd, Queen, Rolling Stones y un montón más, muchos más.
En la escuela en que estuvimos pupilos durante seis años también se escuchaban estas y otras músicas. Y como no podíamos comprar discos de ninguna banda ni verlas en vivo, sintonizábamos una radio de USA, a la que llamábamos «la dobliu» en un chamuscado inglés mal entendido y mucho peor hablado. Recuerdo que en la COCO, otra radio, pero de la ciudad, pasaban un programa que ponía «música en inglés» y que por supuesto escuchábamos puntualmente todos los días a las seis en punto.
La época de la universidad, convulsa y revolucionaria, tuvo su propio soundtrack, en el que se mezclaron cosas de antes con nuevas. Conocí, cuando ya me había graduado, a una persona que luego se convirtió en un gran amigo, que me presentó a Spinetta, Pat Metheny y Brad Mehldau. Fue el primer melómano que apareció en mi vida y aún muchos de mis gustos están marcados por su influencia.
Porque, y ya que apareció la palabrita esta, así es como siempre he estado con la música, bajo la influencia. Por suerte para bien.
Cuando vine a vivir a Buenos Aires tropecé con gente muy aficionada a la música, de todo tipo y que de la mejor manera mostraron para mi sus preferencias.
En estos últimos meses que mi cabeza ha estado en una síncopa más lenta, como hibernando, de nuevo apareció un melómano y de nuevo mi música se renovó, se enriqueció y me acompañó por las calles de esta ciudad, en mi casa, en la de mis amigos.
Hoy por la mañana, temprano, recibí una canción en mi Spotify – Inbox.
Hoy, a esta hora, quiero compartir la alegría que siento, que anula la tristeza de hace un rato, la anula completamente.
Como ese muchachito que baila me siento ahora, por otras razones, pero así mismo.
Y tengo muchas ganas de bailar y brindar a mi salud y a la de todos ustedes.

You Make My Dreams por Daryl Hall & John Oates. OST (500) Days of Summer, 2009.

I’m calling you

En el taller al que voy cada martes, mi profe dice que a veces en los cuentos lo más importante es lo que no se dice.
Lo mismo pasa en algunas películas. Construidas finamente y trabajadas como verdaderas obras de orfebrería, cuando terminan, lo que no viste es lo más relevante que queda dando vueltas en el aire como la mariposa soñolienta aún de crisálida.
No sé cuantas veces he visto Bagdad Café. Tampoco recuerdo cuando la vi por primera vez. Sí tengo certeza de su protagonismo en la lista de películas que llevaría conmigo al lugar que sueño para vivir.
La sensibilidad con que están delineados los personajes, la propia historia: simple, profunda, humana, sin dejar afuera casi ninguna de nuestras miserias y virtudes.
Actuaciones impecables, un escenario rudo, la fotografía que capta el viento del desierto, la aspereza de rostros y almas y una canción que se repite en la maravillosa voz de Jevetta Steele, como una letanía. Percy Adlon tejió la telaraña (¿te dije que me gustan mucho las arañas, esas chiquiticas que andan en el jardín y en los rincones de la casa?) de un guión que nos agarra de la mano y nos va llevando como niños, en un viaje de poco más de una hora.
La amistad y el amor presentados en su más pura esencia, sin embarres, arman la trama en la que una mujer abandonada llega a un abandonado lugar, habitado por gente abandonada. Y el misterio se va desvelando mientras transcurren los fotogramas y en el medio del desierto de Mohave crece la flor que un hombre le ofrece a la mujer que ama, casi al mismo tiempo en que dos mujeres tristes se hacen amigas y ríen bajo la luz colorada del teatro de variedades.

Bagdad Cafe. De Percy Adlon. 1987.