Nunca supe qué hacer con él. Estorbaba en todos lados de la casa, casa de poco espacio. A veces servía para sentarse e improvisar un banquito, si le das vuelta, con la boca en el piso.
Un día me lo llevé al Farm Market.
Ni bien asomé por la esquina, agarrándolo por el asa como si fuera una cartera, una señora miró con intenciones. Pedigüeña que es la gente, no? Pero eso mismo era lo que yo quería: que alguien se interesara en él. Caminé hacia los ojos de la señora, aunque ella no me miraba; sólo tenía ojos para él.
Lo abrazó como si lo quisiera mucho, mientras yo pensaba, «hay gente para todo».
Ofreció dinero por él.
– Mmmm, no. Sólo quiero que te lo quedes y se vea lindo aquí – dije despacio.
Me miró, ahora sí, con los mismos ojos que posó antes en él.
– Ok, ya sé. Fíjate a ver si te gusta.
No me quedó otra que esa foto, esa foto que no me deja mentir.
Autor: ZoePé
New York in songs
Sábado de perder la noción del tiempo. De pronto se hicieron las tres y media de la tarde (EDT), ¡y el pescado sin vender!
Antes, mientras revisaba las noticias, las fotos, todo eso que en la semana no tengo chance de mirar, me quedo un rato en este post de Papeles Perdidos. Lleva ahí unos días, pero recién lo descubro y me dan ganas de armar una de esas listas, como las que propone. Miro alrededor y ahí está New York dándome mil razones para juntar un par de canciones. Exprimo la memoria y sí, aparecen algunas muy emblemáticas, muy escuchadas. Busco un poco más…. ¡voilà!
Una lista muy personal de la música que otros escribieron a la capital del mundo, está aquí, The best songs of New York.
O si no, aquí, para chequear con los ojos y luego escucharlas, con un martini a la mano.
P.D.: Hey tú, melómano querido, si tienes ganas, agrégale alguna. De esas que sólo tú sabes.
Lucky bamboo
La veo parada frente a la vidriera sin saber con certeza qué elegir. Como siempre.
Hay cosas que no cambian nunca, no?
Liliums amarillos reventados de pétalos, potus verdes con hojas saliendo como a chorros de todos los tallos, cactus (¿o se dice cactuses?) bien espinosos y hasta con una flor roja insoslayable, orquídeas en violeta, rosa, también en azul dudosamente natural. Muchas plantas detrás del vidrio y sólo diez pesos en el monedero.
Pero le habían dicho que era de buena suerte tener uno de esos en casa, uno como ese que acaricia despacito con la mirada, a pesar del vidrio.
– Da mucha más suerte si te lo regalan -recordó la voz de Eme en la bahía.
Sólo entra para sentir en los dedos la textura del tronco delgado pero firme, de las hojas alargadas saliendo desde muy arriba y comprobar que la sensación es parecida a la del risotto de anoche. «Espero», pensó.
Antes de irse y dar cuerda al reloj desapacible de la espera, tomó la cámara y se lo llevó puesto en el bolso, que hace muchos años compró con Eme, en lo de los talabarteros de León.
«Espero», pensó.
La niña muerta
Y todo se idealiza.
La miseria se hace brisa.
La mano torpe que iba
a la sombra, queda fija.
¡Eternidad, dulce niña!
Por Juan Ramón Jimenez.
Virginia and Grand Ave.
Una librería. De esas donde se consigue un butacón o una mesa para sentarse a leer o a trabajar. Elijes un libro y lees ahí mismo, tomando un café, con la mirada a veces en la calle, detrás del cristal cuando aún el aire acondicionado no te obligó a ponerte el sueter. Miro este lugar, lo miro con mis propios ojos, mientras su mano roza la mía en una caricia tímida y con cierto pudor.
Llego en la bici que queda atada casi en la puerta, luego de un viaje de muy pocas cuadras. Sostiene la puerta para que yo entre y nos sentamos uno al lado del otro: su libro, su mano, sus ojos de leer averiados.
El verano, afuera, llueve en pequeñas gotas, sólo en llovizna.




